CAPÍTULO 14 #3
El dragón, desconectado ante lo ocurrido, buscó al causante del movimiento en la sala sin éxito.
Solo estaba el pellejo con canas. Sacudió la cabeza y se puso en pie de nuevo.
Entrecerró los ojos, no estaba dispuesto a correr riesgos, por eso mismo había sido capturado.
Abrió las fauces y lanzó una llamarada contra el anciano.
Pero Morgath había sido atacado cientos, quizá miles de veces por las llamas. Rodó hacia un lado y lanzó la cadena que sostenía en su mano sana. Esta se enredó en el cuello del dragón con precisión. Tiró de ella y las llamas se cortaron. La cabeza del dragón se estrelló contra el suelo.
En cuanto la cabeza negra se estrelló, Morgath saltó sobre su lomo y tiró con todas sus fuerzas de la cadena asfixiando al dragón.
Este se agitó con todas sus fuerzas, pero las argollas que lo doblaban resistieron sus intentos por liberarse.
Morgath tiró con todas sus fuerzas y el cuello del dragón cedió con un crujido desgarrador que provocó los gritos de entusiasmo de los Cadetes.
—¡Basta! —gritó Owen a los exhalados jóvenes—. Esas criaturas merecen respeto en la muerte, es ella la que nos da la vida. Controlaos, maldita sea.
Todos guardaron silencio al momento, solo interrumpido por el sonido de las cadenas al caer al suelo.
Morgath saltó al suelo y agarró uno de los cuernos del dragón y lo arrastró hasta el centro de la sala.
Se agachó y movió una trampilla en el suelo de tres metros de ancho sellada con gruesos barrotes. Dejó el tórax del dragón sobre ella.
—Baja —ordenó Owen al primero de los Cadetes. Una joven se puso en pie decidida—. Es tu turno. Suerte, Cadete.
La joven descendió hasta situarse al lado de Morgath.
—Arrodíllate.
La joven obedeció. Morgath agarró el tórax del dragón y clavó su brazo hasta el hombro.
Buscó durante unos segundos en el interior de la criatura y tiró de su Esencia .
Esta brilló sobre las tenues lámparas alimentadas por la energía del Núcleo de la Academia ahora marchito.
Se sacudió la sangre del brazo y del cristal y lo situó sobre la Cadete. Esta agachó la cabeza.
—Repite conmigo, Cadete. Un Cazador jamás huye de la muerte.
—Un Cazador jamás huye de la muerte —repitió con un nudo en la garganta. Había soñado aquel momento durante toda su vida.
—La Esencia me sostiene, la Academia me forja, mi Escama me cubre. Protegeré a la humanidad con mi propia vida. Porque un Cazador jamás huye de la muerte.
—La Esencia me sostiene, la Academia me forja, mi Escama me cubre. Protegeré a la humanidad con mi propia vida. Porque un Cazador jamás huye de la muerte —repitió la joven con la misma fórmula que empezó, lo que sorprendió a Cerón.
Morgath asintió conforme. Agarró el cristal con una mano en cada extremo y tensó sus músculos hasta que las vendas de su brazos estallaron bajo la tensión.
La Esencia se quebró y un líquido multicolor se derramó desde ella sobre la cabeza de la Cadete bañándola por completo en el líquido más importante de su vida.
Todos guardaron el más absoluto y reverencial silencio.
La sustancia fue absorbida y la Cadete arqueó la espalda en una sacudida seca mientras su frente miraba hacia el cielo. De sus ojos brotó un torrente de energía que se dividió en diez destellos de luz que nacían del mismo lugar.
Las diez luces comenzaron a girar a su alrededor, trazando un torbellino cada vez más rápido y cerrado.
El rojo, el azul, el verde, el marrón, el dorado, el violeta, el negro, el gris, el naranja y el blanco danzaron en torno a su cuerpo, proyectando sombras frenéticas contra los muros de piedra arrancados a la montaña.
El aire vibró con un zumbido agudo mientras la joven apretaba los dientes, aguantando el poder que la desgarraba por dentro mientras medía su valía.
El remolino aceleró hasta convertirse en un anillo continuo de colores hasta que, de pronto, el destello naranja rompió la trayectoria a su alrededor, se clavó directo contra su pecho y se hundió en su interior.
Las otras nueve luces se apagaron en seco, disolviéndose en el aire como ceniza.
La cadete soltó un jadeo ahogado y alzó la cabeza hacia la galería. Sus iris humanos se habían borrado por completo; en su lugar, dos brasas de un color naranja vivo brillaban con fuerza en la penumbra del foso. Se miró las manos desconcertada por las sensaciones que el mundo le mostraba ahora.
—Muy bien hecho, Cazadora —dijo Morgath tendiéndole la mano sana. La joven la tomó y se puso en pie con torpeza—. Te acostumbrarás, estoy seguro. Es un mundo nuevo el que percibes, solo es cuestión de tiempo.
—Gra… gracias —logró articular. Sacudió la cabeza con torpeza.
—Ten cuidado con tu habilidad —le advirtió Morgath cuando comenzó a sentir a la joven manipulando su fuerza—. No necesito una ojos naranjas, al menos por ahora. Ve con tus compañeros.
