CAPÍTULO 12 #4
Las palabras de Lysandra fueron el filo definitivo que cortó el último anclaje de Ónice a su razón.
El eco de la burla, la imagen repulsiva de la tirana reclamando a Sonthorn como su juguete de cama... todo ello ahogó cualquier instinto de control en la drugana. Lysandra rompió a Ónice, tanto que dejó de importarle su alma, ni su libre albedrío, ni las consecuencias de sus actos.
Se negaba a perderlo.
Se negaba a morir aplastada bajo la bota de una tirana de pacotilla de luz blanca.
Y, si Ónice no era lo bastante fuerte para despedazar a la Dirigente Blanca... la Oscuridad sí lo era.
Ónice cerró los ojos y, en un acto de renuncia absoluta y suicida, dejó caer las barreras de su mente, cuerpo y esencia.
No liberó a un monstruo encerrado; simplemente dejó de resistirse a la presencia pura de Ágata que nunca la había abandonado.
Permitió que la deidad de los druganos negros, la encarnación de la maldad absoluta, la corrupción y la noche eterna, inundara sus venas y devorara su propia esencia corrompiendo su propio cuerpo y condenándola para siempre.
Pero se llevaría a Lysandra y ninguna noche más le robaría a su hombre.
“Mátala —le dijo a la Oscuridad de su interior entre lágrimas—. Acaba con ella”.
“Sí, hija mías —respondió Ágata”.
Fue instantáneo. Ágata tomó el control de su cuerpo en un suspiro. Físicamente, seguía siendo la misma drugana de cabellos oscuros cuerpo entrando en mil batallas, pero el cambio que se operó en ella fue de una magnitud aterradora.
El cráter entero enmudeció. El aire se volvió denso, gélido, casi imposible de respirar.
La Oscuridad no brotaba de Ónice para envolverla, sino que parecía que su alrededor perdía su color y su luz, absorbido por el vacío que ahora habitaba en su interior.
Ónice era un agujero negro con forma de mujer.
Lysandra sintió el impacto de la presencia antes siquiera de verla.
La inmensa cúpula plateada que había tejido sobre el cráter parpadeó, debilitada, amenazando con resquebrajarse bajo la presión de un poder tan colosal y maligno que hacía que su propia magia de Heindor pareciera un simple farolillo blanco en medio de la nada más oscura.
Cuando Ónice volvió a abrir los ojos, el negro de sus pupilas se había convertido en dos pozos de abismo puro y letal.
La drugana se puso en pie lentamente, moviéndose con una gracia lánguida y letal que no le pertenecía.
Su rostro, antes contraído por el dolor y la rabia, era ahora una máscara de fría, cruel y absoluta superioridad.
Ágata había tomado el timón, y lo había hecho vaciando por completo a la mujer que la albergaba.
La diosa oscura ladeó la cabeza, observando a la Dirigente Blanca con el desdén de un depredador milenario que acaba de encontrar a una presa insolente.
—Has hablado demasiado —susurró Ónice. La voz era la suya, pero el tono destilaba un veneno antiguo y denso—. Reclamas como tuyo lo que me pertenece a mí. Te vistes de deidad en un castillo de cenizas, creyendo que la luz puede someter a la noche.
Lysandra retrocedió medio paso por puro instinto, sintiendo cómo un terror primitivo le atenazaba la garganta.
Sus ojos brillaron con furia, intentando canalizar todo el poder para aplastar aquella aberración antes de que fuera tarde, pero la abrumadora presión de Ágata ya estaba asfixiando su magia.
—Ahora... —continuó Ónice, esbozando una sonrisa que era la encarnación del terror absoluto, mientras extendía una mano rodeada de pura corrupción hacia ellos—. Veamos cuánto chillas cuando te obligue a tragarte tu propia luz. Y tú, Sonthorn... vuelve con tu dueña, por ahora.
Ónice se movió con una velocidad que desafiaba cualquier ley física.
En menos de un parpadeo, la distancia entre ella y la Dirigente Blanca desapareció.
Antes de que Lysandra pudiera siquiera alzar una mano para defenderse, los dedos de la drugana, convertidos en afiladas garras de obsidiana, se cerraron como una tenaza de hierro en torno a su pálido cuello.
La levantó del suelo con una sola mano. Lysandra ahogó un grito, pataleando en el aire. Sus ojos se abrieron desorbitados por el pánico mientras intentaba desesperadamente desatar su magia contra la drugana, pero la Oscuridad primigenia de Ágata extinguía cada chispa blanca antes de que naciera.
