CAPÍTULO 9 #3
Ante ellos, suspendido en el aire a escasos metros sobre el suelo de roca, flotaba lo que estaban seguros de que era el Conducto de la Diosa.
Era un prisma colosal, tallado en un material translúcido y perfecto que no proyectaba sombra alguna, en cuyo núcleo latía una energía pura y primordial, un fuego divino atrapado en una quietud milenaria.
Alrededor del cuerpo del monolito orbitaban, en una danza silenciosa y constante, ocho anillos concéntricos de luz.
Cada aro giraba sobre un eje distinto, trazando los ocho colores sagrados de los Cazadores: el fulgor incandescente del rojo, la calma densa del verde, el brillo regio del dorado, el abismo insondable del negro, la pureza cegadora del blanco, la firmeza terrenal del marrón, la vibración mística del violeta y la frialdad profunda del azul.
Los anillos giraban sin rozarse jamás, tejiendo en el aire un zumbido armónico que hacía vibrar el alma antes que los oídos.
El artefacto irradiaba una autoridad tan sobrecogedora que el aire a su alrededor se sentía denso, intocable, como si el propio universo contuviera el aliento para no perturbar el sueño del monumento destinado a sostener la existencia.
Los Cazadores cayeron de rodillas, las lágrimas corrieron por su rostro.
Solo Freya y Rhogar mantuvieron la compostura.
Por un instante, el dolor, la guerra y el cansancio desaparecieron.
Quizá porque Freya era demasiado joven para la guerra y el cansancio y Rhogar, bueno, no se cansaba y amaba la guerra.
Pero la maravilla duró apenas un segundo.
Al otro lado del Conducto había un hombre.
Vestía con una elegancia sobria y oscura, y su mera presencia parecía absorber la luz de los cristales, proyectando un manto de sombras a sus pies.
Era una figura indudablemente humana, que caminaba con la ligereza y la confianza de quien se cree dueño absoluto de la situación.
El eco de sus botas sobre la roca desnuda rompió el silencio reverencial de la caverna.
Era Kem, Cerón lo supo antes siquiera de reconocerlo.
Se detuvo a escasos pasos del prisma, contemplando el Conducto con una sonrisa que destilaba una arrogancia enfermiza.
Una figura apareció tras él. En el suelo, detrás de ella, estaba el cadáver del Archicazador.
Tenía los ojos arrancados en un macabro e irónico destino.
Cerón los descubrió aplastados a varios metros de él.
Freya fue la más rápida en actuar y ordenó al resto que se mantuvieran agachados. Todos observaron lo que ocurría ante ellos tratando de averiguar cómo o cuándo interceder.
Tarnicis se irguió frente al prisma multicolor.
—He encontrado el camino hacia El Conducto de la Diosa. El viejo mundo renacerá hoy, y yo he sido la hoja de tu cuchillo —declaró el drugano, con los ojos brillando por la ambición desmedida—. Reclamo mi recompensa. Exijo el cuerpo de la ojos blancos para mí.
Tarnicis no se inmutó ante sus palabras y avanzó hasta el Conducto.
La mujer permaneció de espaldas a Kem, con su atención absoluta e inquebrantable clavada en la luz del Conducto de la Diosa.
No hubo desprecio en su postura, ni ira, ni siquiera la más mínima irritación.
Solo la indiferencia absoluta del abismo frente a un grano de arena.
Cuando decidió responder, no alzó la voz, pero sus palabras helaron la sangre a todos los presentes. La victoria estaba escondida en su tono. Había ganado. Lo había conseguido. Solo tenía que estirar la mano y cogerlo.
—Ya no te necesito.
Fueron cuatro palabras. Una sentencia carente de cualquier emoción.
Tarnicis ni siquiera giró el rostro, ni alzó una mano. No hubo palabras mágicas ni destellos de runas negras, ni tan siquiera energías o elementos que proyectar. Tarnicis simplemente ordenó al mundo que colapsara el cuerpo del drugano sobre sí mismo.
Kem no alcanzó a articular gemido alguno.
Su anatomía colapsó hacia su centro con la celeridad implacable de un astro moribundo.
Fue un sonido húmedo, sordo y espantoso.
La carne, los huesos, la ropa y el alma del traidor fueron aplastados y comprimidos en una fracción de segundo hasta quedar reducidos a una esfera de materia del tamaño de una piedra pequeña.
Un instante después, esa misma esfera explotó, desapareciendo en una nube de polvo que fue absorbida por el cristal.
—Curioso —dijo Tarnicis observando cómo las volutas de polvo flotaban hacia el prisma. Estas se unieron a la línea negra y danzaron alrededor del mismo—. ¿No te parece, hijo mío?
Cerón abrió los ojos de par en par. Palideció al instante.
Sus piernas dejaron de sostenerlo y Rhogar se vio obligado a sujetarlo.
El Calán sostuvo al mago mientras este trataba de asimilar lo que acababa de escuchar.
Sin embargo, una parte de sí mismo sabía aquella respuesta.
Su magia, su legado, sus dudas… no eran solo sobre su madre.
