CAPÍTULO 14 #2
La ojos rojos asintió. Siguió las indicaciones de su líder y emprendió el camino otras el anciano. Owen caminó en dirección contraria hacia la muralla de piedra que separaba el patio del siguiente. Ascendió por una escalera anexa a la misma y esperó al mago en la parte superior.
—Si algo me pasa… —comenzó a decir el ojos dorados.
—No te pasará nada —rechazó Cerón.
No permitiría por nada del mundo que le ocurriera algo. Sin embargo, le habría ocurrido algo ya de no ser por Vaelen que se sacrificó por él cuando el mago se quedó parado. ¿Por qué su cuerpo se negaba a luchar cuando podía hacerlo?
—Serás un ojos dorados —aseguró Owen—. Estoy seguro.
He visto demasiados Cadetes como para no verlo.
Tal vez no conozcas la Academia, que no la conoces.
Tal vez no entiendas qué significa este lugar —dijo abriendo la mano y abarcando las murallas que separaban los patios.
Estos se abrían en un semicírculo en el que sus extremos encajaban en las montañas.
En el centro del círculo, el grueso de la fortaleza se alzaba a medio camino entre la roca de la montaña y la construcción de los humanos—.
Pero sí entiendes lo que es el honor, la lealtad y, lo que nos es más importante ahora mismo, lo que ocurre en el mundo.
Owen apoyó una mano en su hombro y palmeó con respeto.
—Vine a este mundo a pedir ayuda —confesó—.
Y me encontré que para recibir su ayuda, primero tenía que ayudarlo yo.
Mi entrega tal vez no fuera gratuita, pero sí sincera.
Derrotaré a los Tharbrins y a la Oscuridad que los controla.
Protegeré este mundo, pero también a los Calán. No son los enemigos de los Cazadores.
—¿Te refieres a los dragones que nos atacarán mañana? —ironizó el ojos dorados.
—No, a los que lucharán por nosotros cuando sepan qué está pasando aquí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Calandra es su diosa y van a ayudarla.
—Antes deberán saber que está aquí, ¿no te parece?
Cerón asintió.
—No sé por qué, pero estoy seguro de que lo han oído ya. —Miró hacia el cielo y suspiró al recordar lo poco que escuchaban—. Ahora solo necesitamos que lo hayan escuchado.
Una hora después, los Cadetes seleccionados se adentraron junto a Cerón en los barracones exteriores, incrustados en la piedra de la montaña.
Atravesaron una abertura en la roca de más de veinte metros de altura y treinta de ancho que les congeló el aliento a todos.
A los Cadetes porque sabían lo que se encontrarían en su interior, y al mago por su tamaño.
Recordó la guarida de Pepita en el Nido y sintió el dolor por su pérdida de nuevo.
“El camino de un auténtico líder siempre acaba conduciendo al sacrificio”.
Observó a Owen caminando junto a Morgath que había salido a recibirlos. Tras todos ellos, media docena de lo que supuso que serian los instructores de la Academia. Y, tras ellos, su Destacamento, envuelto en una discusión acelerada en la que sabía que él sería el epicentro.
Se adentraron por un túnel aún mas alto.
Tras estar todos en su interior, una instructora ojos marrones desconocida se volvió e hizo caer una colosal puerta de piedra y otra de hierro sobre la entrada a la montaña.
Se hizo el silencio tras el estrépito. Sin embargo, este duró poco.
Una sensación de claustrofobia envolvió al mago.
Junto a él, los Cadetes se removieron nerviosos.
A ambos lados del corredor, tras los inmensos bloques de piedra sellada, los muros vibraban con una violencia sorda, una sacudida rítmica y salvaje, el impacto unísono de toneladas de músculo, colmillos y garras embistiendo las compuertas con la desesperación de quien olía la matanza inminente.
El chirrido de los pesados eslabones de hierro negro tensándose al límite de su resistencia resonaba detrás de la roca como latigazos metálicos que amenazaban con quebrar la montaña entera.
El aire en el pasadizo se volvió asfixiante.
El calor emanaba de cada una de las jaulas.
La piedra, a pesar de su grosor, quemaba a través del cuero de los uniformes.
Al respirar, una bofetada de aire sobrecalentado, espeso por el azufre y el hedor a sangre rancia, abrasaba la garganta y secaba la lengua al instante.
Era como avanzar por el tiro de una forja titánica alimentada por más de veinte hogueras vivas bufando al mismo compás.
Avanzaron ante las jaulas de los dragones hasta que llegaron a una cámara amplia.
La Fosa del Crisol, una sala circular excavada en la piedra con el suelo cubierto de arena y sangre seca.
Gruesas cadenas de hierro negro salían de enormes argollas ancladas a la roca, preparadas para inmovilizar a las bestias.
Los murmullos se alzaron entre los Cadetes, que eran incapaces de contener la emoción.
Habían luchado mucho para llegar hasta allí.
