CAPÍTULO 10
UN MAR DE OJOS
Lysandra ignoró por completo al guerrero de cuatro alas que acababa de escapar de su control, al salvaje pelirrojo y a la desconocida criatura dorada.
Toda su atención, toda su furia gélida, convergía en el soldado de la armadura dañada.
El encantamiento que lo había ocultado se había roto y sus ojos brillaban ahora con el inconfundible color blanco de la familia.
Lucian, que significaba luz.
Así lo habían llamado sus padres, la luz que debía representar el futuro y la esperanza de su linaje. ¿Qué se suponía que era ella entonces?
La tirana ladeó la cabeza, escrutando al hombre que se atrevía a interponerse en su camino.
Su mente, veloz y calculadora, evaluó la situación.
Frunció el ceño y amagó una sonrisa. Era demasiado sencillo y, a la vez, complicado hasta el extremo.
Su juguete liberado, su hermano renacido, un congénere de Úrsula y una…
una cosa dorada extraña en su ciudad. No podía ser casualidad que la red mágica de la ciudad hubiese claudicado y que ellos estuvieran allí.
Algo se le escapaba, algo que no estaba dispuesta a ignorar.
Aquellos hombres y… cosa no eran más que un señuelo luminoso que ocultara entre las sombras lo que realmente ocurría en la ciudad.
Sin la red mágica de la ciudad, ni el legado que esperaba portar en su vientre ni su hermano tenían sentido.
Buscó a conciencia a la única que podía explicar aquella situación, la misma que no era capaz de encontrar.
—¿Dónde está Elara? —preguntó Lysandra, arrastrando cada sílaba con un veneno letal y pausado—. ¿La has matado tú acaso para unirte a esta patética rebelión?
Lucian apretó los dientes y aferró el asta rota de su lanza. Se humedeció los labios luchando contra el terror reverencial que llevaba décadas anidando en su pecho, y le sostuvo la mirada a la mujer que había acabado con él cuando solo era un bebé.
—Yo no mato a nadie —respondió el joven drugano, con una voz que fue ganando firmeza a cada palabra—. No soy como tú, hermana. Tú trataste de matarme cuando era un bebé.
Una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de calor humano, brotó de los labios de la drugana blanca.
—No —lo corrigió Lysandra, mirándolo con una convicción absoluta—. Yo te maté cuando eras un bebé. Sentí cómo la vida abandonaba tu pequeño cuerpo bajo mis propias manos.
Por un instante, la duda ensombreció el rostro inmaculado de la tirana.
Frunció el ceño, apartando la vista de su hermano durante una fracción de segundo mientras su prodigiosa y retorcida mente ataba los cabos que Vórian había dejado sueltos hacía tantos años.
El neutral, la erudita, la cuna... La verdad cristalizó en sus pupilas blancas.
La sorpresa se desvaneció de sus facciones tan rápido como había llegado, dando paso a una sonrisa despiadada que pareció bajar la temperatura de la sala varios grados más.
—Supongo que Vórian fue más astuto de lo que le reconocí jamás —concedió Lysandra, encogiéndose de hombros desnudos, restándole cualquier valor a la vida del niño que había muerto por error—.
Bueno... al menos ahora podré hacerlo de nuevo.
Y esta vez, me aseguraré de mirar bien tu rostro mientras te desangras. ¡Matadlos!
Tsuneo no esperó una segunda orden. Al grito de la tirana, el Uldenhar saltó como un resorte hacia la marea dorada.
Sus garras relampaguearon en el aire, y con un solo movimiento brutal, destrozó el peto y el cuello del primer soldado del Martillo que se encontró.
El cuerpo sin vida del guardia se desplomó con un ruido sordo, manchando el suelo de cristal de sangre antes de que tuviera tiempo a saber qué había pasado.
Sonthorn, con la espada refulgiendo en su mano, dejó escapar un grito de negación. Nadie debía morir allí.
—¡Basta! —rugió el drugano, interponiéndose una barrera dorada entre Tsuneo y los soldados.
Esta fue rápidamente atacada por el Martillo que la golpeó con todas sus fuerzas.
Sin embargo, sin la ayuda de Elara y su control de las runas, no les sería tan fácil traspasarla—.
¡No tienen la culpa, son sus marionetas! ¡Los necesitamos a todos vivos!
Tristán agarró a Tsuneo por los hombros y tiró de él hacia atrás con todas sus fuerzas.
—¡Atrás, Tsuneo! —le ordenó el pelirrojo, ganándose un bufido de protesta. Había nacido para luchar, no para huir.
La muralla estalló mostrando una runa dorada tras ella que flotaba ardiente en el aire. Un hilo de luz dorada emanaba de uno de los dedos de Lysandra que dibujaba de nuevo su siguiente ataque. La Dirigente Blanca tenía más recursos de los que había mostrado aún.
Antes de que las tropas de Lysandra pudieran descargar la primera andanada de ataques contra el grupo, Sonthorn alzó su mano libre.
Sus cuatro alas doradas brillaron con fuerza, y una inmensa y sólida esfera de energía brotó de su interior, envolviéndolos a los cuatro en una cúpula protectora.
Los golpes del Martillo rebotaron contra la barrera con un estruendo ensordecedor.
