Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

UN PRISMA DE COLORES

—Esperaba más de ti —dijo con naturalidad. Observó la cárcel de Cerón con hastío—. Mucho más, en realidad.

Acarició la pared de metal con la yema de los dedos. Estos humearon bajo el calor provocando quemaduras en su piel. Amagó una mueca de disgusto y las heridas desaparecieron a la orden de su voluntad. La joven volvió a observar a Cerón.

—¿Qué esperabas? —preguntó alejándose un paso de ella. Sin embargo, no tenía a dónde huir.

—¿A estas alturas? Pensé que ya habrías descendido más peldaños. Es un poco frustrante ver a alguien como tú rendido ante los humanos.

—Tú eres humano… o humana. —Cerón no sabía cómo referirse a Tarnicis. Sacudió la cabeza incómodo de pronto.

El Mago Negro, dentro del cuerpo de Tarnicis, amagó una sonrisa y miró sus curvas. Sus manos se apoyaron en su abdomen. Al momento las apartó sacudido por un escalofrío.

—Esta envoltura no es más que un recipiente. Me ha servido bien, no lo niego, pero ha llegado la hora de reclamar una morada superior.

—¿Qué quieres de mí?

—Que te alces, que despiertes tu fuego interior y calcines este mundo.

Cerón negó con la cabeza.

—Antes moriré.

—Lo sé. Pero esperaba que no fuera así. —Tarnicis miró hacia el cielo y frunció el ceño—. Los dioses y sus caminos, ¿verdad? Pero hay otros senderos que ellos no pueden controlar. Tal vez puedas vivir para siempre como yo. Sé que te atrae la idea.

Cerón apartó la mirada. En su fuero interno, sentía una aguda y macabra envidia de Kelldom. Él había doblegado a la muerte en más de una ocasión.

—La muerte nos iguala a todos. No es algo que podamos elegir.

—¿Ah, no? —Tarnicis se señaló a sí misma—. Discrepo de ti, mago. Tienes la prueba ante ti.

—¿Qué quieres de mí?

—Nada. ¿Es que una joven no puede visitar a su viejo amigo?

Esta estúpida niña que se empeña en acompañarme tiene necesidades.

Es irritante escuchar su voz todo el tiempo tratando de salirse con la suya, aunque nunca lo entenderías.

—Cerón enarcó una ceja recordando a Nefrén.

Conocía perfectamente la sensación—. He descubierto que, para acallar su vez de vez en cuando debo concederle ciertas…

ventajas. Hoy me ha pedido despedirse de ti, cree que vas a morir. Tiene algo que decirte.

Cerón miró con desconfianza al cuerpo de Tarnicis.

—¿Qué es?

La mujer negó con la cabeza. Movió un dedo ante los ojos del mago.

—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Pero, ¿cómo negar una última visita a un moribundo?

No soy tan malvado como crees. Sabes lo que busco y, aunque no lo entiendas, lo respetas.

Además, somos familia, ¿no es así? Las familias se cuidan entre sí.

Eso he oído, aunque mis padres no me cuidaron. Curioso, ¿verdad?

—Cada uno es responsable de su destino. No me das ninguna pena.

—Cierto. ¿Fue ella responsable de su desenlace? —Tarnicis chasqueó la lengua.

Cerón se vio obligado a guardar silencio. Tarnicis no era responsable de lo que le había ocurrido.

—Dame el mensaje y vete —pidió.

Tarnicis asintió. Un segundo después, su rostro se arrugó y las lagrimas llegaron a sus ojos. Cerón abrió los ojos de par en par.

“No te creas ni una palabra —dijo Nefrén”.

—He visto lo que quiere hacer, Cerón —dijo a toda prisa.

Miró a uno y otro lado como si esperara que regresara y le impidiera hablar—.

Quiere destruir a los dioses. Tienes que impedírselo como sea.

No permitas que… —La voz se cortó. Las lágrimas desaparecieron de su rostro, que volvió a mostrarse duro e inexpresivo—. Suficiente.

Tarnicis se giró dispuesta a marcharse. Caminó hacia la puerta y esta se abrió a su voluntad.

La temperatura descendió de golpe y Cerón pudo volver a respirar.

La joven abandonó el Fogón silbando una canción desconocida para el mago.

Cerón se quedó petrificado, incapaz de comprender qué había ocurrido.

“Me ha liberado —asumió. Tras la sorpresa inicial, se centró en sus palabras—. No permitas que… ¿Que qué?”

“Que mate a los dioses. ¿No te parece obvio?”

“No, para nada. Eso ya lo sabíamos”.

Cerón salió de la cárcel térmica de los Cazadores y buscó señales de vida en los alrededores. Ante él se materializó una figura conocida que alivió al mago como pocos hubiesen logrado.

—¡Kyran! —exclamó sorprendido y encantado de verlo—. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está el resto?

—¡Estás vivo! —El ojos violetas no daba crédito a lo que veían sus ojos—. ¿Cómo has salido?

—Me ha liberado una mujer, ¿no la has visto?

—¿Qué? No he visto a ninguna mujer.

—Está bien, déjalo. ¿Dónde está el resto? ¿Qué ha ocurrido? ¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Un día y medio —reveló Kyran. La respuesta cayó sobre Cerón como un jarro de agua helada—. Tienes que venir conmigo. Todos los Cazadores se han ido.

Kyran comenzó a caminar aceleradamente. Cerón lo siguió de cerca mientras hacía uso de su magia humana para llenar sus manos con agua condensada del aire, lo cual no le fue sencillo allí abajo.

