Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 9 #4
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CAPÍTULO 9 #4

Su mente abarcó continentes. A miles de kilómetros de distancia, entre la desolación de la nieve, el telépata percibió a Ónice.

La drugana cayó de rodillas, soltando su arma rota mientras se llevaba las manos a la cabeza, abrumada por la onda de choque que hacía vibrar la misma tierra bajo sus botas.

La resonancia de la ruptura del Conducto era tan vasta que el mundo entero parecía a punto de partirse por la mitad.

Y mucho más lejos, en los bosques profundos del continente, la percepción de Cerón encontró otra chispa, una solitaria y terrorífica anomalía.

Aylwin se sacudió violentamente, obligando a Esmeralda a mirar tras de sí con preocupación.

La adolescente de ojos blancos alzó su rostro hacia el cielo.

No mostró miedo ante la tormenta que se desataba sobre el mundo.

En su mirada de blanca se reflejó la perfecta comprensión del caos.

Ella sintió cómo los hilos de la creación acababan de ser cortados de raíz por las manos de Tarnicis.

La expansión telepática de Cerón llegó a su límite, y la inmensidad del cosmos amenazó con desintegrar su cuerpo por completo.

Con un jadeo desesperado, la mente del mago fue arrastrada de vuelta a su cuerpo maltrecho en las catacumbas, justo a tiempo para ser testigo de la respuesta desesperada del universo ante la profanación del Conducto.

La profanación del Conducto de la Diosa no fue un simple acto de destrucción, sino que fue la violación del equilibrio mismo del universo.

Al forzar la apertura de la fisura y destruir el anclaje al mundo real de los dioses, Tarnicis había iniciado una reacción en cadena que amenazaba con desintegrar el plano material.

Y el universo, en su instinto más primigenio de supervivencia, respondió.

La liberación de aquella cantidad de energía actuó como un faro, un grito de agonía que rasgó el velo que separaba el mundo de los mortales del divino.

Los Dioses, entidades abstractas y distantes que durante eones habían observado la creación desde la lejanía, interviniendo solo a través de susurros, fueron arrastrados hacia la fisura contra su voluntad.

La destrucción total de la creación los obligaba a descender, a encarnarse, a pisar la nieve y la roca para librar la batalla definitiva.

Pero un dios no podía existir en el plano físico en su forma pura. Su energía incontaminada incineraría el mundo que intentaban proteger.

Necesitaban anclajes.

Necesitaban recipientes mortales cuyas almas estuvieran afinadas a su propia resonancia divina.

Cerón, todavía atrapado en el eco telepático amplificado por el Conducto, Su consciencia, suspendida sobre el plano mortal, presenció el advenimiento del mayor cataclismo jamás concebido. A través del ojo de su mente, vio cómo el cielo corrompido del planeta era perforado por destellos de luz.

Eran las consciencias de las deidades, cayendo a una velocidad vertiginosa, buscando desesperadamente a sus elegidos a lo largo y ancho de los continentes.

Vio a Ágata. La diosa descendió como una tormenta de luz negra e implacable, trazando una estela oscura sobre la tundra de hielo y nieve hasta impactar de lleno en el cuerpo de Ónice.

Cerón pudo sentir el choque exacto, su alma de la mortal encogiéndose.

Sus ojos negros brillaron ahora con el fuego de una deidad, asumiendo el poder y la majestuosidad de la diosa de la Oscuridad.

Vio a Calandra, cuya Esencia era ardiente, cortante y absoluta como el fuego abrasador. Su espíritu divino cruzó los cielos y encontró su hogar en Freya, llenando sus venas de un poder ardiente que reclamaba dominio sobre la todo fuego existente.

Vio a Jazmín, derramando su poder vibrante e indomable, hundiéndose en la carne y el espíritu de una elfa desconocida, otorgándole la vitalidad y la fuerza inquebrantable de la naturaleza enfurecida.

Cada conexión era un estallido de energía en la percepción de Cerón, una nueva estrella encendiéndose en el mapa de su consciencia.

Sin embargo, en medio de la majestuosidad de aquel descenso cósmico, el mago telépata percibió una nota discordante.

Una estela de luz que vagaba errática, perdiendo fuerza a medida que caía.

Era una ausencia desgarradora, una melodía truncada en la sinfonía de los dioses.

Era la diosa Irena, lo supo en cuanto la vio.

Su consciencia divina había cruzado el velo junto a sus hermanos, buscando con urgencia el alma de aquel que había nacido para ser su recipiente perfecto, el guerrero cuya resonancia vibraba en la misma frecuencia que su amor y su lealtad.

Cerón sintió la búsqueda frenética de la diosa, el anhelo desesperado por encarnarse y unirse a la batalla.

Pero el hilo plateado que debía unir a la deidad con su elegido se encontró con el vacío más cruel: la tumba. Su anclaje estaba predestinado para Sonthorn, y Sonthorn estaba muerto.

Al chocar contra la barrera de la mortalidad y descubrir que su recipiente ya no existía en el plano físico, la energía de Irena no pudo solidificarse.

Cerón sintió el dolor de la deidad, una tristeza tan vasta y profunda que lo hizo llorar lágrimas físicas en las catacumbas de la Academia.

Sin un cuerpo que la contuviera, el poder de Irena se fragmentó.

Su consciencia se disolvió en el viento, incapaz de regresar al éter y rechazada por la tierra.

Irena no regresó. Su encarnación fracasó, dejando tras de sí tan solo un eco melancólico y estéril de magia esparcido por el mundo.

Una brisa triste que acarició los campos de batalla, incapaz de alzar una espada o lanzar un conjuro, la segunda baja divina antes siquiera de que el combate real hubiera comenzado.