Y entonces, el abismo que asomaba en los ojos de Ónice cambió. El desprecio homicida se transformó en una codicia absoluta, fría y calculadora al sentir lo que tenía entre las manos.
Ágata, a través de la drugana, examinó el cuerpo que sostenía por el cuello.
Sintió el poder inabarcable que bullía bajo la piel de la tirana.
¿Para qué conformarse con el cuerpo quebrado y limitado de una drugana negra, condenada a luchar en las sombras, cuando tenía al alcance de la mano a una semidiosa en la cúspide de su poder?
—Un recipiente exquisito —ronroneó Ágata, con la voz de Ónice vibrando con una perversa fascinación—.
La sangre de una drugana neutral que usurpa el manto de la luz...
Qué ironía más deliciosa. Serás mucho más útil para mí.
Una drugana negra con el poder de mi hermana consumida por la Oscuridad. Los tres entes en un solo cuerpo…
El giro de los acontecimientos fue tan repentino como devastador.
Ágata no aniquiló a Lysandra como había prometido, sino que la invadió.
La Oscuridad más pura y densa abandonó el cuerpo de Ónice de golpe, brotando de sus ojos, de su boca y de sus poros como un torrente de brea hirviente.
El vórtice de tinieblas se abalanzó sobre la Dirigente Blanca, penetrando por su garganta, asfixiando sus gritos y fundiéndose con su esencia en una violación mágica.
Despojada de repente de la entidad que la sostenía, Ónice se desplomó contra el suelo como una marioneta a la que le acaban de cortar los hilos, cayendo sumida en una inconsciencia profunda y absoluta.
Una onda de choque procedente de aquella transferencia desgarró todo a su alrededor.
Al cortarse abruptamente el hilo de control mental que Lysandra mantenía sobre él debido al asedio de Ágata, Sonthorn volvió en sí.
El drugano blanco boqueó, tropezando hacia atrás mientras la niebla de sumisión se evaporaba de su mente.
Sacudió la cabeza, desorientado por una fracción de segundo, justo a tiempo para ver a Ónice inconsciente en el suelo y el horror que se estaba gestando frente a él.
Vórian se puso en pie a duras penas mientras trataba de entender qué estaba ocurriendo a su alrededor. Ante él, en el centro del cráter, la metamorfosis se completó.
Una terrible onda expansiva emergió de la tirana en todas direcciones extendiéndose sin que nadie resultase herido.
No era un choque de energía ni un vendaval de muerte destruyendo a su paso; era una pulsación pura de autoridad, una onda mezcla de luz blanca y sombras corruptas que atravesó a Sonthorn, a Vórian y el cuerpo inerte de Ónice, dejando tras de sí un temblor invisible.
Fue una señal, un anuncio primordial que retumbó más allá del cráter, cruzando la ciudad entera, montañas y valles, grabando en la mente de cada ser vivo una verdad aterradora: la deidad había regresado al mundo de los vivos.
Apenas la pulsación se perdió en el horizonte, las entrañas del planeta respondieron.
Un crujido descomunal y colosal rasgó la distancia, como si un glaciar de proporciones monstruosas en los confines del mundo se hubiera resquebrajado, roto y reventado en un millón de pedazos.
El impacto de esa fractura distante desató un terremoto brutal. La tierra bajo sus pies vibró con violencia atronadora.
La magia de Heindor que poseía Lysandra y la corrupción absoluta de la deidad de los druganos negros colisionaron y, en lugar de destruirse, se entrelazaron. Se formó una criatura brutal y perfecta con las tres esencias de los druganos y el poder de dos de sus diosas.
Lysandra permanecía de pie. Seguía siendo ella en su aspecto.
Su cuerpo desnudo ahora estaba cubierto por un vestido negro ligero.
Pero el aura que la rodeaba ya no era el orgullo blanco de una tirana, sino una sombra de tinieblas.
De su cuerpo emanaba un frío sepulcral. Lysandra ladeó la cabeza con una gracia letal y milenaria, desperezando los músculos de su nuevo recipiente, y abrió los ojos para mirar al drugano blanco.
Sonthorn sintió que la sangre se le helaba en las venas. El blanco había desaparecido por completo de la mirada de la Dirigente Blanca. En su lugar, dos pozos de negrura infinita y absoluta le devolvieron la mirada. Unos ojos que el drugano conocía demasiado bien.
Ágata había ganado al fin.