CAPÍTULO 12 #2
A su lado estaba Sonthorn, lo cual la alivió casi tanto como la enfureció aun más. Contactó con él al instante. Tenía que saber que volvía a ser él de nuevo.
“¿¡Qué narices has hecho!? —preguntó incapaz de contener su nerviosismo. Le mandó la imagen mental del cadáver—. ¿Quién es ese?”.
“Era su hermano —respondió el guerrero tras un segundo de orientación. Su corazón rebosó de esperanza cuando sintió a la drugana junto a él. Sin embargo, percibió que la Oscuridad en ella era cada vez más fuerte”.
“¿Por qué no la has matado? —La rabia bullía en la drugana. Sus ojos volvieron sobre ella y observaron de otra manera muy diferente su cuerpo casi desnudo por completo. Miró intermitentemente a uno y a la otra—. ¿Qué has hecho? ¿Qué te lo impide ahora?”
“Nada. Se merece su destino”.
Sonthorn no perdió ni una fracción de segundo más. Saltó hacia ella con el empuje de sus cuatro alas, alzó la espada sobre su cabeza y la descargó sobre su cabeza en un golpe perfecto, devastador e ineludible.
Sin embargo, Lysandra ni siquiera parpadeó.
Sin necesidad de transformarse, moviéndose con una velocidad inhumana y absolutamente aberrante para su cuerpo menudo, se deslizó hacia un lado.
No fue un salto ni una finta; fluyó por el aire como mercurio líquido, esquivando la muerte por milímetros antes de que la pesada hoja rúnica de Sonthorn impactara contra el suelo de piedra, abriendo una grieta de la que brotaron chispas azules con el impacto.
Ónice no necesitó que nadie la instara a matar a aquella mujer. Se abalanzó sobre ella con la misma intención, pero su ataque a media altura cortó el aire sin que el cuerpo de la Dirigente Blanca cayese partido en dos.
—¿¡Qué pasa aquí?! —se preguntó frustrada por no dar muerte a la mujer que había llegado medio desnuda junto a su hombre.
El suelo comenzó a temblar agitado por la furiosa magia de la ciudad.
Vórian sintió cómo todo a su alrededor se desmoronaba de un modo mucho más profundo que el simple derrumbe físico a su alrededor.
Sus brazos brillaron con fuerza al unísono que la ciudad amenazaba con ceder sobre sí misma con cada nueva sacudida.
Cayó de rodillas tratando de mantener el equilibrio al igual que Ónice o Sonthorn.
Solo Lysandra mantenía la verticalidad, como si no le afectase.
Su halo blanco desdibujaba su cuerpo casi desnudo mientras que, a su espalda, nuevas líneas de oscuridad emergían tras ella y se enredaban a la piedra.
La Dirigente Blanca buscaba una salida. Ladeó la cabeza con una sonrisa, había encontrado una.
—Tú serás mi sierva ahora —dijo sin mirar a nadie.
—¡Jamás! —respondió Ónice creyéndose el motivo de sus palabras. Al fin y al cabo, no había ninguna mujer más allí, al menos con vida.
¿O tal vez sí?
Las gruesas cadenas de magia que momentos antes habían apresado a Úrsula se agitaban en el aire como serpientes enloquecidas, chisporroteando y restallando como látigos eléctricos.
Azotaban el suelo y las paredes al compás de las réplicas sísmicas que seguían desgarrando las entrañas de la ciudad mientras la sonrisa de Lysandra se agrandaba en su rostro.
Vórian observó la furia desbocada de la energía rúnica de la ciudad. Sin un ancla que la dominara, sin una mente o una vida que la canalizara, la magia en bruto de Heindor se volvía salvaje. Se estaba devorando a sí misma y, en el proceso, amenazaba con hacer estallar la ciudad entera sobre ellos.
Si no lograban controlarla, todo Heindor sería destruido por completo tal y como Lysandra deseaba.
Ante él, Ónice y Sonthorn trataban de acabar con Lysandra sin lograr herir su cuerpo.
La drugana congeló el suelo bajo ella y elevó un carámbano sobre ella sin lograr atraparla.
La Dirigente Blanca ignoró la prisión helada y se movió a un lado sin esfuerzo.
“¡Es como si no tuviera cuerpo! —dijo Ónice, frustrada y furiosa”.
“Jamás he visto algo así. No lo había hecho hasta ahora —respondió el guerrero. La pregunta de “¿y qué es lo que si ha hecho?” permaneció en su mente sin llegar a ser pronunciada”.
Vórian apretó la mandíbula, comprendiendo la gravedad de la situación.
No había tiempo para unirse a la cacería de la tirana, él debía cumplir otra tarea.
Si no estabilizaba el núcleo de inmediato, ocupando el lugar al que la Vanhir le había empujado y al que Elara lo había conducido, no quedaría nadie vivo en la ciudad para ver la derrota de Lysandra.
Entre el rugido de los escombros y el restallar eléctrico de la energía desbocada, las palabras de Elara resonaron con nitidez en la mente de Vórian, como un eco lejano pero definitivo: “Cuando sostengas las cadenas, déjala vencer por una vez y derrótala en su arrogancia.”
El neutral no vaciló. Se incorporó y, de un salto, sostuvo la primera de las cadenas mientras el mundo lo zarandeaba contra la pared.
