CAPÍTULO 13
LA MAESTRA DE CAUCES
Cerón hincó las rodillas sobre la piedra, doblegado por la masa abrumadora de la presencia de Thierry, que llenó su cuerpo y su mente.
El mago apoyó las manos en el suelo de ónice y trató de respirar.
El aire no llegaba a sus pulmones o estos no le obedecían.
Miró frente a él y descubrió la sonrisa de triunfo absoluta en el rostro de Tarnicis.
La joven observaba el prisma roto ante ella, y más arriba, al descomunal agujero en el techo que se extendía hasta el cielo sobre la Academia.
Tal vez nada atravesase la roca ahora, pero todos podían sentir la fuerza que desprendía el cristal.
Sin embargo, esta se reducía poco a poco.
Cerón logró carraspear y Tarnicis volvió la mirada hacia él.
Su ceño se frunció de forma leve, tal vez identificando algo que había pasado por alto hasta entonces.
Se encogió de hombros y desapareció en el aire.
Había obtenido lo que buscaba. Ya no había dioses en el mundo.
Nadie volvería a gobernar sobre ninguno de todos ellos.
Owen corrió hacia el mago cuyo cuerpo se negaba a continuar con semejante carga.
Observó la situación y, sin pensarlo dos veces, le dio una poderosa patada en el estómago con todas sus fuerzas.
El golpe sorprendió al mago y, con la sorpresa, sus pulmones volvieron a obedecerle.
Respiró con dificultad y alzó una mano indicando que el problema estaba solucionado.
Miró hacia sus compañeros y descubrió que Freya mostraba la misma situación.
En aquel momento Rhogar procedía a sacar a la Cazadora de su agonía con la misma técnica, lo que la hizo salir volando al menos cinco metros. Sin embargo, fue tan efectiva como con el mago.
Cerón se puso en pie sintiendo la mente nublada y extraña. Perdió el equilibrio y trastabilló, lo que obligó a Owen a ayudarlo. El ojos dorados se introdujo bajo el brazo del mago y lo sostuvo. Las lágrimas aún estaban húmedas en su rostro.
—Lo… lo siento, Owen —balbuceó el mago, sintiendo sobre sí el peso de la pérdida del veterano.
El Cazador asintió sin más. La muerte era una parte más de la Academia.
—No es momento para el duelo —aseguró. Señaló hacia el cielo que se oscurecía por momentos—. Salgamos de aquí.
—Espera —pidió. Se soltó de su ayuda y se dirigió hacia el prisma. Este estaba roto por la mitad y ningún anillo giraba ahora a su alrededor. Tocó el cristal sin que ninguna sensación llegara hasta él.
—¿Puedes arreglarlo?
Cerón negó con la cabeza. Ni siquiera sabía qué era, ¿cómo iba a arreglarlo? Sin embargo, Cerón percibió la imagen de ocho manos apoyadas sobre el prisma, ocho manos diferentes entregándose para un último sacrificio. Un escalofrío recorrió su espalda y apartó la mano.
—No, no sé cómo arreglarlo —respondió mientras sacudía la cabeza de lado a lado.
Se sintió mareado y volvió a trastabillar.
Owen lo sujetó de nuevo. Miró ante él y descubrió a Rhogar echándose a Freya sobre el hombro.
La Cazadora respiraba, pero parecía desconectada por completo.
Su cuerpo estaba laxo y sus ojos, si bien se mostraban abiertos, miraban hacia el infinito, perdidos por completo.
—Salgamos de aquí —dijo Owen—. Ronan se encargará de vosotros.
Cerón asintió. Comenzaron a subir por la escalera tan rápido como pudieron. Fue un tiempo que Cerón aprovechó para reconstruir su mente durante el esfuerzo de la subida.
“¿Qué ha ocurrido aquí? ¿Qué es lo que he visto? —se preguntó al recordar todos los elementos de su visión. Ónice volvió a su memoria, con su arma rota y por lo tanto su alma, siendo asaltada por Ágata. Jazmín, la diosa de los elfos, eligiendo el cuerpo del anciano elfo que debía dirigir a su especie mientras reconstruían su mundo—. Y Freya… —Observó a la mujer caída sobre la espalda del Calán. Su rostro estaba tenso, como si tuviera una discusión terrible sin palabras—. Era Calandra, lo sé. Pero, ¿es posible que…”
“Es posible, humano —dijo una voz masculina, completamente desconocida para él. Cerón trastabilló y sus pies fallaron. Cayó contra los escalones y estos le golpearon en las espinillas”.
“¿Quién eres tú? ¿Qué eres?”
Cerón miró en todas direcciones buscando la procedencia de su voz deseando con todas sus fuerzas que la presencia estuviera fuera de su mente.
Sin embargo, esta se presentó ante sus ojos.
Era un hombre joven, de pelo moreno recogido en una coleta cuidada.
Observaba al mago con interés. Sus ojos no dejaban lugar a dudas sobre su sorpresa.
“Soy Thierry —aclaró, como si Cerón supiera quién era”,
“No sé quién eres”.
“Tu madre sí —aseguró con sorpresa—. ¿No te habló de mí? —Cerón apretó los labios. La duda sobre quién había sido su madre regresó a él. El recuerdo de Sudne y de Nurae desnudas ante él manifestando por la Oscuridad lo sobrecogió. Thierry asintió con pena—. Eso explica muchas cosas”.
“A mí no —masculló—. ¿Quién eres?”
