CAPÍTULO 11 #2
Justo encima de ellos, suspendida en el centro de un intrincado mandala rúnico y atada por cadenas forjadas con pura luz dorada, estaba Úrsula.
Su inconfundible cabello rojo colgaba como una cascada de sangre seca sobre su rostro pálido, y su cuerpo entero temblaba, drenado segundo a segundo para mantener en pie el imperio de Lysandra.
En ese instante, la presión asfixiante en el cráneo de Ónice cesó de golpe. Una sonrisa sádica, cargada de una oscura y retorcida anticipación, se dibujó en su mente.
Ágata parecía haber visto algo que le complacía, algo que encajaba en sus planes, y sin añadir una sola palabra más, se desvaneció de su mente. Se replegó hacia las profundidades de su subconsciente, liberando a la drugana negra de su asedio mental y dejándola respirar de nuevo.
Arriba, Úrsula pareció percibir el cambio. Levantó la cabeza con lentitud agónica y sus ojos, velados por décadas de tortura, miraron hacia abajo. A través de la barrera translúcida, su mirada se cruzó con la de Ónice y Vórian.
La cautiva apretó los dientes. Las cadenas que la apresaban emitieron un chirrido agudo y chisporrotearon cuando Úrsula, forzando hasta la última y desesperada gota de sus fuerzas, manipuló la propia red que la drenaba no solo la energía, sino la propia vida.
El suelo de cristal bajo sus pies vibró con violencia y, con un crujido ensordecedor que hizo temblar ambas estancias, la barrera mágica se abrió en dos.
La Calán destrozó el sello inferior, creando un camino directo hacia su prisión.
El esfuerzo fue demasiado. Úrsula dejó escapar un gemido ronco y se desplomó, sostenida solo por los grilletes mágicos de manos y piernas.
Ónice no perdió un solo segundo. Impulsada por la urgencia y con las sombras residuales aún envolviendo sus brazos, saltó hacia la abertura. Sus garras se aferraron a los bordes de la roca fracturada y trepó con una agilidad feroz, izándose hacia la sala superior.
Abajo, en el núcleo, las consecuencias de la ruptura del sello fueron inmediatas.
El inmenso monolito de piedra se apagó de golpe.
Las miles de líneas doradas que formaban la red en las paredes y el techo se desvanecieron como ceniza llevada por el viento, sumiendo la caverna en una penumbra fría y muerta.
Vórian se tambaleó. Al desaparecer el flujo de energía, sus fuertes manos, a pesar de estar curtidas por décadas de combate y exilio, resbalaron de las de su esposa caída.
El neutral miró a su alrededor, completamente extrañado al dejar de sentir el latido mágico de la ciudad fluyendo a través de él. El vacío lo golpeó con crudeza.
Vórian se puso en pie y rodeó el monolito.
Bajó la vista hacia el cuerpo sin vida de su mujer que había cedido a la gravedad y caía laxo contra la piedra.
El dolor de la pérdida volvió a desgarrarle el pecho con la misma intensidad, pero al observar su rostro por fin en paz, libre de la carga de Lysandra, una profunda tristeza se mezcló con el alivio.
Le acarició la mejilla helada con una ternura infinita.
El neutral suspiró, despidiéndose de ella en silencio, y se alzó de nuevo con la firmeza y el aplomo del guerrero que siempre había sido.
Saltó hacia el techo, se agarró a la roca fracturada y, guiado por la luz mortecina que caía desde el agujero, comenzó a escalar.
Subió tras la drugana negra, dejando atrás el abismo para enfrentarse de una vez por todas a la verdad que los aguardaba arriba.
Vórian emergió del agujero abierto en el suelo de cristal con la respiración entrecortada, alzándose con la solidez de un titán pese al esfuerzo.
Ónice ya estaba arriba, escudriñando la estancia con los ojos entrecerrados, tensa como un resorte.
Su espada roja brillaba con fuerza en la cárcel de Úrsula.
La cámara-prisión era un habitáculo circular, frío y desprovisto de cualquier lujo, diseñado con el único propósito de contener y drenar a la Calán. En el centro, de rodillas y solo sostenida por las cadenas, estaba Úrsula.
Vórian dio un paso al frente, con el rostro endurecido por la tragedia, y se detuvo ante ella.
—Tú eres quien sostiene esta ciudad —murmuró Vórian, con la voz grave resonando en la cámara vacía—. Toda esta maldita ciudad... Lysandra... se ha estado alimentando de ti.
Úrsula alzó la mirada con pesada lentitud. Sus ojos rojos, un abismo insondable de secretos y dolor antiguo, se clavaron en el guerrero.
—Fue la única manera —respondió la mujer, con un hilo de voz que, sin embargo, conservaba un eco de autoridad innegable—.
Tenía que unirme al corazón de Heindor. Era el único modo de garantizar que la magia de esta ciudad no se descontrolara y arrasara con todo el continente.
Lysandra se aprovechó de mi sacrificio para instaurar su tiranía, pero al final... todo encaja en el tejido.
Ónice soltó un bufido despectivo que cortó la solemnidad del momento como un latigazo.
