CAPÍTULO 11 #3
El eco del hilo mágico rasgando el aire y la carne fue lo último que se escuchó antes de que el mundo se resquebrajara por completo.
En el instante exacto en que la vida de Úrsula se extinguió, el complejo de runas que cubría el suelo de la prisión parpadeó con un destello cegador y, de golpe, se apagó por completo.
Los pesados grilletes que habían apresado a la Vanhir durante décadas estallaron, disolviéndose en una lluvia de chispas que se desvanecieron antes de tocar la roca.
Durante un solo latido, un silencio absoluto, denso y antinatural reinó en las entrañas de la fortaleza.
Y entonces, Heindor gritó.
Una sacudida titánica, de proporciones cataclísmicas, barrió los cimientos de la ciudad.
No fue un simple temblor geológico; era el colapso violento de una red de energía milenaria que, de repente, se había quedado sin su ancla vital.
Una onda expansiva de pura magia descontrolada detonó desde el cadáver de la pelirroja hacia afuera, golpeando los gruesos muros circulares de la prisión con la fuerza de un huracán invisible.
Ónice salió despedida hacia atrás, derrapando por el suelo de cristal negro hasta estrellarse contra la pared.
Sus sombras brotaron por puro instinto defensivo, anclando sus afiladas garras en la roca para evitar salir volando de nuevo, mientras la estancia entera se tambaleaba a su alrededor con una violencia atroz.
—¡Agárrate! —rugió Vórian por encima del estruendo ensordecedor.
El neutral clavó su espada en el suelo, utilizando el arma como ancla. Mantuvo la posición con las piernas separadas, con la musculatura tensa hasta sentir que sus músculos se desgarraban, resistiendo el vendaval de energía que le azotaba el rostro y le cegaba por completo.
Una densa nube de polvo antiguo y escombros menores se desprendió del techo, nublando la visión y saturando el aire.
Por un segundo eterno, pareció que la montaña entera iba a desplomarse sobre ellos.
La cueva aullaba, sacudida por los estertores de muerte de la red mágica.
El sonido de la piedra crujiendo bajo una presión inhumana helaba la sangre de los dos.
Sin embargo, a pesar del cataclismo que sacudía el mundo exterior, la milenaria arquitectura de Heindor se negó a ceder.
Las paredes maestras, forjadas para soportar el peso de los siglos y la magia más pura, aguantaron el embate. El temblor comenzó a estabilizarse lentamente, convirtiéndose en un ronco y profundo zumbido que vibraba en la suela de sus botas.
Arriba, en la inmensa bóveda que los separaba del mausoleo dinástico, el impacto tuvo un efecto muy distinto. El techo de roca sólida no se derrumbó, pero el sello de magia que Lysandra había tejido sobre él no corrió la misma suerte.
Con un chasquido agudo, similar al de un glaciar partiéndose en dos, la barrera invisible que aislaba la prisión se resquebrajó y estalló.
La onda de choque destrozó el sello en mil pedazos de luz moribunda, dejando la estructura de piedra intacta, pero abriendo de par en par la conexión mágica y física con la antesala del trono.
La nube de polvo comenzó a asentarse lentamente. La cámara-prisión había sobrevivido al apagón, pero el silencio que siguió al terremoto fue aún más aterrador. Ahora, la barrera que los protegía de la furia de la Dirigente Blanca había desaparecido por completo.
A escasas calles de la plaza donde Sonthorn había escenificado su rendición, el tiempo parecía haberse detenido. Apenas había transcurrido media hora, pero para Tristán cada minuto escondido en el interior de una forja abandonada era una tortura física que ardía en su pecho.
Caminaba de un lado a otro consumido por la ansiedad. A su lado, Tsuneo gruñía con impaciencia, asomándose cada poco por la rendija de la pesada puerta de madera, detestando la cobardía forzada de estar agazapado a la sombra del castillo sin poder hacer nada.
Y entonces, el mundo perdió el equilibrio.
No hubo aviso. El suelo bajo sus pies se sacudió con una violencia tan repentina y brutal que Tristán salió despedido contra el yunque de hierro, golpeándose el hombro con fuerza.
Tsuneo perdió el apoyo y cayó sobre sus cuatro patas, rugiendo sorprendido mientras el edificio entero crujía y vibraba como el interior de un inmenso tambor.
El pelirrojo se incorporó de un salto, ignorando el dolor, y se llevó la mano al pecho, apretando el contorno del medallón a través de su chaqueta.
—¡Es la señal! —gritó Tristán, con los ojos brillando de una mezcla de alivio y puro pánico—. ¡La red ha caído! ¡Lo han conseguido!
El Uldenhar soltó un bufido estruendoso y reventó la puerta de la forja con un par de ataques con sus garras. Salieron a la calle a trompicones, mientras la onda sísmica amainaba y daba paso a un eco ahogado de destrucción que provenía de los cimientos mismos del castillo.
Al irrumpir en la avenida principal, el paisaje que los recibió los dejó sin aliento.
Heindor estaba sumida en el caos absoluto.
La perfecta simetría dorada de sus calles ya no brillaba con aquel resplandor hipnótico y artificial.
