Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

—Ni hablar, no vamos a huir —protestó Tristán—. Valeria va a venir y yo voy a estar cuando lo haga.

Sonthorn lo miró con dureza, ahora comprendía que el pelirrojo le había desobedecido al llegar hasta allí. Su mente despertaba poco a poco de la bruma de Lysandra.

—Piénsalo bien —dijo Lucian, desesperado—. Solo es cuestión de tiempo que Vórian logre su objetivo y Lysandra caiga, pero no podemos correr el riesgo de que escape.

—Tenemos el medallón —apuntó Tsuneo—. Nuestros pueblos podrán escapar del hielo.

—No sé qué es, pero mi hermana lo valoraba por encima de la vida de todos los neutrales —aseguró Lucian—. Es importante, eso está claro. Si sabéis para qué sirve, aprovecharlo en su contra, no dejéis que lo recupere.

Tristán se llevó instintivamente la mano al pecho, palpando el pesado contorno del artefacto mágico a través de la tela de su chaqueta.

Si perdían el medallón, todos los planes se desharían.

Enanos, Vanhir, Uldenhar… todos se quedarían encerrados para siempre.

Miró instintivamente hacia el sur quizá esperando ver llegar a Valeria en cualquier momento.

—Ocultadlo lejos del castillo, Tristán —ordenó el guerrero, con una serenidad sepulcral en la voz—.

Y no miréis atrás. Yo me encargaré de llevar a Lucian ante ella.

Pero no debe encontrarlo, es la única manera de escapar del norte.

Toda La Guerra depende de que tengamos esa llave.

No hay nada más importante ahora mismo. Si nos pasa algo, si no lo conseguimos, regresa con la Hermandad y llévate a todos a través del pasadizo. Escapad y continuar nuestra lucha.

Tristán apretó los puños con rabia y frustración, reflejo de la misma tormenta que asolaba su interior.

Odiaba esa decisión. La odiaba con cada fibra de su ser.

Negó lentamente con la cabeza, retrocediendo un paso mientras la marea de ciudadanos armados continuaba estrellándose contra la menguante barrera de Sonthorn.

—Soy el protector de los Calán... —La voz de Tristán sonó ronca, casi un gruñido ahogado por la impotencia—. Y Úrsula es una Calán. Mi deber es defenderla. No puedo darme la vuelta y huir. Y no puedo permitir que la mates.

Los de Lucian se clavaron en él, cargados de una comprensión dolorosa pero implacable.

—Úrsula está encadenada en la oscuridad desde hace décadas, Tristán —replicó el joven drugano, alzando la voz por encima del estruendo de los golpes y los gritos—.

Este fue el sacrificio que asumió y este el mío.

Ella misma trazó este plan hace décadas sabiendo cómo tenía que acabar.

Para que Heindor caiga, la batería debe apagarse y la red cerrarse.

Sonthorn, manteniendo a raya a la turba con el muro de luz fluctuante, giró el rostro hacia el pelirrojo. Su expresión, antes serena, se endureció con una promesa solemne.

—Si puedo evitar matarla, lo haré —sentenció Sonthorn con una determinación feroz.

Tristán tragó saliva, sintiendo que el corazón se le partía en dos.

Palpó el medallón bajo su chaqueta, el peso frío de la reliquia que ahora representaba la última esperanza de victoria.

Miró al Uldenhar, que gruñía a su lado, tan reacio como él a abandonar la lucha, y luego al joven drugano que estaba dispuesto a entregar su vida para no convertirse en el monstruo que llevaba en la sangre.

—Escondeos en los suburbios, al sur, cerca de la muralla.

Cuanto más lejos de la torre, más débil será mi hermana.

Si podéis, escapad hasta el exterior, allí no os encontrará —les urgió Lucian, preparándose para entregarse—.

Escondeos hasta que Vórian logre destruir la red mágica desde las raíces.

Cuando la luz de esta ciudad se apague...

entonces sabréis que lo hemos conseguido y podréis regresar.

El pelirrojo asintió muy despacio. No había honor en huir, pero era la única táctica que dejaba una puerta abierta a la salvación.

—Protege a Úrsula, Sonth. Ella tiene las respuestas… —pidió en un susurro.

—Con mi vida —respondió el guerrero, esbozando una leve sonrisa torcida—. Ahora marchaos. Dejaré caer la barrera en cuanto desaparezcáis.

Tristán agarró a Tsuneo por el brazo, obligándolo a retroceder hacia un callejón estrecho en el que solo media docena de neutrales furiosos permanecían. Estos eran más ancianos que el resto y Sonthorn comprendió que la diosa mostraba el camino correcto a su manera.

—No dejéis ojos que os encuentren —dijo con dolor sabiendo a qué se refería. Tsuneo asintió.

—Ninguno sufrirá, te lo prometo —murmuró Tsuneo, dándose la vuelta y echando a correr hacia la única y trágica salida.

El guerrero eliminó la barrera y sintió el alivio al momento.

En el instante exacto en que Tristán y Tsuneo se perdían en la penumbra del callejón, la horda de neutrales embistió con toda la fuerza del número.