Muchas miradas se volvieron hacia Cerón cuando acabaron la frase instintivamente con “no como él”.
El mago no les culpó por ello. Sin embargo, ninguno protestó, respetaban demasiado a sus líderes, en especial a Owen, que había desenmascarado la situación.
Cerón se preguntó si los Cadetes comprenderían la situación.
¿Habrían sabido alto antes que el resto?
La curiosidad en la juventud era una virtud y una maldición.
Supo con solo mirar sus rostros, que no serían mucho más jóvenes que él, que sí estaban al corriente.
Se preguntó de forma estúpida si alguno de ellos escribiría un libro contando cómo había cambiado la Academia junto a lo ocurrido.
Rechazó la idea, para hablar de la Academia ya estaba el libro de “Ojos de hierro”.
¿De verdad la Academia requería otra historia?
El mago sacudió la cabeza y siguió a los Cadetes escaleras arriba.
Los jóvenes ocuparon la galería superior y se resguardaron tras una pared de cristal helado que los separaba de la arena.
Se apretaron contra la superficie fría, observando el foso con el miedo marcado en el rostro.
Tras ellos se situaron los Instructores y los Cazadores del Destacamento de Owen, salvo Liora, Terra y Melissa, que continuaban con su tarea.
Abajo solo quedó Morgath.
El anciano caminó hasta el centro del foso sin mostrar ninguna prisa.
Agarró con su mano sana una de las cadenas principales del suelo y tiró de ella para comprobar la tensión.
Se plantó en medio de la arena, clavó la vista en la compuerta del fondo y asintió esperando la llegada de la primera bestia.
La instructora de ojos marrones abandonó la galería por una pasadizo lateral con un papel lleno de notas. Se adentró en la piedra y desapareció de la vista.
Cerón permaneció junto al cristal, observando la arena. El orden estaba decidido. Los cadetes irían primero. A él le tocaría el último turno, frente al dragón más salvaje a petición de Owen. Al menos sabría qué esperar.
Un rugido salvaje desgarró el aire, un grito de libertad desesperada.
El suelo y las paredes retumbaron bajo las garras del dragón.
A juzgar por cómo se apaciguaba la vibración, el dragón se alejó del crisol hacia la entrada.
Un alarido furioso y el sonido de una llamara confirmaron que había llegado a la entrada del túnel.
No tardó en volver sobre sus pasos, solo que esta vez lo hizo de forma lenta y controlada.
Se sabía encerrado y, lo que era peor, engañado, casi utilizado.
Buscó al causante de su cautiverio hasta que apreció ante el Foso del Crisol.
Ante él, un anciano enclenque con un brazo herido.
No sería una comida apetitosa y mucho menos nutritiva, pero llevaba días sin comer y alguien tenía que pagar su furia.
Cerón abrió los ojos de par en par. ¿Iban a dejar al anciano haciendo frente en solitario a aquel dragón? Miró en todas direcciones, pero nadie a su alrededor hizo el mínimo ademán por ayudarlo. Decidió ponerse nervioso pie y descender a ayudar, no permitiría que…
Una pequeña mano tiró de él hacia su asiento de piedra. Elyndra negó con la cabeza a su lado y le indicó que se sentara de nuevo.
—Morgath lleva haciendo esto más de medio siglo —aseguró la Cazadora—. Owen tenía razón, no conoces nada de la Academia. ¿Qué tal si confías en ella por una vez?
Cerón asintió, si bien la sensación de que estaba a punto de presenciar una matanza no desapareció de su mente. Sin embrago, sí confiaba en los Cazadores. Asumió el lugar que le correspondía y esperó con la respiración contenida y sus manos agarrotadas de tanto apretar la piedra en la que sentaba.
El dragón negro se detuvo en la entrada y observó en todas direcciones.
Alzó la cabeza hacia el cristal helado y vislumbró docenas de cabezas, apetitosas y suculentas cabezas unidas a cuerpos jóvenes y fuertes.
Abrió la boca y comenzó a salivar. Dio un paso hacia uno de los laterales y Morgath se interpuso en su camino con calma.
El dragón lo miró furioso. No tenía la más mínima intención de comerse a aquel amasijo de huesos y pellejos teniendo tan cerca a aquellos jóvenes sanos y musculosos.
Pero sí quería morir, sí que podía matarlo. Comérselo no, pero matarlo…
Lanzó un latigazo con la cola y esta golpeó en el brazo vendado del anciano. Sin embargo, en vez de salir volando como cabría esperar, Morgath agarró la cola con la mano y tiró de ella. El dragón se vio lanzado contra una de las paredes.
—¿¡Pero qué?! —exclamó el mago.
Los gritos de los Cadetes se elevaron en la grada, orgullosos del Cazador.
—Tal vez sea pequeño —dijo Elyndra con burla—, pero tiene la fuerza de diez Thorgum. ¿Impresionado? —Cerón asintió con la cabeza—. Pues tú serás más impresionante, estoy segura.