Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Respiró hondo y caminó hasta los barrotes.

Agarró dos de ellos con las manos y cerró los ojos.

Necesitaba crear un espacio lo suficientemente grande para que cupiera Thorgum.

Apretó los dientes y se adentró en su ser.

Su corazón se aceleró, su mente se nubló y sintió el eco sordo de una tabla de madera soportando el peso de su hechizo.

Ordenó a la realidad que deshiciera la cárcel ante él y la solidez de los barrotes se redujo a un puñado de ceniza inerte.

Los Cazadores salieron a toda prisa de la cárcel y tiraron de Thorgum, incapaz de levantarse por sus propios medios. Una vez fuera y tras un par de minutos de respiración entrecortada, el gigante se puso en pie de nuevo.

—Jamás nadie ha escapado de una cárcel de ónice —dijo Vaelen—. Has confirmado todo lo que vi en mi visión.

—Espero que fuera el fin de este mundo, porque es a lo que parece que deriva.

—Justo a eso, solo que antes tú eras el causante y ahora el que lo evita.

“Eso aún está por ver —dijo Nefrén en su mente. Cerón asintió ante las palabras del drugano. Un peldaño más”.

El mago observó al Darius herido ante él.

Permanecía de pie solo sostenido por Freya.

Los Tejedores de Carne habían aliviado sus heridas más graves, pero el Cazador distaba mucho de estar fuera de peligro.

Se alegró de tenerlo cerca, él podía ser la respuesta a muchas preguntas.

Por desgracia, tenían problemas más inmediatos.

—¿Dónde está el Conducto de la Diosa? —preguntó directamente al grupo.

—¿El qué? —Vaelen desconocía el término.

—El núcleo de la Academia —le aclaró Owen—. Ahí es dónde se dirige la mujer que ha corrompido al Archicazador.

—Ella y el drugano negro. Es Kem, el señor de esa raza.

Él ha traído las runas a… —Guardó silencio cuando reparó en algo en lo que no había caído hasta entonces.

Kem conocía las runas negras, él mismo se las había enseñado a Praedesi.

El mago lo sabía por los recueros de Nefrén.

Una pequeña carga cayó desde sus hombros aliviando, en parte, su preocupación.

Sin embargo, esta regresó a su lugar al recordar la espada de Suren en Vyr.

Solo ellos podían haber transportado el arma.

Esta impediría que un drugano negro la tocase jamás.

“A no ser que no empuñase —apuntó Nefrén—. Si la agarras por la funda, el arma no te reconoce como enemigo”.

“Creo que será otro misterio para otro momento —decidió Cerón. No iba a obtener ninguna respuesta en aquel lugar y tenían que moverse ya. La sensación de urgencia no hacía más que crecer en su interior”.

Los ojos de todos estaban fijos en él, que había cortado su explicación a la mitad.

—¿Dónde está el núcleo?

—Bajo la biblioteca, pero no se puede entrar al núcleo sin la llave que tiene el Archicazador.

“Una llave no la detendrá”.

—Debemos ir ya —dijo el mago. Elyndra desapareció y regresó con una expresión de preocupación en su rostro.

—Está abierta —afirmó con rotundidad—. La puerta tras la biblioteca está abierta.

—¿Has descendido? ¿Has visto a alguien?

—No he visto a nadie y no he bajado. No… pude.

—¿Por qué?

—Es un túnel de ónice.

—Mierda —dijo Owen. Miró tras de sí a sus compañeros y supo que ninguno sería de utilidad allí dentro. Thorgum ni siquiera sería capaz de adentrarse en los túneles.

—Cada problema a su tiempo. Llévame, Elyndra.

El grupo entero corrió hacia la biblioteca atravesando la Academia por completo.

Veinte minutos después se adentraron en ella.

La biblioteca de la Academia era un remanso de sobriedad y silencio absoluto, resguardado tras muros de piedra blanca donde las llamas jamás habían llegado.

El grosor de sus paredes aislaba por completo del mundo exterior, manteniendo en su interior una atmósfera templada, seca y cargada del inconfundible aroma a madera noble, cera de abeja y papel antiguo.

La luz suave de los cristales alimentados por las Esencias caía sobre interminables hileras de estanterías de roble oscuro que se alzaban hasta las altas bóvedas, conectadas por esbeltas escaleras de hierro y galerías de madera donde reinaba una pulcritud casi devocional.

Allí descansaba la memoria viva de la humanidad, conservada con un esmero intachable a lo largo de las generaciones.

Miles de tomos perfectamente encuadernados en cuero y tela custodiaban desde crónicas de las primeras ciudades y tratados sobre el tejido de las Esencias , hasta mapas estelares, poesía olvidada y herbarios de valles que el hielo aún no había reclamado.

Entre las largas mesas de lectura y los atriles iluminados por lámparas de bronce, el tiempo parecía detenerse; era un santuario sereno donde el saber, las historias y las vidas de quienes poblaron el mundo permanecían a salvo de la ruina y el olvido.

Cerón recordó las palabras de Cassius sobre aquel lugar. El ojos dorados había dicho que si el recuerdo no estaba en la Academia, era porque no existía. Ahora entendía por qué.