Un rápido vistazo le hizo confirmar con dolor que Tsuneo había sido tan rápido y preciso como había advertido.

Ninguno de los neutrales habría tenido tiempo a sufrir el menor dolor.

Sonthorn se orientó hacia la torre y no alzó la espada. En su lugar, agarró a Lucian por el cuello de la armadura con fingida violencia, alzándolo en el aire como si lo hubiera sometido. Era una imagen cruda, diseñada para alimentar el ego de la tirana.

—¡Escúchame, rápido! —le susurró Lucian, con los pies colgando a un palmo del suelo, mientras los ciudadanos se abalanzaban sobre ellos—.

¡La magia de Lysandra no es un golpe que se pueda detener!

¡Es como agua helada filtrándose por las grietas de tu mente!

Si intentas bloquearla, te agotarás y te ahogarás en ella. Su poder es inmenso.

—¿Entonces qué hago? —gruñó Sonthorn, manteniendo la farsa y zarandeándolo ligeramente, mientras los primeros palos y piedras impactaban contra sus muslos y alas plegadas.

—No luches contra ella —le instruyó el joven drugano, con los ojos plateados fijos en los del gigante—.

¡Déjala entrar! Permite que su magia se entrelace con la tuya, pero mantén tu voluntad completamente aislada de ella Hazle creer que controla la superficie, dale lo que quiere sentir: sumisión física, es lo único que entiende.

Si la obedeces, creerá que la controlas.

Si ella cree que has vuelto a rendirte por extenuación, bajará la guardia y centrará su odio en mí.

Ganaremos el tiempo necesario para Vórian.

Sonthorn asintió con el ceño fruncido. Comprendía la estrategia, pero era un juego de equilibrio suicida en el borde del abismo.

“Mierda —masculló mentalmente”.

—¡Me rindo! —bramó, con una voz que llevaba ecos de una derrota absoluta y desgarradora. Tiró la espada al suelo y esta perdió su color azul de nuevo—. ¡Me rindo y te entrego a Lucian como tributo!

El efecto fue tan inmediato como escalofriante.

Los ciudadanos se detuvieron en seco. Las armas cayeron al suelo de cristal con un estruendo metálico unísono.

La furia irracional que deformaba sus rostros se desvaneció en una fracción de segundo, sustituida por el habitual letargo opaco y vacío.

Volvían a ser marionetas obedientes, aguardando la siguiente directriz de la colmena.

Sonthorn sintió el impacto casi al instante.

No fue un golpe físico, sino una presencia abrumadora, gélida y viscosa que se colaba por los resquicios de su mente.

Comprendió entonces que era Lysandra quien rodeaba su alma con sus dedos corruptos.

La Dirigente Blanca estaba proyectando toda su consciencia sobre él desde la torre, ignorando a todos y cada uno de los habitantes de Heindor.

La sensación era asfixiante, como si miles de hilos dorados y pegajosos empezaran a enrollarse alrededor de sus pensamientos, tirando de él, ahogando su respiración y exigiendo obediencia ciega.

Tal y como Lucian le había indicado, Sonthorn no se protegió en absoluto.

Dejó que el frío penetrara, que sus músculos se relajaran y que sus alas cayeran flácidas a su espalda, fingiendo una rendición total de su cuerpo.

Pero en lo más profundo de su mente, acorazó un pequeño núcleo de voluntad rebelde, un refugio inexpugnable donde mantenía intacta su voluntad.

En ella encontró a Ónice y protegió su recuerdo junto a él.

Se preguntó dónde estaría o si estaría a salvo.

Por un segundo se planteó buscarla, pero en cuanto la idea pasó por su cabeza, se sintió arrastrado por el atronador río de fuerza de Lysandra.

Se acuclilló y se abrazó las piernas como en las noches frías en las que se escondía en el bosque en busca de soledad.

Encontró su rincón de paz de nuevo y se refugió en él.

Relajó su cuerpo por completo tal y como Lysandra le pedía que hiciera.

Sus alas desaparecieron y Lucian cayó de rodillas ante él.

La presencia en su mente no disminuyó un solo instante, recelosa de haber obtenido un resultado tan inesperado como perfecto.

El eco de pesadas botas blindadas resonó en uno de los extremos de la plaza.

Los miembros del Martillo, la guardia de élite personal de Lysandra, irrumpieron en la explanada a la carrera.

A diferencia de los ciudadanos de Heindor, ellos no eran marionetas frágiles, sino asesinos entrenados y letales que canalizaban la voluntad de Lysandra con precisión militar.

Avanzaron directamente hacia ellos con órdenes muy claras de asegurar a los prisioneros a cualquier precio.

Los guardias del Martillo se detuvieron a pocos pasos, formando un semicírculo con las lanzas apuntando al cuello del guerrero.

El silencio que se había adueñado de la plaza volvió a romperse de una forma grotesca y antinatural.

El capitán del destacamento dio un paso al frente, pero al abrir la boca, no fue su voz la que brotó, sino el eco blanco, gélido y arrogante de la tirana.

—¿Dónde están... —dijo el capitán, con los ojos fijos en los prisioneros.