¿Quién había sido su padre? Jamás lo supo y nunca le importó.
Ahora, en cambio, se sintió desgarrado por el conocimiento.
“¿Quién es tu padre? —preguntaron los espectros del Pozo de Enam. El recuerdo le golpeó con rabia—. Siempre lo he sabido y lo he rechazado… ”
—Acabemos con ella —dijo Rhogar.
Pero el mago negó con la cabeza. Ninguno de ellos podría herir jamás a Tarnicis.
Era un enemigo al que pudieran vencer con tácticas, valor o espadas de metal.
Ante la entidad que acababa de aniquilar a Kem con un simple pensamiento, los guerreros más letales de la humanidad no eran más que motas de polvo esperando a ser barridas.
Los había conducido a la muerte a todos ellos.
La mujer, libre de distracciones, alzó lentamente las manos hacia la luz del Conducto ante ella.
No hubo titubeo ni reverencia. Sus movimientos eran los de un amo reclamando lo que consideraba suyo por derecho. En el instante exacto en que la piel de la mujer rozó las pareces del cristal, la caverna entera pareció contener la respiración. Luego, la realidad se quebró.
El choque entre la magia telépata de Kelldom contra la luz primigenia y salvaje del Conducto de la Diosa produjo una sencilla brecha en la pared del prisma.
Tarnicis dio un paso al frente, ajena al cataclismo que empezaba a gestarse.
Con una lentitud ceremonial y despiadada, introdujo una mano en la fisura del cristal.
El prisma chilló con una frecuencia que amenazó con reventar los tímpanos de los presentes.
Al instante, los ocho anillos de colores comenzaron a girar desbocados, perdiendo su armonía milenaria.
Sin detenerse, Tarnicis hundió la segunda mano, aferrándose al núcleo de energía que dormía en el interior.
—¡No! —rugió Owen.
Ignorando la imposibilidad de la empresa, el líder de Destacamento Owen se puso en pie y cargó contra ella dispuesto a apartarla del prisma por la fuerza.
Tarnicis ni siquiera giró el cuerpo. Se limitó a desviar una mirada gélida, una fracción de segundo en la que la realidad se plegó para aplastar al mortal antes de que diera un paso más.
Pero el golpe invisible nunca alcanzó a Owen.
Vaelen irrumpió en la trayectoria del ataque divino, interponiéndose entre la mirada de Tarnicis y su hijo.
El impacto fue seco, mudo y devastador. La fuerza de la deidad atravesó el pecho del veterano, destrozando su cuerpo y quebrando su vida en un suspiro sin que pudiera emitir un solo lamento.
Vaelen sufrió el mismo desenlace que el señor de los druganos negros.
—¡No! —gritó Owen tratando de agarrar el polvo que ahora era su padre.
Tarnicis no concedió ni un instante al luto. Hundiendo sus brazos hasta los codos en la grieta de luz, el Mago Negro forzó la materia con un esfuerzo titánico. Su rostro se contorsionó, sus músculos se tensaron y un grito desgarrador emergió de su cuerpo.
Tarnicis hendió las manos y, con un bramido sobrehumano, partido el prisma en dos.
El artefacto colapsó. Los ocho anillos estallaron en una lluvia de fuego cromático y el monolito reventó en un devastador colapso mágico, rasgando el velo que protegía la fuente de toda creación.
El Conducto de la Diosa, que había permanecido dormido y sellado durante eones, fue violado y abierto de par en par.
Un géiser de poder inconmensurable emergió del prisma roto.
El tsunami mágico no se contuvo en las catacumbas, sino que atravesó los cientos de metros de roca sólida, aniquiló los niveles inferiores de la Academia, barrió la biblioteca y perforó la cúpula de la ciudad-fortaleza, elevándose hacia la tormenta que comenzaba a gestarse como un pilar de fuego oscuro.
Todos los presentes salieron volando, incluso Tarnicis, impulsados por la onda expansiva de la destrucción del único anclaje de los dioses a su mundo.
Para Cerón, el impacto físico fue secundario. El verdadero horror ocurrió en su mente.
La telepatía del mago fue alimentada de golpe con una dosis abrumadora de poder.
Su consciencia fue arrancada con violencia de su cuerpo, expandiéndose más allá de la caverna, más allá de la Academia y de la propia Isla.
Durante unos agónicos segundos de omnisciencia forzada, Cerón sintió el mundo entero.
Sintió cómo el cielo encapotado de todo el planeta perdía su gris monótono, tiñéndose de un púrpura enfermizo y negro alquitrán.
Percibió las mentes bestiales y aletargadas de todos los dragones salvajes del mundo.
La liberación de la magia actuó como un faro cegador para ellos, un llamado imposible de ignorar.
Desde los glaciares más recónditos hasta las cumbres más inaccesibles, cientos de bestias volvieron sus ojos al unísono, desplegaron sus alas y alzaron el vuelo, formando nubes de escamas negras que oscurecieron aún más el cielo herido.
Todos volando en una misma dirección: hacia la Academia.