Las farolas rúnicas y los sellos mágicos que adornaban las fachadas se habían apagado de golpe, bañando la ciudad en la fría y cruda penumbra de las tierras salvajes.
Pero lo que más les impactó no fue la arquitectura. Fueron sus habitantes.
Los cientos de ciudadanos neutrales que apenas media hora antes conformaban una marea letal e imparable, una mente conjunta guiada por el odio de Lysandra, se habían desmoronado.
Permanecían desperdigados por todas partes, sin ningún tipo de intención con las rodillas y las manos apoyadas en el suelo.
Los neutrales habían dejado caer sus armas ahora que ya no tenían órdenes de empuñarlas.
La opacidad dorada había desaparecido de sus pupilas, sustituida por miradas de terror, confusión y desconcierto.
Mujeres, hombres y ancianos se miraban las manos temblorosas y observaban su entorno como si acabaran de despertar de una pesadilla que había durado décadas.
Algunos sollozaban, incapaces de procesar la libertad repentina tras tanto tiempo de esclavitud mental.
El hilo de la marioneta se había cortado.
—Son libres —susurró Tristán, contemplando la desolación y el miedo en las calles ahora desprovistas de magia. Las runas habían perdido su brillo y muchas de ellas se habían resquebrajado. No sabían cuánto durarían en pie las casas ahora que su sustento había caído.
Tsuneo olfateó el aire frío. Este ya no arrastraba el olor a la abrumadora red de la Dirigente Blanca, sino el del sudor y el pánico humanos.
Se giró hacia el colosal castillo de Heindor, cuyas inmensas torres se recortaban ahora oscuras contra el cielo, a escasos cientos de metros de ellos, y olfateó de nuevo.
Tristán siguió la mirada de la criatura y apretó los puños con duda. ¿Úrsula estaría a salvo? ¿Habrían acabado con ella o con Lysandra? Necesitaba comprobarlo.
—Vamos, Tsuneo —ordenó el pelirrojo, con la voz destilando la ansiedad de la situación. Si ni siquiera era capaz de proteger a una sola Calán, ¿cómo lo haría con toda su raza?—. Tenemos que ayudar a Sonthorn. Tal vez Lysandra siga viva.
Tristán dio el primer paso hacia la fortaleza, esperando escuchar los pasos de la criatura dorada a su lado, pero el sonido nunca llegó. El pelirrojo se detuvo y miró hacia atrás.
Tsuneo no se había movido de su sitio. El Uldenhar tenía ambos brazos extendidos a los lados, sintiendo el aire con una concentración absoluta.
Sus ojos, habitualmente tan poco cuerdos, se habían suavizado al posarse sobre los cientos de ciudadanos que sollozaban y temblaban desorientados sobre la fría piedra dorada de la avenida.
La criatura exhaló un ronco y profundo suspiro que formó una nube de vapor en el aire helado.
Avanzó con lentitud, cuidando de no asustar a la gente con su extraña forma, y se acercó a un grupo de ancianos y mujeres que se abrazaban en el suelo, aterrados.
Tsuneo posó suavemente su mano en el hombro de uno de ellos.
Un ligero halo dorado se extendió por el neutra.
Tristán frunció el ceño, confundido por un segundo, hasta que la comprensión lo golpeó de lleno.
La opacidad mágica que había homogeneizado a los habitantes de Heindor se había esfumado.
Debajo de aquella pátina dorada y artificial de neutralidad, Tsuneo había reconocido su verdadero olor, su sangre y su linaje ancestral.
No eran simples marionetas rotas. Portaban el legado que tanto él como Úrsula habían jurado defender siglos atrás.
Tal vez no fueran los Calán, pero eran hijos de Calandra.
—Son ellos... —murmuró Tristán, sintiendo un nudo en la garganta al ver a Tsuneo acercándose de forma protectora a un grupo de niños que lloraban desolados—. Es tu gente.
—No lo es —replicó—. Pero son hijos de Calandra. No serán Calán, pero tienen su mismo legado.
El Uldenhar levantó la vista hacia el pelirrojo.
No hacían falta más palabras. Negó con la cabeza y afianzó sus piernas.
Su mensaje era cristalino: su deber de sangre estaba allí.
No iba a abandonarlos ahora que estaban más vulnerables que nunca, perdidos y traumatizados tras décadas de esclavitud mental, a merced del frío y del caos.
Tristán asintió lentamente. Odiaba separarse de la criatura dorada justo cuando se dirigía en busca de la mismísima Lysandra, pero si de algo sabía el pelirrojo era del peso del deber.
Él mismo era el protector de los Calán. Y mientras Tsuneo los defendía en las calles, su propia misión lo aguardaba en las sombras del castillo.
Palpó el bulto del medallón bajo su ropa, asegurándose de que la reliquia de Úrsula siguiese allí.
—Protégelos, amigo mío —le dijo Tristán, alzando un puño a modo de despedida y respeto—. No dejes que le hagan daño. Yo me encargaré de saldar la cuenta con Lysandra.
Tsuneo soltó un bufido de aprobación que sonó casi como una promesa.