CAPÍTULO 12 #3
Vórian tensó las cadenas y sus brazos brillaron mientras dominaba los restos de magia de la ciudad. Se adentró en el plano de las Esencias y arrastró con él a Ónice y a Sonthorn.
La onda expansiva de energía pura arrasó todo a su alrededor.
No quedó nada en aquel castillo. Los cuerpos de Úrsula y Lucian se consumieron.
Las cadenas desaparecieron. Las paredes estallaron.
El suelo se carbonizó. Cien metros alrededor de la tirana fueron evaporados como si jamás hubiesen estado allí.
El castillo simplemente dejó de existir y todo lo que había en él también. Si alguno de los miembros del Martillo seguía en él, habría encontrado ya su lugar junto a su diosa.
Cuando la inmensa onda expansiva amainó y el eco de la explosión se perdió en las montañas, la silueta de la fortaleza había desaparecido por completo.
En su lugar, el paisaje quedó dominado por un inmenso y humeante hueco en la roca, un enorme cráter cubierto de ceniza, polvo en suspensión y restos de mármol negro calcinado.
En el centro exacto de la desolación, expuestos al cielo abierto por primera vez en siglos, permanecían ellos, cercados por el humo y aguardando el desenlace final entre las ruinas de Heindor.
El polvo de la explosión cayó como una lenta lluvia de ceniza sobre el cráter humeante que antes había sido el corazón de Heindor.
Vórian, con los brazos temblando por la tensión y el rostro cubierto de sudor y hollín, soltó las cadenas que cayeron al suelo sin nada a lo que agarrarse.
El neutral tosió con fuerza y se dejó caer sobre las manos en la piedra.
Hundió los hombros y bajó la cabeza, jadeando con dificultad, como si el titánico esfuerzo lo hubiera vaciado por completo.
Lysandra, envuelta en la neblina grisácea, observó la escena con una sonrisa afilada.
Vio al neutral colapsar, vio las runas extintas y, en su delirio de poder absoluto, creyó haber ganado.
Ahora que se había deshecho del exceso incontrolable de poder, sentía la auténtica fuerza de la ciudad latiendo en su pecho.
—Al fin es mío —gritó la tirana, con una voz que resonó como un trueno en el abismo de roca—. Nada me detendrá.
Sus ojos, dos pozos blancos hirvientes, se iluminaron con una intensidad cegadora. Lysandra alzó los brazos hacia el cielo abierto y, canalizando su habilidad incrementada por el poder de la ciudad, forzó a esta a obedecerla de nuevo. Nada se resistiría ahora a ella.
Una inmensa cúpula blanca, translúcida pero impenetrable, se alzó desde los bordes del cráter, cerrándose sobre ellos como una campana de cristal. Cortó el paso del viento helado y los aisló del resto de la ciudad; ahora aquel cráter era su dominio absoluto.
—Tráelos ante mí —le ordenó a Vórian. Este fue incapaz de resistirse a ella.
Las siluetas de Sonthorn y Ónice regresaron del plano de las Esencias donde el neutral los había escondido. Sonthorn miró desorientado a su alrededor. Sin embargo, Ónice contemplaba la empuñadura de su espada, único recuerdo de su espada consumida por el poder de la tirana.
Lysandra no se detuvo ahí. Fijó su mirada en el drugano blanco que tenía delante y volcó todo el peso abrumador de su consciencia sobre él ignorando a Ónice. Esta no era una amenaza para ella.
Sonthorn intentó resistirse. Apretó la mandíbula y alzó su espada decidido a acabar con ella, pero esta vez ni siquiera toda su voluntad fue capaz de protegerlo.
Trató de usar el mismo truco que Lucian le había dado, pero fue inútil.
Lysandra estaba volcando todo su poder directamente en él, inundando su cerebro y su alma con una sumisión gélida y aplastante que no admitía rebelión.
—¡No! —gritó Vórian. Ónice no reaccionó siquiera. Acababa de perder su alma de nuevo y esta vez no sería capaz de recuperarla. No habría un lago del que recuperarla más adelante. La drugana negra ya no sería ella misma jamás de nuevo.
Con un gruñido ahogado de frustración y dolor, las alas doradas del guerrero se plegaron.
Su cuerpo se aflojó, perdiendo la tensión del combate, y su espada se deslizó de sus manos con un tintineo sordo al estrellarse contra el suelo.
Los ojos de Sonthorn se velaron, adoptando de nuevo un tono mortecino y hueco.
Caminó con paso pesado arrastrando los pies y levantando pequeñas nubes de ceniza hasta situarse a la derecha de la tirana, convirtiéndose una vez más en la bestia sumisa de su ama.
Ónice, que había permanecido desconectada, observó la rendición forzada de Sonthorn y sacudió la cabeza. Abrió la mano y dejó caer los restos de su espada al suelo. Tal vez no tuviera alma, pero no la necesitaba para vengarse.
—¡Aléjate de ella! —gritó furiosa.
La drugana negra apretó los puños hasta clavarse las uñas en la piel.
Un gruñido bajo, ronco y primitivo, empezó a vibrar en su pecho, escalando rápidamente hasta convertirse en un rugido sordo.
