CAPÍTULO 10 #4
De inmediato, el soldado situado a su izquierda continuó la frase, con la misma entonación idéntica y mecánica, sin que el primero llegara a cerrar los labios:
—... esa criatura dorada y Tristán?
Lysandra estaba saltando de una marioneta a otra, manipulando sus cuerdas vocales con una fluidez terrorífica, como si tocara las teclas de un instrumento familiar. Buscaba incesantemente a los dos extranjeros a lo largo y ancho de la ciudad. Sin embargo, ningún ojo u oído los había encontrado aún.
Dado que Sonthorn permanecía inmóvil a su lado, con la mirada perdida y los hombros caídos simulando a la perfección el letargo del control mental, Lucian entendió que debía asumir el peso de la conversación.
—Huyeron —respondió el joven drugano con una voz gélida, ocultando la urgencia que le atenazaba el pecho.
Una risa coral, escalofriante por brotar de tres gargantas distintas al mismo tiempo, resonó en la plazoleta. Un tercer guardia dio un paso adelante, tomando el control de la voz de su ama.
—Bah, los encontraré y los mataré rápido. No hay rincón en esta ciudad donde puedan esconderse de mi vista.
La atención de la Dirigente Blanca se centró por completo en Lucian. Las marionetas blindadas bajaron las armas al unísono, respondiendo al cambio de marea en la mente de la tirana.
—Traedme a mi hermano ante mí al mausoleo de mis padres —ordenaron las voces coordinadas de los soldados—. Quiero una pequeña reunión familiar.
Las órdenes implantadas en el Martillo eran claras: los conducirían a los dos hacia el castillo. Allí descenderían a las profundidades de la fortaleza donde su poder era absoluto, tal y como había predicho Lucian.
En cuanto Sonthorn sintió que Lysandra trataba de mover su cuerpo, obedeció al instante, si bien se podría decir que lo que hizo fue ignorar su instinto por rebelarse ante ella.
Empujó con fuerza a Lucian y sintió el placer de Lysandra ante su gesto.
Se dejó llevar y avanzó junto al Martillo mientras los habitantes de Heindor se apartaban de su paso para volver a cerrar filas tras ellos.
La muchedumbre se separó en todas direcciones y pronto miles de ojos se repartieron por todo Heindor buscando a los dos intrusos perdidos.
El trayecto a través de la ciudad fue como un sueño para Sonthorn, un extraño viaje en una duermevela intermitente difícil de recordar. Casi sin saber cómo, se halló de nuevo ante la imponente presencia de Lysandra.
En el centro de la estancia, iluminadas por un resplandor dorado y blanco, se alzaban las tumbas de cristal.
A través del hielo mágico de estasis, los rostros inmaculados de los antiguos reyes de la ciudad, los padres de Lysandra y Lucian, descansaban en un sueño congelado, ajenos a la pesadilla en la que su primogénita había sumido al mundo.
Lysandra los esperaba de pie, de espaldas a las tumbas de sus padres, justo ante la escalera que descendía hasta la mujer cautiva.
Seguía envuelta en su jirón de seda dorada, como si todo hubiese sido nada más que un contratiempo temporal.
No debía retrasar su regreso al lecho con Sonthorn por nada del mundo.
Los guardias del Martillo empujaron a Lucian hacia el centro de la sala.
Lysandra obligó a Sonthorn a arrodillarse a su lado.
El drugano obedeció con movimientos mecánicos, manteniendo la mirada vacía y los hombros hundidos, interpretando a la perfección el papel de la bestia quebrada que suplicaba volver a su jaula.
Lysandra lo ignoró por el momento. Toda su atención estaba en su hermano.
—Deberías haber muerto hace mucho tiempo, hermanito —susurró Lysandra, con la voz cargada de una crueldad puramente sádica, encontrando valor y no terror en los ojos de Lucian, lo que la frustró aún más—.
Vórian pagará con sangre por haberte apartado de mi mano aquella noche. Él y su maldita erudita.
Lucian se negó a responder. Nada de lo que dijera serviría para salvarlo, pero sí tal vez para darle tiempo a Vórian a cumplir su tarea.
—Siempre fueron mucho más inteligentes que tú.
La Dirigente Blanca frunció el ceño y ladeó la cabeza, sorprendida por su fortaleza. Se encogió de hombros. Pronto sabría qué ocultaba.
—No sé cómo has logrado pasar desapercibido todo este tiempo ante mis narices —continuó ella, rodeándolo lentamente, como un depredador evaluando a su presa atrapada—.
Has vestido mi armadura, has comido mis raciones y has acatado mis órdenes durante años, como el buen perro cobarde que eres. Pero no lo harás ni un solo día más.
La Dirigente Blanca se detuvo frente a él, a escasos centímetros de su rostro. Sus ojos blancos se clavaron en los de su hermano.
—Dime, Lucian... ¿cuál era tu plan? —se burló, ladeando la cabeza con arrogancia—.
¿Has venido a acabar conmigo aquí, en la antesala de mi trono?
—Señaló la sala contigua en la que tantas depravaciones había cometido.
Sonrió al recordar muchas del ellas. Lástima que tuviera que matar a Vórian, no podría permitirle vivir más—.
Sabes tan bien como yo que no puedes hacerlo.
Eres débil. Siempre lo fuiste. Déjame ver qué me escondes.