La poca que pudo juntar estaba caliente y sabía a metal, pero le alivió una sed terrible que no se había dado cuenta hasta entonces de que tenía.

—¿A dónde se han ido?

—A las ciudades. Verás, cuando te trajeron al Fogón, Owen me pidió que me quedara en la sala donde todos los líderes de Destacamento, Ala y Orden se iban a reunir.

No te lo vas a creer, pero apareció tu chica.

—Kyran se volvió hacia Cerón buscando una respuesta de sorpresa que nunca llegó—.

Había hecho un pacto con una mujer Tharbrins llamada Audrielle.

Las ciudades para los humanos, pero los dragones y los Calán para ellos.

No se involucrarán en nuestro mundo si nos olvidamos de los dragones.

—¿Qué decidieron?

—Aceptaron. La supervivencia de la humanidad a cambio de terminar una guerra. Era demasiado bueno para ser real.

—Es demasiado bueno para ser real, mucho más cuando los Calán son precursores de los Tharbrins —aseguró poniendo en voz alta sus ideas. Sentía una sensación de urgencia que no podía frenar. No había tiempo para medias verdades o secretos—. Y creo que está relacionado con Darius de alguna manera.

—No… no creo que…

—No sé cómo, pero estoy seguro de que alguna relación hay. Solo tenemos que descubrirla. ¿A dónde se han ido los Cazadores?

—Eso es más difícil de explicar. ¿Recuerdas lo de El Rechazo?

—Sí, las Esencias se apagaban mucho antes y de forma errática.

—Eso es. Al parecer han encontrado una forma de solucionarlo… con runas negras.

Cerón se detuvo en seco.

“Tiene que ser una broma —dijo Nefrén en su cabeza”.

—Tiene que ser una broma —añadió el mago tan sorprendido como él. Kyran negó con la cabeza.

—Dicen que pueden sustituir las Esencias gracias a las runas y los líderes lo han creído. Se han distribuido por toda la Isla para ponerlo a prueba. Van a cambiar las Esencias de las ciudades por las runas negras.

—¡Ya viste lo que le hizo la corrupción a la ciudad de Vyr! ¡Hay que impedírselo!

—Han partido más de cien armadillos en todas direcciones. No podemos impedírselo.

Cerón se detuvo. Sintió una sensación de opresión en el pecho que le hizo doblarse sobre sí mismo.

“Es el fin de este mundo —aseguró Nefrén—. Kem ha ganado, la Oscuridad reinará en la Isla al completo”.

“Tenemos que impedirlo, tenemos que…”

“¿Cómo? —gritó el drugano en su cabeza—. Esas ciudades se rendirán a la Oscuridad, si es que no lo han hecho ya. Es el fin...”

—No pienso rendirme, Nefrén —respondió en voz alta sin darse cuenta. Masculló un improperio al darse cuenta—. Vosotros conocéis este mundo, ¿qué ha decidido Owen?

—Él se ha quedado. Tanto él como todo el Destacamento han sido detenidos. Solo el Archicazador puede liberarlos.

—Llévame hasta ellos.

—No servirá de nada, no puedes sacarlos de…

—¡Maldita sea, Kyran! ¡Lévame hasta ellos de una vez!

“A la mierda la escalera —le espetó al drugano de su cabeza”.

“Ahora sí”.

Kyran asintió. Las brumas los rodearon y echó a correr.

Cerón lo siguió de cerca a pesar del agotamiento fisiológico de soportar el Fogón durante más de un día.

Corrieron hasta que se detuvieron ante una celda sencilla en los pasillos de la fortaleza.

Nadie vigilaba sus barrotes. Para ser sinceros, no habían visto a nadie en ningún momento.

Reaparecieron y el Destacamento entero de Owen, junto a Cassius, Raanee, Rhogar, Vaelen y Doreen apareció ante ellos. Para sorpresa del mago, estaban encerrados en una sala de piedra negra.

—Esa piedra de las paredes es ónice —explicó el ojos violetas.

Cerón sacudió la cabeza al reparar en la casualidad.

Sin embargo, luego recordó que ya no creía en las casualidades, pero sí en la ironía de los movimientos de los dioses—.

No puede romperse y es capaz de doblegar nuestras Esencias .

Dentro de ellas, no somos más que humanos.

Tan solo con estar cerca de ella, nuestra habilidad disminuye.

Dentro… Thorgum no será capaz de levantar su cuerpo siquiera.

Los rostros de los prisioneros se volvieron hacia ellos. Cerón iba a hablar, pero Owen le detuvo.

—Ya estamos al día. Sácanos de aquí.

El mago asintió. Se humedeció los labios y pronunció el primer hechizo que se le ocurrió, uno diseñado para encontrar las líneas de tensión en la roca y hacerlas explotar.

Ladeó la cabeza cuando su magia fue incapaz de encontrar ninguna sobre la que actuar.

A continuación, trató de crear una llama ante él con la que derretir la piedra sin resultado alguno.

—No le afecta la magia. Parece una cárcel creada para contener a los propios dioses —dijo Owen.

—Sácanos de aquí, Cerón —suplicó Elyndra—. Necesito moverme…

El mago tragó saliva. Sabía otro conjuro que ya había funcionado con los niños de Vyr. Pronunció las palabras mágicas de transporte y el hechizo se esfumó en ante él.

—Mierda. Dejadme pensar.

“Quizá sea lo único que no debas hacer ahora. ¿Dónde crees que estará tu amiga y Kem ahora mismo?”

“Joder”.

—Apartaos —les pidió.