“El hermano de Irena. El hermano de Calandra. El hermano de Jazmín y de otros dos que no conoces aún. Soy lo que llamarías el protector de los humanos . —Cerón ató cabos rápidamente. Si era el hermano de aquellas diosas, tenía que ser…—. En efecto. Era el dios de los humanos hasta hace un momento”.
“Si tan dios eres, ¿qui é n es mi madre?”
“Sudne, por supuesto. ¿Acaso lo dudabas? —Cerón abrió los ojos de par en par. Su corazón dio un vuelco al escuchar las palabras de su mente. Se detuvo en la escalera concentrado en su conversación interior. Owen y Rhogar se detuvieron ante él —. Entiendo… mi hermana ha estado haciendo de las suyas. —Negó con la cabeza— . Lamento su intromisión”.
“¿Qué hay de tu intromisión? —le espetó”.
“No ha sido voluntaria. Kelldom ha sido el responsable. —Thierry se tambaleó en la mente de Cerón. El mago, incrédulo, lo ayudó a mantenerse en pie. Sin embargo, no pudo aguantar mucho más y se vio obligado a sentarlo en el suelo”.
“¿Qué te ocurre?”
Thierry tosió sangre sobre el mago. Este comenzó a pronunciar hechizos de curación de forma inconsciente. Thierry negó con la cabeza y sujetó la ropa del mago con fuerza.
“Escúchame bien. Ágata ha regresado. No pudimos detenerla antes. Ahora es mucho más fuerte y nosotros… nosotros… —La tos le secuestró el aire y se puso pálido por completo. La sangre manó a borbotones de sus pulmones—. No podemos vivir en este plano, no sin un cuerpo”.
Cerón abrió los ojos de par en par y se apartó del supuesto dios de los humanos. Este no soltó su presa.
“Mi cuerpo me pertenece —declaró. No iba a permitir que nadie volviera a usurparlo”.
Thierry asintió.
“No, no te arrebataré tu vida. El tiempo de los dioses ha terminado por nuestra inacción. Es nuestra responsabilidad por no haber impedido que todo esto llegara hasta aquí. El olvido será nuestra recompensa”.
“¡No podéis morir!”
Thierry amagó una sonrisa triste.
“Sí que podemos morir —aseguró—. Ahora lo sabemos. Pero vosotros sois nuestros elegidos. Vosotros conseguiréis lo que nosotros no pudimos lograr. Derrota a mi hermana, Cerón”.
“¿Quieres que acabe con una diosa?”
“Sí”.
“¡Es imposible! No… no puedo… no sería capaz aunque…”
“¡Lo serás! —aseguró— . Porque ahora tu escalera siempre tendrá un peldaño más”.
El cuerpo de Thierry comenzó a convulsionar.
La sangre manó de su boca y sus ojos se perdieron en el infinito.
Acto seguido, su cuerpo se desvaneció entre sus brazos.
El lugar de los dioses no estaba en el mundo, no podían habitarlo por sí mismos.
Sin embargo, en su última voluntad entregó al mago la llave que abría las cadenas que llevaba al cuello.
Cuando abrió los ojos, Cerón se descubrió con el abdomen sobre el hombro de Owen ascendiendo sin descanso.
Sacudió la cabeza desconcertado junto cuando llegaban a la biblioteca o, más bien, lo que quedaba de ella.
El corazón del mago se desgarró al ver la sala completamente destrozada.
Las llamas habían tomado la estancia por completo donde solo la pronta intervención de Abbey logró sofocar las llamas.
Sin embargo, no actuó con la suficiente rapidez para evitar que el fuego consumiera la mayor parte de la biblioteca.
Cerón observó al grupo donde Ronan se esforzaba en curar a Doreen. La ojos dorados tenía casi la mitad del cuerpo calcinado. Por fortuna, el dolor había cedido y permanecía inconsciente.
—Estaba justo en el camino del rayo de energía —explicó Liora, que ayudaba al ojos verdes. No parecía tener efecto. El mago observó los rostros de los Cazadores. Todos ellos sabían el desenlace que traería aquellas heridas. Nada ni nadie podría salvarla.
—Melissa, que tenga una muerte noble —pidió Owen con dolor, solicitando para la Cazadora la muerte que le había sido negada a su padre.
La ojos violetas asintió y se agachó sobre la cabeza de Doreen.
Se concentró en su habilidad y el rostro de la Cazadora se relajó cuando Melissa le mostró las imágenes que quería ver en su cabeza.
Solo ellas dos sabrían jamás lo que había visto la ojos naranjas.
Su cuerpo se relajó por completo y la vida abandonó a la Cazadora.
Melissa se apartó de ella incapaz de contener las lágrimas.
El líder de Destacamento se aceró a ella y la abrazó con todas sus fuerzas mientras le susurraba algo al oído. La mujer miró a Owen con dolor y le devolvió el abrazo. Ambos lloraron el dolor del otro compartiendo la carga como solo los unidos por su Escama eran capaces de hacerlo.
Raanee se acercó al mago. Tenía mucho mejor aspecto que antes.
—Podemos ayudar a morir, pero cada vez que lo hacemos, una parte de nosotros muere con él —aseguró. La ojos violetas recordaba cada una de las veces que había acompañado en la muerte a demasiados compañeros—. ¿Cuántas muertes puedes vivir antes de desear morir?
Cerón cerró los ojos con dolor. Los ojos violetas asumían un honor tan valeroso como desgarrador.
—¿Qué ha pasado allí abajo? —preguntó Cassius. Observó al grupo y enarcó una ceja cuando vio que faltaba uno de ellos—. Vaelen…