Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 9 #5
53%

CAPÍTULO 9 #5

La visión global de Cerón comenzó a desvanecerse, arrastrándolo de nuevo al frío y al horror de la caverna bajo la montaña.

Tres dioses habían encontrado a sus avatares lejos de allí.

Una había muerto en el intento. Pero el telépata supo, con una certeza que le heló la sangre, que el panteón aún no estaba completo, y que el último de los dioses no iba a cruzar continentes enteros buscando su recipiente.

Estaba a punto de descender directamente en el epicentro del apocalipsis.

La visión del mundo se colapsó abruptamente, devolviendo la consciencia de Cerón a la asfixiante realidad de la caverna bajo la Academia.

Al abrir los ojos, el mago descubrió que el abismo ya no estaba dominado únicamente por la luz rasgada del Conducto.

La bóveda entera se estaba inundando de un resplandor dorado, cegador e implacable.

El último de los dioses no había necesitado cruzar continentes enteros buscando su recipiente.

Sabía exactamente dónde debía estar. El epicentro del apocalipsis reclamaba la presencia de la divinidad absoluta, y Thierry, el dios de los humanos, descendió como una lanza de sol directamente sobre la Academia sumergiéndose en el cráter que el desgarro del prisma había provocado..

Cerón no tuvo tiempo de retroceder. La energía divina de Thierry lo golpeó de lleno, envolviendo su cuerpo y su alma en un torrente de fuego sagrado.

En el paisaje interior de la mente de Cerón, aquel espacio que el telépata imaginaba a menudo como una vasta biblioteca, la llegada de Thierry fue como presenciar el nacimiento de una estrella a escasos metros de distancia.

La luz purificadora comenzó a inundar cada rincón, cada recuerdo, quemando las sombras y reescribiendo la estructura misma de la consciencia del mago para hacer espacio a la divinidad.

Y en medio de ese desierto mental a punto de ser incinerado por el sol, aguardaba Nefrén.

El auténtico señor de los druganos, el huésped involuntario que había habitado la mente de Cerón, que lo había torturado, guiado y salvado en incontables ocasiones, se materializó frente a él con una claridad cristalina.

Ya no era una sombra informe, ni una voz susurrante en la nuca.

Adoptó la forma que debió tener en vida, un drugano negro de porte regio, alto, sobrio, vestido con ropas de una elegancia fúnebre, de piel pálida y ojos negros como la noche sin luna.

Nefrén alzó la vista hacia el cielo mental, donde la luz de Thierry avanzaba como un muro de fuego dorado, devorando la mente del mago..

El drugano negro comprendió de inmediato lo que significaba.

La cohabitación de la mente del mago era una imposible.

La divinidad de Thierry no encajaría con la presencia de un drugano negro.

Su tiempo, que había burlado a la muerte al esconderse en la mente del telépata humano, había llegado a su fin absoluto.

Cerón, materializado frente a él en su propia mente, dio un paso hacia el drugano.

“Nefrén… —proyectó el mago, con la voz desgarrada. Sabía tan bien como él que aquel era el final”.

El drugano bajó la mirada para encontrarse con los ojos de su anfitrión.

En el rostro de Nefrén no había miedo, ni rastro de su habitual sarcasmo.

Había, en cambio, la serena aceptación de un rey que ve caer su última muralla.

Habían compartido el terror, la sangre y los pensamientos más inconfesables.

Se habían odiado y, de una manera perversa y profunda, se habían convertido en las mitades complementarias de una misma alma rota.

Nefrén esbozó una leve sonrisa, carente de cualquier burla, cargada de una extraña nobleza antigua.

“Sobrevive a esto, humano —dijo el drugano, y su voz sonó por primera vez cálida, desprovista de ecos metálicos—. No dejes que los dioses te borren por completo. Haz que te recuerden. Y, por lo que más quieras, conserva la cordura”.

Cerón sintió que un nudo de puro dolor se formaba en su garganta.

Nefrén dio un paso atrás, mientras el fuego de Thierry comenzaba a lamer los bordes de su túnica oscura, convirtiendo la tela en ceniza luminosa.

El señor de los druganos negros llevó su mano derecha al pecho y se inclinó en una reverencia perfecta, lenta y llena de un respeto abrumador.

“Adiós, auténtico señor de los druganos negros —susurró Nefrén—. Cumpliré tu legado, te lo prometo”.

Con esas últimas palabras, la luz divina lo alcanzó de lleno. Nefrén no gritó ni luchó. Simplemente se disolvió en el resplandor, evaporándose en la nada, llevándose consigo siglos de dolor y una promesa postrera de un humano extraordinario.

Cerón lanzó un grito mudo en su mente al sentir la desconexión, pero el vacío que dejó Nefrén fue llenado al instante por la inmensidad de Thierry.

La consciencia humana del mago fue empujada a un segundo plano, abrazada y protegida por la deidad, mientras el dios se distribuía por su nuevo recipiente.

En la caverna física, el cuerpo de Cerón dejó de levitar y sus pies tocaron el suelo de ónice.

El avatar del dios de los humanos giró lentamente el rostro, fijando su mirada en Tarnicis, al otro lado del prisma desgarrado. La guerra por la creación acababa de comenzar.