CAPÍTULO 10 #2
Se levantaron preparados para luchar y respiraron aliviados al ver que no había nadie a su alrededor.
Sin embargo, el alivio duró solo unos pocos segundos.
El eco de su aterrizaje resonó en los callejones circundantes.
Los ojos y oídos de Lysandra, multiplicados por cientos, ya los habían localizado.
En menos de treinta segundos, los extremos de la plazoleta comenzaron a llenarse de ciudadanos de Heindor toscamente armados, cerrándoles el paso con una marea de rostros opacos y sedientos de sangre.
La plazoleta se convirtió en una ratonera en cuestión de segundos. Los ciudadanos de Heindor, empuñando picos, martillos y cuchillos, avanzaron hacia ellos como un muro de carne sin voluntad.
Tsuneo soltó un rugido furioso, listo para lanzarse al ataque del primer grupo, pero Sonthorn se interpuso, alzando su espada ante él e impidiéndole el paso.
—No, Tsuneo —dijo con tranquilidad el guerrero—. No son nuestros enemigos, recuérdalo.
—Se parecen mucho —dijo el Uldenhar denotando la irónica personalidad de Tristán en sus palabras.
El guerrero frunció el ceño.
—Creo que pasas demasiado tiempo con Tristán…
—Sonth —dijo el pelirrojo volviéndose hacia él—. Huir no es el camino y luchar tampoco. ¿Qué propones?
El guerrero se quedó en blanco. Desconocía la ciudad y todo lo que ocurría en ella. Su mente estaba en blanco respecto a Heindor. Todas sus últimas horas habían desaparecido de su mente, por suerte para él.
—Solo hay una forma de cortar el hechizo de mi hermana —intervino Lucian, mirando en todas direcciones en busca de una salida, algo que les comprara tiempo—. Para que Lysandra pierda el control de la ciudad, hay que cortar la fuente de la que se nutre.
—¡Habla claro!
—Úrsula —confesó Lucian. Miró a Tristán mientras pronunciaba sus palabras—. Ella es la batería que canaliza y mantiene la magia de toda la red mágica de Heindor para Lysandra. Si… la detenemos, el vínculo se romperá por completo.
Tristán se congeló por un instante, a pesar de los cientos de botas que corrían hacia ellos.
—¡Ni se te ocurra! —bramó Tristán, agarrando a Lucian por la pechera de su armadura ignorando su alrededor—. Tiene todas las respuestas. ¡Tiene que haber otra opción! ¡¿Dónde están Ónice y Vórian?! ¡Ellos nos pueden ayudar!
—No lo sé, solo sé que están bajo la ciudad.
Solo Elara puede llegar hasta ellos, y solo si Úrsula la ayuda —respondió Lucian, liberándose del agarre del pelirrojo para repeler a dos mujeres armadas con cuchillos de carnicero—.
Vórian está destruyendo la red de energía central.
¡Elara bajó a entregarle la llave a cambio de su vida!
El guerrero observó a Lucian con sorpresa. Para él Elara no era más que un fugaz recuerdo en su memoria, pero esta le decía que no estaba de su parte. ¿Cómo había cambiado tanto en tan poco tiempo? Por otro lado, ¿cuánto tiempo había pasado?
—Tenemos que ayudarles —decidió el guerrero—. Confío en Ónice e intuyo que Vórian estará a la altura. Debemos darle tiempo y ellos acabarán con todo esto.
—No sabemos cuánto tardarán o siquiera si lo conseguirán. Acabar con Úrsula es más directo. —Lucian esquivó una piedra que se estrelló contra el suelo dorado a sus pies. Comenzaban a estar al alcance de los primeros proyectiles.
—Dijiste que no eras como tu hermana —le espetó Tristán al neutral.
Este palideció al ver ante él su propia naturaleza expuesta ante sus ojos.
Saberse capaz de hacer lo mismo que Lysandra le desgarró el corazón.
Supo con certeza que, si se encontraba en la misma situación que ella, su sangre tomaría el control y no sería mejor que ella.
Solo sería uno más en su linaje, uno más que jamás debió existir.
El círculo de ciudadanos armados se cerraba cada vez más, presionándolos desde todos los callejones.
El tiempo se agotaba con cada uno de sus pasos.
De llegar hasta ellos, tendrían que defenderse y eso conllevaría muchas vidas neutrales.
El guerrero dudaba de que Lysandra fuera a detenerse en algún momento.
Sonthorn creó una barrera a su alrededor que ocupó casi toda la plaza.
Tras ella, los neutrales se arremolinaron y comenzaron a golpearla con desesperación.
Solo los retrasaría, pues no tenía fuerza para detener los cientos de neutrales que impactaban contra su magia.
El guerrero estaba agotado sin saber el motivo.
—Recuérdales quién es su diosa —dijo Tsuneo con las garras extendidas, preparado para acabar con el primer neutral que se atreviera a atacarlos. Ante él había hombres, mujeres y niños, pero el hecho no le importó lo más mínimo. El Uldenhar sabía que, tras su muerte, Calandra los acogería.
—¿Qué?
—Calandra —aclaró acercándose al guerrero. El suelo se iluminó con cada uno de sus pasos—. Entrégales su luz.
El guerrero recordó sus primeros pasos en la ciudad y cómo el brillo de sus alas consiguió un pequeño cambio en los neutrales.
