CAPÍTULO 8 #4
Frente al Fogón había una mesa de metal y una cama, lo que sorprendió al mago.
No obstante, permaneció concentrado en sus hechizos.
El calor que emanaba de la sala era terrible y estaba abierta y vacía.
Respiró hondo, apretó los dientes y caminó hacia el interior del Fogón por sus medios, sin que nadie le empujara u obligara, lo que causó una mueca de burla, sorpresa e incredulidad entre sus captores.
O no sabía a lo que se enfrentaba, o estaba loco.
“O las dos cosas —se dijo el mago”.
“Concéntrate —le dijo Nefrén—. O no saldremos vivos”.
Cerón amagó una sonrisa cuando escuchó las palabras del drugano. Su voz era tétrica, sin duda aún estaba preocupado por la aparición de Kem. Si el señor de los druganos negros se había involucrado hasta aquel punto, la situación se había vuelto mucho más desesperada.
—¿Dónde está el Tejedor de Fuego? —preguntó el ojos rojos mirando en todas direcciones.
El ojos azules, que por naturaleza no soportaba el calor como su compañero, avanzó por el corredor alejándose del la cárcel térmica.
Tras unos pocos metros, llamó a sus compañeros.
Cuando llegaron, descubrieron que, encadenados a los conductos de hierro hirviente, semidesnudos y cubiertos de sudor y hollín, se encontraban Cassius y Raanee.
Los habían sacado del Fogón tal y como Vaelen había pedido, pero tampoco estaban libres.
Ambos Cazadores estaban al borde de la muerte por una deshidratación extrema.
Su piel presentaba graves quemaduras inducidas por los Tejedores de Fuego, ampollas grotescas que deformaban su piel hasta no dejar casi lugares intactos.
Cassius tenía la cabeza caída sobre el pecho, y Raanee apenas pudo alzar los ojos al escuchar los gritos de los Cazadores.
Freya derritió las cadenas liberando los cuerpos debilitados de los Cazadores a pesar de provocar más quemaduras en sus muñecas. Al sostenerlos en sus brazos, sintió la fiebre abrasadora que devoraba sus cuerpos. Debían hacer algo cuanto antes.
—Abbey, agua para ellos. Baja su temperatura como sea —ordenó Owen, pero su Escama ya había comenzado a usar su habilidad sobre ambos Cazadores. Su respiración era agónica.
Una fina capa de hielo rodeó sus cuerpos.
Esta comenzó a derretirse casi al momento, lo que obligó a Abbey a mantenerse concentrada en ellos.
Controló su habilidad para mantener una capa fina de hielo, lo bastante gruesa para enfriarlos, pero no lo bastante para congelarlos.
La ojos azules conocía los estragos que las quemaduras de frío podían hacer.
—Dame hielo —dijo Freya, exponiendo las manos ante ella un cuenco.
Los ojos de Abbey destellaron y un cilindro de hielo creció entre sus palmas.
La ojos rojos llevó las llamas de sus dedos a la boca de Cassius y sus ojos brillaron lo suficiente para derretir el hielo lo bastante para darle de beber al Cazador.
Este bebió ávidamente, tosiendo y carraspeando.
Su garganta estaba tan quemada como él. Repitió el gesto con Raanee, que no estaba mejor que su marido.
Cerón dejó de escuchar lo que ocurría en el exterior cuando la ojos marrones se encargó de mover la puerta haciendo uso de su habilidad.
Esta se cerró con fuerza tras caer pesadamente, tanto que produjo un pequeño temblor en el suelo de piedra.
Los bulones de la puerta de metal se desplazaron a través de ella y se incrustaron en el marco.
Casi al instante, la temperatura comenzó a subir a toda velocidad.
Pronunció más y más hechizos sobre sí mismo mientras el aire comenzaba a bailar ante él, moviéndose a un lado.
Escuchó silbidos de algo que desconocía y una densa nube vapor ascendió desde el suelo quemando sus pies.
Saltó hacia un lado pero no había lugar a dónde apartarse.
Se humedeció los labios ya resecos por la temperatura. Inocentemente, el mago imaginaba que tendría tiempo para aclimatarse al cambio de temperatura. Pronto descubrió que no sería así. La magia comenzó a drenar sus fuerzas y se sentó aliviado al momento.
Su magia humana logró sostenerlo durante horas, si bien no estaba seguro de cuántas habrían pasado.
Allí dentro era imposible orientarse. Por suerte, no estaba solo, y Nefrén lo apoyaba con su irónico carácter.
El drugano era incapaz de entrever lo que Kem tramaba respecto a los Cazadores.
Mantuvieron una interesante discusión sin ningún resultado que entretuvo al mago durante horas.
Sin embargo, el tiempo transcurrió y sus fuerzas se drenaron poco a poco. El calor era abrasador, tanto que se sorprendió pensando en cuánto echaba de menos las montañas de los Calán. La nieve, el viento helado, el hielo en la piel… cerró los ojos y visualizó el momento con todas sus fuerzas.
Frunció el ceño extrañado de la sensaciones que su cuerpo le transmitía. Percibió con claridad el hechizo de transporte y borró de su mente la idea de las montañas, preocupado porque su magia lo llevara hasta allí abandonando a los Cazadores.
Sin embargo, no era él quien se alejaba de allí, sino que alguien llegaba a visitarlo.
Tarnicis apareció ante él, con una sonrisa irónica en sus labios.