Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

ESOS OJOS NEGROS

El humo que ascendía del pecho atravesado de Lucian se mezcló con el denso polvo que caía del techo.

El castillo entero gemía, sacudido por réplicas sordas que hacían vibrar las paredes de piedra negra.

Las runas doradas que antes iluminaban el castillo habían perdido su brillo y solo unas pocas permanecían encendidas, si bien su brillo remanente se iba apagando poco a poco.

Lysandra contempló el cadáver de su hermano sin un ápice de remordimiento.

Pronto la alarma sustituyó a la furia en sus facciones cuando se percató de que los temblores no cesaban.

El eco del silencio de la ciudad, desprovisto de su habitual zumbido mágico, era ensordecedor.

Sus ojos se desviaron rápidamente hacia las paredes que se agitaban ante ellos.

Privada de su red, despojada de la sutil y omnipresente conexión que le permitía gobernar Heindor como si fuera una auténtica deidad, Lysandra replegó sus garras invisibles hacia el interior.

Seguía albergando en su propio ser una magia brutal, destructiva y asesina, un torrente de plata pura que bullía bajo su piel.

Clavó sus ojos en el suelo, justo en el enrevesado conjunto rúnico fracturado que servía de pasarela y sello hacia la prisión de Úrsula.

Necesitaba unirse de nuevo a la ciudad cuanto antes.

Necesitaba estabilizar la fortaleza antes de que fuera demasiado tarde.

Extendió la voluntad hacia las marcas rúnicas del castillo, intentando someterlas por la fuerza, pero, por primera vez en su vida, la pasarela no la obedeció. El vacío que ascendía del subsuelo era absoluto y, sobre todo, ajeno a su control.

Fue entonces cuando el pánico asomó a sus ojos. Un miedo cerval y primitivo al ver que el imperio que había construido sobre el dolor ajeno se le escapaba entre los dedos.

Sonthorn, observando la escena, dio un paso al frente mientras se transformaba. Sus alas doradas se agitaron a su espalda. Vio la vulnerabilidad de la mujer y, guiado por su naturaleza noble, intentó apelar a lo último que pudiera quedar de cordura en su espíritu corrupto.

—Se ha terminado, Lysandra —dijo el guerrero, con su voz profunda resonando con una solemnidad trágica—. El vínculo se ha roto para siempre. Ya no hay ciudad que gobernar, ya no hay hilos que mover. Detén esta locura antes de que te consuma por completo.

Al escuchar sus palabras, la mente calculadora de la tirana reaccionó más rápido que su miedo.

Comprendió que no podía abrir el sello por la fuerza.

Necesitaba tiempo, tiempo para buscar otra fuente, para sortear el bloqueo, o para drenar la magia antigua que aún sentía bajo ella, en algún lugar desconocido.

Era una magia oscura y peligrosa, pero si no tenía nada más, se aferraría a ella con toda su voluntad.

Lysandra bajó el rostro, dejando que un mechón de cabello blanco le ocultara los ojos, e hizo que sus hombros cayeran, adoptando una postura que rozaba la derrota. El tirante de su ropa se deslizó, dejando al descubierto sus formas sugerentes.

—Terminado... —susurró, con una voz extrañamente frágil y ronca, impropia de ella—. ¿De verdad crees que algo así puede simplemente terminar, Sonthorn?

Mientras hablaba, finísimos zarcillos de magia blanca, delgados como hilos de araña y casi invisibles entre el polvo de la estancia, comenzaron a deslizarse por el suelo a sus espaldas, arrastrándose hacia las grietas del pasadizo inferior, imperceptibles al ojo humano.

Sin embargo, por ellos se filtraban los dedos de la Oscuridad. Podía sentirlos y fue en su búsqueda.

El drugano blanco detuvo su avance, extrañado por el súbito cambio de tono de la tirana.

—Has perdido tu poder sobre esta ciudad. Solo hay una salida para ti, pero aún puedes rendirte con algo de orgullo. Gobierna por una vez sabiamente y ríndete.

Lysandra soltó una risa amarga y hueca, levantando la vista lentamente. Sus ojos parecían cansados, pero sus manos, ocultas bajo los pliegues de su escasa vestimenta, dirigían sus hilos mágicos con precisión quirúrgica, buscando desesperadamente un ancla de poder en la roca muerta.

—Gobernar... Hablas de gobernar como si fuera un privilegio —replicó ella, dando un paso lento a un lado, obligando a Sonthorn a mantener la atención fija en su rostro—.

¿Crees que yo quería esto? ¿Crees que disfrutaba sintiendo el peso de miles de mentes diminutas, aterradas e inútiles en mi cabeza todos los días de mi vida?

Yo no esclavicé Heindor. Yo fui la primera esclava de este trono.

Alguien tenía que cargar con el peso para que esta ciudad no se desmoronara.

—Tú elegiste ese trono —insistió Sonthorn, señalando el cadáver humeante con un gesto triste—. Incluso a costa de la vida de tu hermano siendo solo un bebé.

—¡Lucian no debió haber nacido! —estalló la tirana, dejando que un destello de auténtica furia se filtrara en su teatro—.

¡La corona de Heindor está forjada en la muerte!