Merecía la pena intentarlo a pesar del gasto de energía que suponía.
Dio una palmada trayendo consigo el recuerdo de Archy y su muerte y los guanteletes de la diosa regresaron a sus manos.
Apretó los puños y concentró su fuerza en los apéndices de su espalda.
El fulgor de las cuatro alas de Sonthorn bañó la plazoleta, colmándola.
Su luz dorada, pura y cegadora, impactó contra los rostros de los ciudadanos enfurecidos.
Por un segundo, la marea humana trastabilló; algunos alzaron las manos para protegerse los ojos y parpadearon con fuerza, pero el milagro que buscaba no se produjo.
El oro opaco y muerto que dominaba sus pupilas ni siquiera vaciló.
La magia de la ciudad estaba demasiado arraigada en sus mentes y tras cada hilo seguía Lysandra.
Volvieron a acometer la barrera como si nada hubiese ocurrido.
—No funciona —gritó Lucian, que había sentido la esperanza de encontrar una solución rápida—. El control de mi hermana es demasiado fuerte. No los dejará libres cuando todo su control está puesto aquí.
—¿Alguna idea más? —masculló el guerrero, desesperado. Se vio obligado a encoger la barrera unos pocos metros para poder mantener su fuerza. Por desgracia, aquel gesto no tardaría en repetirse.
El drugano apretó los dientes, frustrado.
Lucian miró intermitentemente al guerrero, a la turba y a los dos desconocidos que le rodeaban.
Se humedeció los labios y negó con la cabeza con dolor.
Sabía lo que tenía que hacer y lo que le costaría hacerlo.
¿Tenía la voluntad para conseguirlo? Solo el tiempo lo diría.
Se acercó al guerrero ignorando los neutrales que vigilaba.
—Creo que sé cómo acabar con todo esto —dijo Lucian lentamente, con calma, con dolor. Su tono anticipaba un destino aciago—. Sé cómo engañar a Lysandra para llegar hasta Úrsula sin tener que matar a esta gente.
—Habla —exigió el guerrero, sin dejar de mantener a raya a la turba.
—Tienes que dejar que te capture de nuevo. Pero esta vez, tienes que entregarme tú a mí.
El guerrero lo miró de reojo, incrédulo.
—Tiene que ser una broma —dijo Tristán.
—Explícate. Si me rindo, volverá a tener el control sobre mí y tú estarás muerto.
Lucian se guardó la idea de que su destino ya estaba sellado y la escondió en lo más profundo de su ser.
Tal vez no fuera un drugano blanco, pero el ver su destino ante él y sentir paz por conocerlo, sí era uno de los rasgos de los congéneres de Sonthorn.
Una llama pura y sencilla ardió en su corazón de nuevo.
—No de forma necesaria. Pero si no lo haces así, Lysandra jamás se detendrá —rebatió Lucian a toda prisa—.
Mi hermana te desea, ansía tu poder, pero me odia a mí más que a nada en este mundo por ser el heredero legítimo de Heindor.
Si apareces ante ella rindiéndote, ofreciendo al traidor de su sangre como muestra de sumisión, su ego y su soberbia la cegarán.
Querrá seguir usándote como su juguete y no te matará.
Pero su habilidad no es tan fuerte contra ninguno de los dos.
Para quebrar tu mente por completo y doblegarme a mí y averiguar todo lo que yo sé, nos llevará a la mazmorra donde su dominio es absoluto. Nos llevará ante Úrsula quiera o no.
—Un plan al más puro estilo de Tristán —gruñó el Uldenhar—. Tan burdo como desesperado.
—No puedo negarlo… —reconoció el pelirrojo—. Pero hay demasiadas cosas que pueden salir mal.
Tristán se giró hacia el joven drugano, agarrándolo por la hombrera de su armadura y obligándole a mirarle a los ojos plateados.
—¿Por qué sacrificarte? ¿Qué ocultas?
Lucian devolvió la mirada a Tristán y luego bajó la vista hacia sus propias manos incapaz de perderse en su mirada plateada. Sus ojos reflejaban una tristeza infinita y una resolución inquebrantable ahora que el destino se había abierto ante él.
—Porque acabaré como ella tarde o temprano —confesó Lucian, con la voz rota pero firme—.
Llevo la misma corrupción en la sangre, el mismo instinto oscuro que ella.
Solo es cuestión de tiempo que Heindor y este poder me corrompan por completo.
—Apretó la mandíbula, alzando la mirada hacia la torre del castillo—.
Nunca dejaré que eso ocurra. Prefiero morir hoy abriéndoos el camino antes de destruir mi mundo por completo.
No seré una nueva Lysandra, ni en este mundo ni en ningún otro.
El peso de sus palabras cayó sobre Tristán como una losa de plomo. Comprendió que no hablaba desde el miedo, sino desde la profunda y trágica lucidez de quién sabe lo que su alma oscura oculta.
—Mientras él me entrega como prisionero, tu amigo y tú tenéis que huir de la ciudad —continuó Lucian, apartándose del pelirrojo y carraspeando para apartar el dolor de su voz—.
Debéis salir de Heindor. Escapad y contarle al mundo lo que ocurre aquí.
Mi hermana no debe abandonar esta ciudad nunca. Sería el fin de todo lo que conocemos.