—Me importa una mierda vuestro tejido y las profecías de tu estirpe —escupió la drugana negra, acercándose a Úrsula con zancadas pesadas y agresivas.
Las sombras residuales aún danzaban en las yemas de sus dedos, fruto de la ira reprimida que Ágata había estado avivando en su mente—.
Todo ese teatro rúnico no me sirve de nada si Sonthorn está ahí arriba siendo el juguete de esa zorra plateada.
Vórian la miró de reojo, comprendiendo la urgencia y el odio ciego que la consumía, pero se mantuvo firme.
—No te precipites… —le pidió a la drugana.
—He venido a este agujero helado por una sola razón —continuó Ónice, plantándose a escasos centímetros de la mujer encadenada, mirándola desde arriba con los ojos inyectados en sangre—.
Para arrancarle la cabeza a Lysandra. Así que déjate de cuentos antiguos, libérate de una maldita vez y dime cómo se sube, porque pienso despellejarla viva cuanto antes.
Úrsula sostuvo la mirada de la mujer sin pestañear, impasible ante la agresividad de la drugana negra.
—Las cadenas no pueden romperse, Ónice —le aclaró la pelirroja con una calma sobrenatural.
La drugana se sorprendió cuando reconoció su nombre—.
Están tan ancladas a mi cuerpo como a mi alma.
Para que el vínculo se rompa de verdad, para que Lysandra pierda su fuente de poder y el cambio se inicie...
la batería debe ser apagada. Y, como bien ha dicho Vórian, yo soy la batería.
La revelación cayó sobre ellos como una losa de granito. En ningún momento Ónice había pensado en acabar con ella. O bueno, no mucho…
Vórian abrió los ojos de par en par, comprendiendo al instante el verdadero significado de sus palabras.
—No... —murmuró el neutral, negando con la cabeza—. Hemos venido a sacarte de aquí. Elara arriesgó todo por tu liberación.
—Y su sacrificio ha abierto el camino hasta mí, pero este es el único final posible, Vórian —replicó Úrsula, esbozando una sonrisa triste y sosegada, aceptando su destino sin un ápice de temor—.
Mi tiempo se agotó hace décadas. He aguantado en la oscuridad solo para este momento.
Para pasarte el relevo. Para que tú termines con todo eso.
Ónice chasqueó la lengua, apartando la mirada hacia las paredes, incómoda ante la inevitabilidad de la muerte ajena. Un nuevo sacrificio ante ella que le enfrentaba a su propia cobardía.
—Al pelirrojo no le va a gustar una mierda —gruñó la drugana negra, cruzándose de brazos—. Ha estado berreando sobre encontrarte desde que pusimos un pie en este maldito mundo helado.
—Tristán entenderá que el deber de un protector a veces exige presenciar un sacrificio mayor —respondió Úrsula con suavidad, antes de volver a centrarse en el neutral que tenía delante—.
Vórian... el equilibrio de Heindor requiere un ancla.
Cuando yo muera, la red colapsará, pero la magia pura de la ciudad quedará desbocada.
Tú tienes la fuerza para controlarla sin que te corrompa.
Ocupa mi lugar. Sella el núcleo y asegura el futuro de esta tierra.
—Tiene que haber otra salida, otra opción. Solo hay que derrotar a Lysandra, solo…
—No la hay —aseguró Úrsula con determinación—. Llevo décadas esperando este momento. ¿Crees que si hubiera otra manera habría pasado por todo esto? Mi muerte era y es lo único que puede acabar con todo esto. Será el principio del fin para todo.
El neutral apretó la mandíbula, sintiendo el peso de la responsabilidad aplastando sus hombros.
Había perdido a su mujer, había vivido en el exilio, y ahora debía ejecutar a la última esperanza de los Calán para salvar su propio hogar.
Los tatuajes de su brazo serpentearon y una espada de luz emergió con un movimiento lento y solemne.
La línea rúnica rasgó el silencio de la prisión.
—No sé qué pretendéis tú y Elara —dijo Vórian, con la voz ronca por la emoción contenida—. Pero cumpliré tu voluntad.
Úrsula cerró los ojos, inclinando ligeramente la cabeza hacia atrás para exponer el cuello.
—Gracias, Vórian —susurró la pelirroja, en un suspiro final de liberación. Una sonrisa ante su descanso final se dibujó en su rostro—. Que el fuego queme las raíces podridas de Heindor.
Ónice frunció el ceño.
“Será el principio del fin para todo. —Las palabras de la mujer llegaron a la mente de Ónice. La drugana frunció el ceño—. ¿El principio del fin? Pero... será el fin de Lysandra, ¿a qué se refiere con el principio?”
Un escalofrío recorrió la espalda de la drugana en una anticipación que jamás había sentido. El terror la invadió mientras escuchaba a Ágata reír de nuevo en su cabeza. Saltó hacia el neutral.
—¡Espera! —le gritó.
Sin embargo, antes de que pudiera detenerlo, Vórian alzó la espada mágica y, con un tajo limpio y certero, cortó la vida de Úrsula, apagando para siempre la luz de la última batería de la ciudad.