La Cazadora palideció. Sus ojos parpadearon mientras trataba de controlar su habilidad. Se puso en pie y abandonó el lugar. Ascendió las escaleras y se ruinó con el resto de Cadetes. Estos estallaron en júbilo al ver sus ojos brillando en su rostro. La felicidad los colmaba a todos ellos.
—La Academia es muy dura —dijo Elyndra con los ojos húmedos de la emoción y el recuerdo—. Crea lazos más fuertes que el amor, te lo aseguro, casi tanto como las Escamas. No te imaginas por lo que han tenido que pasar para llegar hasta aquí.
—Si leo el libro de “Ojos de hierro”, ¿podré comprenderlo? —preguntó de pronto curioso por la formación de los Cazadores.
—Sí, Valeria se formó en la Academia y su libro lo cuenta todo, quizá hasta demasiado en realidad.
Morgath arrastró al dragón hasta la pared posterior en la que una descomunal puerta protegida la salida. Miró hacia la grada y la instructora la elevó, momento que aprovechó para salir arrastrando al colosal dragón lejos del Foso del Crisol. El reguero de sangre en el suelo era grotesco.
—Es nuestro turno. —Elyndra desapareció y en un abrir y cerrar de ojos, el Foso estaba completamente limpio de sangre. Regresó junto a Cerón—. Los dragones no suelen adentrarse en lugares llenos de la sangre de sus congéneres.
Tras Cerón llegó otro Cazador de ojos grises, mucho más lento que Elyndra.
Se sentó junto a lo que el mago identificó como los instructores.
Morgath regresó y se situó en el centro de la sala de nuevo.
La puerta se cerró, el poco en el que había derramado la mayor parte de la sangre del dragón hizo lo mismo y la sala volvió a estar disponible para el siguiente Cadete.
—Adelante —pidió Morgath. La mujer volvió a abandonar la grada y, una vez más, un dragón rugió al sentirse libre, si bien sería por poco tiempo.
Cerón observó cada una de las muertes de los dragones con un nudo en el estómago.
Todas aquellas criaturas eran Calán corrompidos por la Oscuridad que no tenían la culpa de haber cambiado, si bien Rhogar opinaba que sí.
El Calán se había abstenido de ver la carnicería de sus hermanos y permanecía entrenando en los lugares que Thorgum le había indicado.
No impediría la muerte de los dragones, pero tampoco quería ser partícipe, lo cual Cerón comprendía.
Lo que para unos era la culminación de una vida entera de sacrificio, para otros era solo el sacrificio.
Pero los dragones no fueron los únicos que no superaron el momento.
Cerón contó que fueron cuatro los Cadetes que no superaron la prueba.
Según Elyndra, si una de las luces no regresaba a su interior, no sobreviviría.
—¿Alguna vez han entrado dos luces? —preguntó con curiosidad.
—Solo una —aseguró la ojos grises— y provocó la Guerra de las Esencias.
—Valeria…
Elyndra asintió y no volvieron a hablar hasta que todos los Cadetes hubieron pasado su prueba.
Solo restaba él, el extranjero que no había pisado la Academia nunca y que se enfrentaba al juicio del Crisol.
Los nuevos Cazadores volvieron sus ojos intermitentes hacia el mago.
La instructora abandonó la grada de nuevo seguido de un ojos naranjas, lo que extrañó a Cerón.
No tardó en descubrir por qué. Un desgarrador grito de rabia llegó desde los pasillos, un rugido de furia y no de victoria.
El dragón, al menos el doble de grande que cualquiera de los anteriores, caminó directamente hacia el Foso del Crisol como si no quisiera retrasar lo inevitable.
—Este lo Cazamos nosotros hace un par de meses —dijo con orgullo Elyndra. Era una bestia descomunal, tanto que Morgath se humedeció los labios incómodo. Sacudió la cabeza y resopló.
El dragón entró a la arena con los ojos inyectados en sangre.
La hilera de espinas dorsales raspaban el techo de roca arrancando chispas a su paso.
Medía más de quince metros hasta su grupa.
Al ver a Morgath en el centro, se lanzó a por él.
Morgath no intentó esquivar el ataque. Plantó los pies en la arena, flexionó las rodillas y esperó el impacto.
Cuando las mandíbulas del dragón estaban a punto de cernirse sobre él, el anciano alzó sus manos y detuvo la embestida en seco sujetando una mandíbula con cada mano. Las botas de Morgath se hundieron varios centímetros en la roca, pero no retrocedió un milímetro.
El dragón bramó, aturdido por la frenada.
Se retiró aun palmo y lanzó un mordisco lateral buscando partirlo en dos.
Morgath se agachó con una rapidez impropia de su edad, agarró una de las cadenas ancladas al suelo y la enrolló en su antebrazo vendado.
Con un gruñido gutural, tiró de la cadena hacia arriba y la encajó entre las mandíbulas de la criatura como si fuera un freno de caballo.
La bestia se alzó sobre sus patas traseras, alzando al anciano por los aires. Morgath aguantó el tirón suspendido a cinco metros del suelo, apretando los dientes mientras la sangre empapaba su brazo. El dragón sacudió la cabeza con violencia tratando de estrellarlo contra las paredes del foso.