La furia, ardiente y volcánica, se mezcló con el asco profundo que le provocaba la sonrisa triunfante de Lysandra.
Las sombras que envolvían sus brazos se descontrolaron, siseando y retorciéndose como serpientes enloquecidas, listas para desatar un baño de sangre, sin importar quién cayera primero.
El rugido de Ónice dejó de ser humano.
La barrera que separaba a la drugana de la Oscuridad absoluta se hizo añicos. Miró en su interior y le abrió la puerta de par en par.
Dejó de contener a Ágata y se fusionó con la furia primigenia y el odio que latían en su propia sangre.
Las sombras que brotaban de sus manos se expandieron como un torrente de brea hirviente, devorando su ropa, su piel y sus facciones hasta convertirla en un avatar de pura noche.
Sus ojos se volvieron dos pozos de negrura total, y de su espalda y brazos emergieron zarcillos sólidos que cristalizaron en afiladas garras de obsidiana.
Con un impulso que resquebrajó la piedra bajo sus pies, Ónice se abalanzó contra ellos, convertida en un torbellino letal de tinieblas.
Pero no fue Lysandra quien frenó el impacto.
Sonthorn, moviéndose con la precisión implacable de una marioneta perfecta, se interpuso en su camino.
El choque entre la drugana negra y el guerrero hizo temblar el interior de la cúpula blanca de Lysandra.
Ónice lanzó zarpazos de sombra que cortaban el aire con silbidos agudos, buscando desesperadamente apartarlo para llegar a la tirana, pero Sonthorn bloqueaba cada embate con movimientos rápidos y precisos.
Su fuerza bruta, multiplicada por el control absoluto de Lysandra, era un muro infranqueable sin herirlo.
Ónice luchaba con una fiereza salvaje, pero la diferencia de poder era abismal.
Cuando, en un movimiento suicida, intentó sortear al guerrero, Lysandra ni siquiera tuvo que levantar una mano.
Un latigazo de densa magia blanca brotó del suelo, golpeando a la drugana en el pecho y lanzándola violentamente por los aires.
Ónice rodó por el polvo y la ceniza del cráter, tosiendo sangre, mientras las sombras a su alrededor parpadeaban, gravemente debilitadas por el impacto.
Lysandra avanzó lentamente hacia ella con una elegancia perezosa.
Su cuerpo completamente desnudo se alzó ante ella.
Su sonrisa era una mezcla de arrogancia y pura maldad.
A su lado se situó el guerrero, que recuperó su espada.
Esta no brilló en su mano y el hecho no le pasó desapercibido a Ónice.
Cerró los ojos con dolor. El ya no estaba allí.
—Mírate... —ronroneó la Dirigente Blanca. Esperó a Sonthorn y acarició el pecho del gigante con una lentitud enfermiza y posesiva—. Una perra rabiosa y patética, rompiéndose los dientes por algo que jamás ha estado a su altura.
Ónice masculló un improperio, apoyándose sobre una rodilla. Trató de encontrar una salida a todo aquello sin que ninguna idea llegara a su mente. Miró a Vórian que parecía tan en trance como Sonthorn.
—Suéltalo —escupió la mujer, con la voz distorsionada por las sombras a su alrededor.
La risa de Lysandra repiqueteó en el interior de la cúpula, cristalina y rebosante de veneno.
—Oh, mi dulce y estúpida niña. Ha sido mío desde que me vio.
Volverá a mí aunque lo libere. ¿Por qué perder el tiempo?
Tiene mucho trabajo aquí abajo. —Lysandra bajó una mano por su propio muslo desnudo, atrayendo la mirada de Ónice hacia su cuerpo perfecto—.
¿Por qué crees que te recibí vestida de esta manera en mi palacio?
Cuando tu querido gigante irrumpió en mis aposentos, no lo hizo para luchar. Entró para suplicar por mí.
Lysandra se situó a la espalda de Sonthorn, deslizando sus brazos alrededor de la cintura del drugano, frotando su cuerpo desnudo contra él a la vista de Ónice.
Sonthorn no se movió, manteniendo la mirada vacía, perdido en la sumisión.
Descendió la mano hasta el cinturón que debía sostener su espada y lo desabrochó. Este cayó al suelo.
—Se arrodilló, se despojó de toda su voluntad y se entregó a mí en mi propio lecho —continuó la tirana, clavando cada palabra como un puñal incandescente en la mente de Ónice—.
Fue mi mascota. Mi juguete más dócil y complaciente.
Ha gemido de placer entre mis sábanas mientras tú te arrastrabas por el suelo, creyendo ingenuamente que tenías un vínculo con él.
Inocente niña. Pronto su descendencia seguirá mi legado y tú estarás muerta.
La humillación quemaba más que la herida del pecho. Lysandra saboreó el dolor en los ojos negros de la drugana, deleitándose en su sufrimiento emocional antes de aplastarla físicamente. Vio la rebeldía en su mirada y se deleitó con ella.
—No eres lo bastante fuerte para enfrentarte a mí.
Ni siquiera eres suficiente para retener a tu macho —sentenció la tirana, con los ojos brillando de un blanco letal—.
Es mío. Y cuando acabe contigo, volveré a disfrutar de su completa devoción.
Me dará cien hijos con los que gobernar el mundo entero.