—Increíble —dijo el mago maravillado ante la información que contenía aquel lugar. No le costó imaginarse disfrutando de todos aquellos volúmenes y supo que allí dentro sería plenamente feliz—. Tanto saber…

Vaelen asintió a su lado.

—Vengo siempre que puedo. Aprovecho cada hora libre que tengo para leer la historia de este mundo.

—¿Tenéis el libro Ojos de Hierro? —preguntó de pronto. Tal vez no tuviera que ir a Rodelmaer para conseguir una copia.

—Por supuesto. Es uno de los volúmenes más leídos, tenemos varias copias incluso.

—¿Supiste así que este era el lugar del Conducto de la Diosa que dice? —preguntó Owen.

—Sí. Até muchos cabos, pero sí. En cada libro hay una pequeña pieza del puzle, pero la más importante está, curiosamente, en el libro de Valeria.

La Guerra de las Esencias explica más detalles de este mundo de lo que os podéis imaginar.

Freya y Darius —dijo bruscamente—, nada de acercaros a los libros.

Son muy viejos y arden con extrema facilidad. Abbey, mantenlos a raya.

La ojos azules asintió y se concentró en ambos ojos rojos como ya había hecho mil veces en sus muchas visitas a la biblioteca. La formación de un Cazador no se limitaba al combate.

Llegaron hasta la parte posterior de la misma y, tal y como había asegurado Elyndra, una puerta en la pared de piedra estaba abierta.

En su interior, un túnel de ónice descendía en una escalera espiral de menos de dos metros de altura y poco más de uno de ancho.

Un frío antinatural emergía de su interior.

Thorgum no cabría por nada del mundo allí dentro.

El gigante se apartó y se giró hacia la biblioteca dándoles la espalda.

—Yo no quepo, así que cubriré el acceso —aseguró el ojos negros—. Nadie os molestará.

Elyndra se subió a su hombro.

—Sin mí no eres nada, pequeño. Además, sin mi velocidad, no soy útil. Yo cuidaré de ti.

El grupo se dividió. Darius, Liora, Ronan, Kyran, Melissa, Abbey y Terra se quedaron con sus compañeros protegiendo el acceso a cualquier precio. Ninguno sabía qué podía tratar de entrar en el lugar más importante de la Academia.

—Yo voy, al menos tengo dagas y sé usarlas —afirmó decidida Freya adentrándose en la oscuridad ante ella.

—Yo también. —Rhogar no se iba a quedar atrás por nada del mundo—. Esa mujer ha hecho un pacto para acabar con mis hermanos. Tengo que detenerla.

—Un ojos dorados debe seguir con ellos —dijo Vaelen—. El Destacamento es más fuerte con todos sus ojos.

—Yo me quedo —dijo Cassius. Raanee se unió a él—. Estamos agotados y, sinceramente, no entendemos qué está pasando. Seremos más útiles aquí arriba.

—Son muchos —dijo Doreen dando un paso hacia atrás—.

Demasiados para solo un canalizador que tal vez necesite controlar a un Desgarrador del Fuego.

—Cerón enarcó una ceja el escuchar aquella expresión desconocida.

Comprendió entonces que los Cazadores tenían sus propios niveles de habilidad y tomó nota mental—. Yo me quedo con ellos.

Finalmente, Cerón, Rhogar, Freya, Owen y Vaelen fueron los únicos preparados para entrar.

El mago creó una esfera de luz ante ellos y esta se materializó ignorando el aislamiento del lugar, al fin y al cabo, la energía procedía de él, no de ninguna fuente exterior.

Abrió la marcha y comenzó a descender la escalera de caracol.

Freya, poniendo a prueba la piedra que la rodeaba, intentó canalizar un ápice de su poder hacia sus manos tratando de conseguir una pequeña llama que la hiciese sentir menos vulnerable.

La Cazadora alzó la mano, pero solo logró una chispa anaranjada que parpadeó débilmente antes de ser aplastada por la piedra de ónice.

—Ni lo intentes —susurró Owen, con la voz ronca, resonando extrañamente hueca en aquel lugar—. Es una cárcel de ónice. Más grande, pero igual de útil. Solo Cerón y quizá Rhogar tengan algo de fuerza aquí abajo.

“¿Tú qué opinas? —preguntó a la irónica voz de su cabeza. Sin embargo, esta no respondió. Cerón sintió un vacío terrible en su interior, como si acabase de descubrir un vaso vacío que jamás volvería a llenar”.

Cerón cerró los ojos por un momento, concentrado en su interior.

Se sintió extraño, casi como si estuviera caminando por el lecho de un océano de mercurio.

La presión que ascendía desde las profundidades era tan vasta, tan antigua, que el mago sintió el impulso de arrodillarse y no volver a levantarse jamás.

Sin embargo, jamás se detendría. Abrió los ojos y continuó descendiendo.

Tras lo que parecieron horas de descenso, la temperatura comenzó a cambiar.

El frío cortante dio paso a un frescor distinto, vibrante, cargado del olor a ozono y a tierra recién mojada.

La escalera terminó de forma abrupta y, entonces, la negrura solo contrarrestada por el hechizo del mago, se rompió.

Una nueva luz apareció ante ellos iluminando una cámara de piedra.