CAPÍTULO 11 #4
Sin mirar atrás una segunda vez, Tristán se dio la vuelta y echó a correr a toda velocidad por la avenida principal, dejando atrás a la criatura y dirigiéndose en solitario hacia la mole de piedra donde Lysandra, desprovista de su red, tendría que enfrentarse por fin a las consecuencias de sus actos sin que él lo supiera.
El cataclismo subterráneo ascendió por la piedra como un monstruo enfurecido y reventó la antesala del trono.
El sello rúnico que cubría el suelo del mausoleo, aquel que Lysandra creía inquebrantable y bajo su control, estalló bajo sus pies descalzos.
Miles de fragmentos de magia cristalizada salieron despedidos en todas direcciones, dejando al descubierto la sima que conectaba directamente con la prisión de Úrsula.
La brutal sacudida tiró al suelo a los guardias del Martillo, pero el verdadero impacto no fue físico, sino mental debido a la separación.
En una milésima de segundo, los miles de hilos invisibles que conectaban la mente de la Dirigente Blanca con cada ciudadano y cada soldado de Heindor se tensaron y se partieron a la vez, desgarrando sus consciencias de la raíz que Lysandra había enredado en lo más hondo de sus mentes.
El sonido de la red mágica desmoronándose fue un zumbido agudo y sordo que amenazó con estallar los oídos de todos los presentes. Estos se llevaron las manos a los oídos tratando de atenuar el sonido sin éxito.
Los soldados de élite, que apenas unos segundos antes eran extensiones letales de la voluntad de su ama, se encogieron sobre sí mismos.
Dejaron caer sus armas al suelo con gran estrépito, jadearon y vomitaron dentro de sus propias armaduras, cegados por la repentina y brutal devolución de su libre albedrío.
Ya no eran los miembros del Martillo; eran simples hombres aterrados, atrapados en corazas doradas.
Sonthorn, que seguía arrodillado, sintió cómo la presión viscosa y asfixiante que amenazaba con devorar su mente se evaporaba en el aire.
Abrió los ojos de par en par. La esencia dorada rugió en su interior, lista para desplegar las alas.
Úrsula había caído y el imperio de papel de la tirana había comenzado a arder.
Lucian se puso en pie a duras penas entre el polvo y los temblores.
Sus pupilas brillaron con un triunfo absoluto y se apagaron con la misma velocidad.
Si ella caía, él se alzaría sobre su cadáver al final.
Miró a su hermana, esperando verla doblegada, aplastada por el inmenso contragolpe mental de perder a toda una ciudad.
Pero Lysandra no se tambaleó.
Ni siquiera cayó de rodillas.
La pérdida de la red mágica no la convirtió en una mujer indefensa; destapó la verdadera monstruosidad de su linaje.
Sin el peso de tener que controlar a miles de mentes, toda su inmensa y aterradora magia innata, el poder puro de la sangre de los dirigentes de Heindor, se replegó sobre su propio cuerpo como un huracán contenido.
Su rostro, de una belleza inmaculada, se deformó en una máscara de furia primigenia y demoníaca. No gritó. No maldijo. Su instinto asesino fue más rápido que el pensamiento de cualquiera de los presentes.
Lucian abrió la boca para hablar, quizá para saborear la victoria, pero ninguna palabra llegó jamás a formarse.
Antes de que Sonthorn pudiera siquiera invocar un destello de luz, antes de que el cerebro de Lucian pudiera ordenar a sus manos recoger una de las lanzas, Lysandra extendió el brazo derecho hacia su hermano.
No hubo magia ni runas, solo una explosión de pura aniquilación.
Un rayo de magia plateada, denso como el mercurio y caliente como la más ardiente forja de los enanos, brotó de la palma de la tirana.
El haz de luz cruzó la estancia a una velocidad imposible de seguir, rasgando el aire con un chillido ensordecedor que reventó los cristales de las tumbas de estasis de sus padres.
El impacto fue brutal, sordo y definitivo.
El rayo plateado perforó el centro del pecho de Lucian, vaporizando la armadura, la carne, el esternón y el corazón en una fracción de segundo, y salió por su espalda, fundiendo la piedra del muro que se encontraba diez metros más allá.
El tiempo pareció congelarse. Lucian miró hacia abajo, a la inmensa oquedad humeante y carbonizada que ahora atravesaba su torso de adelante atrás. Sus ojos plateados perdieron el brillo al instante, vaciándose de vida antes de que el dolor pudiera siquiera registrarse en su cerebro.
El último heredero legítimo de Heindor se desplomó hacia atrás, cayendo a plomo sobre el cristal roto como un saco de huesos vacíos. Lucian estaba muerto antes de tocar el suelo. El neutral pudo descansar. Al fin no tendría que heredar el destino cruel de su familia.
Lysandra bajó el brazo humeante. Sus ojos, ahora pozos de plata líquida e hirviente, se clavaron en Sonthorn, que observaba el cadáver de Lucian con absoluto horror.
—¿Creíais que me necesitabais atada a esa perra para ser una diosa? —siseó la tirana, con una voz que hizo temblar las mismísimas sombras de la habitación—. Ahora vais a suplicar porque la red que me mantenía ocupada vuelva a funcionar. Este mundo seguirá bajo mi mano o no seguirá.