Mis padres lo sabían tan bien como yo. —Señaló hacia las tumbas a sus espaldas con rabia—.

Ellos sabían que yo debía acabar con él para merecer mi lugar.

Solo así podría brillar como una auténtica drugana blanca. ¡Heindor merecía mi luz!

—La luz creada a partir de la muerte de una inocente no es luz —sentenció Sonthorn, endureciendo el gesto al percibir que el arrepentimiento de la mujer no era real—. Ríndete, Lysandra. Ríndete y entrégate a tu diosa, sea quien sea.

La máscara de mártir cansada se hizo pedazos en el rostro de la Dirigente Blanca.

La invitación a rendirse fue el insulto definitivo. Al comprender que no podría recuperar la ciudad y que no lograba encontrar una nueva fuente de poder a su alrededor, la desesperación se transformó instantáneamente en una demencia homicida.

—¿Rendirme? —siseó Lysandra. Una sonrisa tan macabra como desquiciada asomó a sus labios mientras la energía blanca, pura, destructiva y desbocada, volvía a encenderse alrededor de su cuerpo—.

Yo soy el alma de Heindor. Y si esta ciudad no me obedece...

Ahora lo entiendo todo —masculló furiosa, las palabras emergiendo entre sus dientes—.

Pretendes arrebatarme el trono de Heindor.

Quieres quedarte con todo lo que he construido aquí.

—¿Qué? —preguntó desconcertado por completo—. Quiero que esta ciudad sea libre, nada más.

Pero Lysandra no estaba dispuesta a creerlo en absoluto. Toda su frustración, rabia y desesperación la rodearon.

—No dejaré ni las cenizas para que vosotros la gobernéis. —Miró hacia el suelo de la sala y sus ojos furiosos se encontraron con el sello que impedía descender a la cárcel de Úrsula—. Ni la tendréis a ella tampoco.

El estallido de poder plateado de la tirana no fue dirigido contra Sonthorn, sino contra los cimientos de la sala.

Lysandra alzó ambas manos y desató un impulso de energía blanca contra el suelo bajo sus pies.

Sonthorn tuvo el tiempo justo para protegerse con una esfera de energía antes de que la fuerza de la tirana le impactara.

“¿Qué clase de magia es esa? —se preguntó desconcertado. Las dudas llegaron a su mente raudas. Sabía que los druganos tenían habilidades únicas cada uno de ellos, pero ella estaba usando magia blanca, al contrario que Ónice o Vórian que cada uno tenía su propio color—. ¿Por qué ella es capaz de usarla si no fuera una drugana blanca? ¿Qué es realmente?”

El sello rúnico fracturado, incapaz de soportar aquella demostración de desesperada fuerza bruta, explotó en pedazos. El suelo del mausoleo colapsó bajo sus pies, abriendo sus fauces de piedra hacia el abismo.

Justo debajo, en la cámara-prisión, Vórian y Ónice apenas habían comenzado a descolgar el cuerpo sin vida de Úrsula.

El neutral sostenía con reverencia los hombros de la Vanhir cuando un estruendo ensordecedor ahogó cualquier otro sonido.

El techo se les vino encima de forma tan súbita como arrolladora.

Ónice reaccionó impulsada por un instinto a su mayor terror desde que habían viajado al territorio de los enanos:

Morir aplastada bajo un mundo de piedra.

Soltó el cuerpo de Úrsula con el primer sonido de debilidad de la roca.

La drugana negra alzó las manos con un rugido tan desesperado como violento sin siquiera reparar en qué hacía.

Un torrente de sombras brotó de su cuerpo, tejiendo en un suspiro una pesada cúpula oscura, densa y viscosa.

Ónice creó sin saberlo un escudo impenetrable de tinieblas que cubrió a Vórian, a ella misma y al cadáver de la pelirroja ahora en el suelo.

Toneladas de roca, cascotes de cristal y escombros llovieron sobre la barrera, rebotando contra las sombras con un estrépito atronador. Y entre la avalancha de destrucción, tres figuras se precipitaron hacia el nivel inferior.

Sonthorn amortiguó su caída desplegando sus cuatro alas en el último segundo, aterrizando con un impacto que hizo temblar la piedra bajo él. Lysandra, envuelta en su aura destructiva, descendió levitando entre los escombros, grácil y letal como una aparición demoníaca.

El tercer cuerpo fue el que sorprendió a Ónice por completo. No pudo reconocer en él al soldado que había enfrentado al entrar en Heindor, pero de haber sido así tampoco le habría importado lo más mínimo. Solo era el cadáver de un neutral, no merecía su interés.

Lucian se estrelló pesadamente contra el suelo a escasos metros de ella.

Sus ojos plateados estaban vacíos, mirando a la nada, y el enorme boquete humeante y carbonizado que le atravesaba el pecho dejaba claro que su vida había sido segada de forma fulminante.

Eso sí era de su interés. La drugana miró el cadáver del joven y luego alzó la vista hacia la tirana que descendía con su halo divino.

La Oscuridad la rodeó con intensidad. Entrecerró los ojos, apretó las mandíbulas y no pudo evitar la rabia al ver su cuerpo casi desnudo descendiendo.