CAPÍTULO 11
UNA RED PARA TODOS
El subsuelo de Heindor se convirtió en un abismo asfixiante, un laberinto de raíces de piedra negra y energía rúnica dorada donde el aire pesaba sobre ellos con un tacto irreal.
A escasos metros de la drugana, Vórian estaba arrodillado ante el monolito que debía cortar la energía de la ciudad tal y como Elara había anunciado.
Con una devoción desgarradora, el neutral sostenía las manos inertes de su mujer dentro de la piedra.
Las combinaciones rúnicas escritas en la piel de ambos se fusionaron en una llave que permitió que Vórian se enredase en la magia de la ciudad.
Sintió el peso de Heindor sobre sus hombros y apretó los dientes con desesperación.
Su cuerpo y el de Elara comenzaron a brillar con más intensidad mientras se sumergía en la red.
Ónice observó a ambos neutrales desgarrada por el sacrificio de la mujer.
El cuerpo de Elara era lo único que podía mirar.
Su corazón parecía haberse detenido junto al de ella en cuanto supo la magnitud de lo que había hecho.
Décadas de sumisión para salvar a su propio pueblo.
No le costó recordar a Nefrén en ella y se vio obligada a tragar saliva.
¿Sería ella capaz de hacer algo así de llegar el momento? Una vida entera a cambio de una sencilla posibilidad de triunfo. Ónice no temía a la muerte, la había tenido en sus manos demasiadas veces para tenerle miedo. Sin embargo, sí temía perder su vida como Elara había hecho.
O Marit.
O Nefrén.
O… ¿quién sabe cuántos más?
Ella quería vivir, ella tenía un motivo para vivir y no renunciaría a hacerlo.
Ónice sintió un dolor punzante, agudo como un clavo al rojo vivo, que le atravesó el cráneo y la hizo tambalearse. Se apoyó en el monolito brillante con ambas manos mientras su aliento se congelaba bajo el frío irreal de una voluntad que conocía demasiado bien.
Ágata.
Ónice sintió cómo la diosa se retorcía en lo más recóndito de su mente, arañando sin descanso, buscando un acceso a ella.
Como una bestia encerrada que olía la sangre, Ágata estaba golpeando las paredes de su consciencia, empujando con una fuerza brutal, luchando por abrirse paso hasta alzarse de nuevo y así tomar el control de su propio cuerpo.
Era una presencia viscosa, un veneno oscuro y pegajoso que le revolvía el estómago.
El odio volvió a ella y las sombras rodearon su cuerpo.
“Qué tiernos sois todos, luchando por un mundo perdido —susurró la voz en su cabeza. Era un siseo arrastrado, cargado de una burla sádica—. No lo vais a conseguir, estúpida. Tu viajecito heroico es en vano”.
“Cállate —le respondió Ónice, apretando los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas. El asco le quemaba la garganta como si hubiera tragado ácido—. Vuelve al pozo de mierda del que no puedes salir”.
Una carcajada estridente y cruel estalló en sus sienes, obligándola a llevarse las manos a la cabeza.
Apoyó el hombro en el monolito para no caerse.
Sintió a Ágata recorrer su mente con todo su poder.
El corazón de la drugana se aceleró, solo había sentido una vez un poder igual.
La creía más débil, ¿cómo había logrado aquella fuerza de nuevo?
Cuando terminó de recorrer sus recuerdos, se retiró parcialmente. Una sonrisa triunfal oscureció la mente de Ónice.
“¿De verdad crees que a él le importas? —Ágata se relamió, inyectando su veneno directo en sus inseguridades—. Mientras tú estás aquí abajo, pudriéndote en la oscuridad con esa escoria dorada, Lysandra se está deleitando con tu drugano. Lo está exprimiendo por completo, le está haciendo cosas que ni siquiera tú eres capaz de imaginar. Puedo sentirlo. Y a él le encanta”.
Un escalofrío gélido recorrió la espalda de Ónice. Trató de bloquearla, de centrar su vista en los destellos de magia que brotaban de los hombros de Vórian, pero Ágata se alimentaba de su duda, empujando más fuerte contra su voluntad.
“Oh, sí... —gimoteó la voz en su mente, simulando un placer obsceno que le dio arcadas—. Esa drugana blanca será su nueva puta. Se lo va a quedar, Ónice. Él es una bestia inagotable, y ahora por fin ha encontrado a una hembra a su altura, alguien que no se romperá bajo su poder. Alguien de su misma estirpe. Cuando termine de vaciarlo, él ya ni siquiera recordará tu asqueroso nombre”.
“Me creo más las palabras de un neutral que las tuyas —le espetó asqueada. No obstante, sus uñas se clavaron en las palmas hasta hacerse sangre sin poder evitarlo. El dolor físico le sirvió de ancla para no dejarse arrastrar por la Oscuridad—. Tendrás que hacer mucho más que mentirme para doblegarme”
Ónice esperaba alguna ventaja en sus palabras, pero no encontró la menor victoria en ellas. Ágata amplió su sonrisa.
“Te estás engañando a ti misma —canturreó Ágata, arañando cada vez más cerca de la superficie de sus ojos—. Ríndete, Ónice. Déjame salir. Déjame tomar el control. Yo sabría cómo arrancarles la piel a esos dos. Tú solo eres una niña asustada que va a morir en la oscuridad mientras su macho se corre dentro de una diosa de verdad”.