—¡Salid por la ventana! —gritó Sonthorn por encima del caos mágico. La runa de Lysandra se estrelló contra la esfera y esta vibró bajo su poder.
Tristán llegó hasta la ventana y miró la caída bajo él.
—Tiene que ser una broma. —El pelirrojo dio un paso atrás, aferrando el medallón en su bolsillo—. ¡Hay más de cincuenta metros hasta el suelo!
—¡Yo os llevaré a todos! —aseguró el drugano, sin dejar de alimentar la cúpula dorada que temblaba bajo los golpes de Lysandra—. Pero no pienso matarlos. ¡Salid!
—Ónice no pensará lo mismo…
—Cada cosa a su tiempo.
Lucian miró a su hermana, que observaba el escudo de Sonthorn con el rostro torcido por el odio, canalizando su propia magia dorada para romper la defensa.
—Debe morir —dijo Lucian, con la voz quebrada por un dolor profundo.
A pesar de todo el sufrimiento, de las décadas de sumisión y de saber que estaba corrompida hasta la médula, le costaba asimilar que la única salida era acabar con la vida de su propia hermana.
Sobre todo cuando él dudaba de que no siguiera el mismo camino que ella.
El sendero de la sangre de su familia siempre conducía al mismo lugar.
—¡Salid! —volvió a gritar Sonthorn, sudando por el esfuerzo de contener la magia de Lysandra y los golpes del Martillo—. No podré controlarme mucho más, su magia es muy fuerte.
El impacto de una nueva runa estalló contra la barrera. Esta vez incluso el suelo tembló bajo su fuerza. El guerrero perdió el equilibrio y apoyó una rodilla en el suelo. Apretó los dientes y entregó más poder al hechizo.
—No dudará en acabar con el castillo si es necesario —advirtió Lucian, con los ojos desorbitados por el pánico ante la idea de perder a la Vanhir ahora que estaban tan cerca—. Y si cae, Úrsula morirá.
—¿Úrsula? —preguntó Tristan sorprendido por reconocer el nombre. Parpadeó y sacudió la cabeza desconcertado—. ¿Está viva? ¿Aquí?
Lucian se acercó a la balaustrada de la ventana, empujado por la urgencia de la situación, del mismo lugar en que Tristán regresaba inquisitivo.
—Sí, presa en una mazmorra —explicó a toda prisa el guerrero.
—¡Tenemos que liberarla! ¡Ella sabrá quién es Valeria en realidad! —Tristán miró al guerrero y a Lysandra tras la barrera dorada semi transparente—. No puede morir. Tenemos que…
—¡Yo te llevaré hasta ella! —prometió el joven drugano—. ¡Pero ahora tenemos que salir de aquí!
—Mierda —masculló Tristán. Repitió un par de improperios más y regresó al balcón donde Tsuneo y Lucian esperaban—. Pues vámonos de aquí, ya tengo el medallón al menos —recordó Tristán, dándose un golpe en el pecho, justo donde guardaba la reliquia junto a la loba.
Sonthorn agitó las alas, preparando el salto. Sin perder un segundo más, Tristán, Lucian y Tsuneo saltaron al alféizar de la inmensa ventana y se asomaron al abismo. El aire helado les golpeó de frente. Al mirar hacia abajo, el pánico inicial de la caída se transformó en puro horror.
Las calles doradas de Heindor ya no eran el escenario de una coreografía perfecta y pacífica.
La masa autómata de ciudadanos neutrales quebró su letargo.
Bajo las órdenes mentales de una Lysandra furiosa, todos sus habitantes convergían hacia la base de la torre.
Ya no caminaban arrastrando los pies ni actuaban como simples escudos humanos de carne inerte; ahora corrían con una furia irracional grabada en sus rostros.
Y estaban armados.
Empuñaban herramientas de forja, cuchillos de cocina, pesadas barras de metal e incluso piedras, alzando la vista hacia los fugitivos con ojos vacíos pero inyectados en una cólera que no les pertenecía.
—Por los Dioses Desaparecidos… —exclamó Tristán.
La barrera dorada a sus espaldas estalló en mil pedazos bajo la presión combinada de la magia de Lysandra y los soldados del Martillo. Sonthorn no lo dudó. El guerrero saltó al aire tras ellos, desplegando sus cuatro alas inmensas con un chasquido sordo que hizo vibrar el aire congelado.
Sonthorn agarró a Tristán con la mano izquierda y a Lucian con la derecha. Tsuneo, haciendo gala de su instinto y agilidad, saltó al ver pasar al drugano sobre él y se agarró a las perneras de cuero de Sonthorn, colgándose de sus piernas mientras el drugano estabilizaba el descenso.
El drugano batió las alas y planeó alejándose de la torre de Lysandra.
Voló sobre los tejados dorados y las avenidas rebosantes de neutrales enfurecidos, buscando desesperadamente un claro donde aterrizar.
Varios cientos de metros más allá de la fortaleza, divisó una pequeña plazoleta que parecía momentáneamente despejada.
Descendió incapaz de mantenerse en el aire por más tiempo y aterrizó con pesadez, doblando las rodillas para amortiguar el impacto del peso extra.
Soltó a Tristán y a Lucian, y Tsuneo se dejó caer al suelo dorado, sobre el que rodó mientras su cuerpo iluminaba las runas del pavimento al rozar su piel.