Sintió su poder rebelde y su desesperación, pero esta no era mayor que la suya.
Agarró con fuerza la cadena y extendió el otro brazo en busca de la siguiente.
Sus runas brillaron con una luz cegadora y todos los presentes se vieron obligados a cubrirse para no ser cegados, incluso Lysandra.
No obstante, bajo su antebrazo, apareció una sonrisa de triunfo total.
Vórian sostuvo el segundo extremo y la ciudad se canalizó a través de él.
El impacto fue brutal.
Un latigazo de energía pura recorrió sus músculos, tensándolos más allá del límite. Sus venas brillaban con un fulgor dorado bajo la piel, ajenas a los tatuajes sobre ella.
El circuito se cerró de nuevo, pero al hacerlo sobre él, la consciencia de Vórian se hundió de golpe en el entramado místico que sostenía la fortaleza y la nutría de poder.
A través del metal de las cadenas, sintió el pulso de la auténtica ciudad; la magia original, noble y antigua, que latía despojada de la corrupción de la tirana.
Pero entrelazada con ese flujo primigenio, detectó de inmediato la presencia salvaje de Lysandra, que intentaba desesperadamente aferrarse al control por la fuerza de su voluntad asesina.
Sus garras trataban de tomar el control de la ciudad, pero esta era demasiado violenta, demasiado cruda para sostenerla por sí misma. Ella sola era incapaz de doblegarla.
Ya la esperaba, desesperada tratando de volver a gobernar. Desesperada, furiosa, sin más salida que el control o la muerte.
Entonces un horror aún mayor arañó sus sentidos: en lo más profundo de la conexión, ligada a la furia que contaminaba el ambiente, Vórian percibió la auténtica Oscuridad materializada en una mente perversa y desconocida.
Sintió a una criatura que luchaba con una violencia desesperada por romper sus propios grilletes, pugnando por ascender para devorarlo todo.
Fue solo un suspiro, pues cuando la Oscuridad se vio iluminada por la mente de Vórian, esta volvió a ocultarse.
Aún no era su momento.
Vórian sacudió la cabeza. El problema inmediato era Lysandra y se concentró en ella. Tendría tiempo para más si lograba sobrevivir a ella.
“Cuando sostengas las cadenas, déjala vencer por una vez y derrótala en su arrogancia.”
Casi podía ver a Elara ante él repitiendo sus palabras una y otra vez. Cerró los ojos con dolor y confió en su amada ciegamente una vez más.
Vórian apretó los dientes hasta hacerlos crujir y, en lugar de resistir el embate de la tirana, forzó hasta la última gota de su fuerza para hacer lo contrario.
Convirtió su propio cuerpo en un catalizador y tiró con violencia de la magia de Heindor, desatando un torrente indomable para sacarlo todo a la luz, forzando una oleada masiva que Lysandra no podría soportar.
La tirana caería aplastada por un poder que trataría de doblegar sin poder hacerlo.
Lysandra sería consumida y todo acabaría por fin.
—¡Sírvete tú misma! —masculló al aire apretando los dientes. Su cuerpo brillaba con la misma intensidad que el sol.
Lysandra no lo dudó ni un solo instante. Sus garras se enredaron en la magia y se sumergió en ella por completo.
El resultado fue apocalíptico.
La energía llegó a Lysandra con toda su fuerza.
Milenios de poder convergieron en su cuerpo en un instante.
La voluntad de las diosas de mantener aquella ciudad culminó en ella y el tacto divino de Calandra acarició a Lysandra.
El cuerpo de la tirana brilló mientras el de Vórian se apagaba. Solo los restos de la magia de Heindor latían en sus brazos mientras las cadenas perdían su propia magia a medida que toda se drenaba en Lysandra.
Pero un poder semejante no puede ser controlado por una sola criatura, a menos que fuera una Calán como Úrsula.
Lysandra no podía sostener el poder divino en su interior y sus músculos temblaron mientras trataba de resistir sin ceder un ápice de poder.
Su cuerpo brilló plateado con intensidad.
Su escasa túnica ardió y se evaporó mientras su cuerpo acumulaba más y más energía.
—¿Qué ocurre? —preguntó Ónice a Vórian. El neutral estaba de rodillas sosteniendo las cadenas en sus manos. Estas ya no se movían.
—La he dejado ganar.
—¿Qué has hecho qué? —La drugana miró al neutral con asco, furia y odio. Las sombras la rodearon de nuevo.
—Lo que Elara pidió. Es el camino.
Sonthorn extendió su ser y volvió sobre sí mismo al instante.
—Imposible entrar ahí —aseguró señalando a la tirana—. Es pura energía, no creo que…
—Acabaré con ella.
Ónice aprovechó que la tirana no se movía y se lanzó contra ella con los ojos cerrados para evitar la luz que proyectaba. Alzó la espada y la descargó sobre su cabeza.
—¡No! ¡Detente! —gritó el guerrero sin que la drugana le escuchase.
La espada chocó contra su cabello y todo se volvió un caos.
Lysandra abrió los ojos y una onda explosiva se extendió a su alrededor.
Tres acciones ocurrieron al mismo tiempo.
La espada de la drugana se desintegró en su mano.
Sonthorn saltaba sobre Ónice y la apartaba de Lysandra. Se cubrió con las alas plegadas sobre ellos.