La risa de Ágata reverberó en el cráneo de la joven, una letanía obscena que amenazaba con hacer estallar sus sienes. “ Tú solo eres una niña asustada”.
La rabia, una rabia pura y volcánica que Ónice no reconocía como suya, comenzó a hervir en sus venas.
Ya no era solo la furia defensiva de quien intenta mantener la cordura; era un odio denso, negro y destructivo que reclamaba salir.
Sus manos temblaron violentamente. El aire a su alrededor pareció enfriarse de golpe y, sin que ella lo ordenara, espesos zarcillos de humo oscuro comenzaron a brotar de su piel, envolviéndola como un sudario.
Las sombras de la caverna parecieron cobrar vida, arrastrándose hacia ella, alimentándose de la ira que Ágata avivaba con sus palabras.
—¡Cállate! —bramó en voz alta, incapaz de contener el grito. El sonido resonó en las paredes de roca negra, ahogado por el crepitar de la magia de Vórian—. ¡Basta!
El neutral no se giró. Sus manos, entrelazadas con los dedos inmóviles de su esposa, temblaban por el esfuerzo titánico.
Una luz dorada, pura y cegadora, comenzó a latir desde el monolito de piedra que los conectaba con el núcleo de Heindor.
Era un latido lento, rítmico, como el de un corazón colosal que estuviera despertando tras siglos de sueño.
A medida que el poder de Vórian se hundía más profundo en las raíces de la ciudad, la energía dorada ascendió en espiral, trepando por el monolito como una enredadera incandescente. La luz se disparó hacia el techo abovedado de la caverna, chocando contra la roca.
Un espectáculo sobrecogedor y aterrador comenzó a desplegarse.
Cientos, miles de líneas de luz dorada comenzaron a trazarse sobre la piedra negra, como venas luminosas que se expandían a una velocidad vertiginosa.
Dibujaron patrones rúnicos inmensos, círculos concéntricos y mandalas geométricos que se entrelazaban formando una gigantesca red mágica.
Era el mapa de energía de la ciudad, el tejido conectivo que mantenía a Heindor y a la tiranía de Lysandra en pie, desvelado por fin bajo las manos del neutral y su amada.
Ónice no podía apartar la vista de la compleja red que danzaba errática a sus ojos.
Su desconocimiento de las runas doradas era total, por lo que no pudo comprender lo que estas significaban.
De ser así, habría caído de rodillas desesperada.
La única que conocía su significado era Elara, y ella estaba muerta.
Y la única que sabía el resultado final era Úrsula.
Y ahora Ágata.
Su respiración se volvió agitada, casi animal.
El odio le quemaba la garganta. Las sombras que brotaban de su cuerpo se descontrolaron.
Ya no la envolvían solo a ella; se alzaron como serpientes de humo negro, atraídas por el fulgor de la red del techo.
Se entrelazaron con la luz dorada, siseando y retorciéndose al contacto con la magia de Heindor, manchando la pureza de las runas con su oscuridad parasitaria.
“Sí, por fin… —ronroneó Ágata, saboreando el momento, utilizando los propios ojos de la drugana para contemplar el espectáculo que traería su gloria de nuevo sobre el mundo—. Míralo, hija mía. Míralo y hónralo. Esta es mi puerta a este mundo. Y ya no puedes pararlo”.
“¡No te dejaré entrar! —gritó en su mente, forzando sus puños envueltos en tinieblas. Ónice creía por completo que ella era el objetivo de Ágata como tantas veces antes”.
“Vas a morir aquí. Tú y tu neutral. Lysandra bajará en cualquier momento y os arrancará la piel a tiras. ¡Déjame salir y yo la destriparé antes de que llegue! Pagará por cada vez que ha tocado a tu drugano”.
Ónice abrió los ojos de par en par. La tentación de dejarla acceder a ella y acabar con la zorra blanca era inmensa.
El miedo a fallar, a morir en aquella tumba, al dolor de imaginar a Sonthorn bajo el cuerpo de aquella tirana…
todo eso la empujaba a ceder, a dejar que la oscuridad de Ágata tomara el timón y desatara el caos absoluto sobre ella.
Vórian soltó un grito ahogado. La luz del techo parpadeó, y las sombras parecieron encogerse por un instante.
—¡No la escuches! —rugió el neutral sin soltar las manos de su mujer, con el rostro bañado en sudor y lágrimas, como si hubiera percibido la guerra que se libraba en el interior de su compañera—. ¡Ónice, aguanta! ¡Solo unos minutos más!
El parpadeo de la red no había sido un fallo de Vórian, sino una brecha en la defensa mágica de la ciudad. La luz en el centro de la bóveda, justo por encima de donde estaban, comenzó a girar sobre sí misma, volviéndose translúcida.
Y de repente, el techo de roca sólida dejó de serlo. Se transformó en un grueso suelo de cristal, una ventana inferior desde la que podían ver, borroso pero inconfundible, lo que estaba ocurriendo en la sala exactamente muy por encima de ellos.
A través del grueso cristal en el que se había convertido el techo de la caverna, la verdad se reveló ante sus ojos.