Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 8 #3
45%

CAPÍTULO 8 #3

Docenas de pares de ojos dorados ardieron tratando de contener a la mujer de fuego, pero ninguno de ellos fue capaz de expulsarla de allí. Muchos corrieron hacia la puerta en busca de su equipo para enfrentarse a ella.

—No os hará daño, ¿a que no? —preguntó Tarnicis a la criatura de fuego ante ella. Esta negó con la cabeza. Apretó los dientes mientras miraba la mesa de madera con desesperación—. Responde, Audrielle.

La mujer Tharbrins miró a los Cazadores ante ella.

—Tenemos un trato que ofreceros —dijo mirándolos a todos—. Un trato con los hombres y mujeres de la Isla que solo la Academia puede firmar.

—¡Imposible!

—¡No os fiéis de ella!

El Archicazador se volvió hacia ella mientras observaba su figura ardiente con interés. Jamás había visto a un Tharbrins tan de cerca. Con el tiempo había llegado a pensar que no eran más llamas devoradoras ajenas a toda humanidad.

—¿Cuál es el trato? —preguntó.

—Solo queremos a los Calán —aseguró—. Nada más. Podéis quedaros vuestras ciudades. Los humanos no nos interesan. Renunciad a ellos y no os molestaremos.

—¿Qué hay de las Esencias ? —preguntó alguien que Kyran no pudo llegar a ver entre el gentío arremolinado.

La Tharbrins ladeó la cabeza. Miró a Tarnicis con rabia.

—Quedaos las que tengáis y haced con ellas lo que queráis. Pero los dragones y los Calán son nuestros.

Tarnicis chasqueó los dedos y Audrielle desapareció por completo. Se inició una discusión entre los Cazadores.

—El poder de las runas negras es capaz de esto y mucho más. Ellas protegerán las ciudades y las harán habitables. Solo tenéis que renunciar a cazar dragones. Es un buen plan, ¿no os parece?

—Cazar dragones es lo único que sabemos hacer.

—¡Somos Cazadores!

—¿Sois Cazadores por la caza o por proteger a los humanos? —interrumpió Tarnicis.

Guardaron silencio, heridos en el orgullo. El Archicazador respiró hondo antes de hablar.

—El trato está sellado —claudicó el Archicazador al fin, sin que nadie en la sala osara alzar la voz contra su sentencia, si bien muchos rostros miraron al suelo con dolor—. Los Cazadores dejarán de cazar. La Academia cerrará sus puertas y ningún Cazador será formado jamás de nuevo.

Tragó saliva con dolor. Los rostros desencajados del público asistían incrédulos al final de miles de años de Academia ante sus ojos. No fueron pocas las lágrimas procedentes de ojos dorados en la sala.

Tarnicis asintió satisfecha.

—Debéis proteger las ciudades aún. Tal vez el pacto con los Tharbrins evite la guerra contra ellos, pero no contra los dragones. Si caen las Esencias que protegen las ciudades, los dragones las reducirán a escombros. Debéis partir para protegerlas ahora que El Rechazo se ha iniciado.

El Archicazador se dejó caer en su silla y negó con la cabeza.

—Un Destacamento a cada ciudad pequeña. Los líderes de Ala distribuirán los efectivos en todo el territorio.

Llevaos todo lo necesario para un viaje largo —ordenó con los dientes apretados.

La historia recordaría que había sido él quien había destruido la Academia empujado por las circunstancias—.

Repartid a todos los Cazadores, llenad los armadillos y partid de inmediato.

Solo permanecerán aquí los alumnos de primer y segundo año.

Tercero y cuarto partirán para ayudar. Los profesores serán destinados teniendo en cuenta sus incapacidades.

—El Archicazador se puso en pie y pidió silencio con las manos—.

Juramos proteger al mundo por encima de nuestras vidas, y eso significa por encima de la Academia, no lo olvidéis jamás.

Proteger las ciudades con las runas negras y entregad a los dragones al fuego.

—Ellos respetarán el pacto —aseguró Tarnicis dando un paso hacia las sombras. A su lado se encontraba Kem, que parecía haberse fusionado con ellas.

La reunión se disipó rápidamente y Kyran escapó en cuanto se abrió la puerta, pálido y aterrado.

Había presenciado la caída de la Academia y la destrucción de las ciudades ante sus ojos.

Sabía perfectamente que las runas negras solo destruirían las cúpulas de las ciudades. Tenía que avisar a Owen cuanto antes.

El descenso hacia los niveles inferiores, los llamados Disciplinarios, fue un viaje directo a un infierno de vapor y piedra.

A medida que bajaron, el aire limpio y fresco de los niveles superiores desapareció, reemplazado por una atmósfera sofocante, densa y cargada de una humedad que se condensaba sobre sus capas de Cazador e, incluso, dificultaba la respiración.

El Fogón era el lugar donde la Academia castigaba a los desertores o quebraba la voluntad de los insubordinados.

Un laberinto de conductos de hierro siseantes, cañerías purgadoras y pasadizos angostos que apenas permitían el paso de dos hombres en línea.

El líder de Orden de ojos negros se vio obligado a detenerse antes de entrar siquiera, dejando el resto del camino a sus compañeros.

Cerón avanzó dócil y sin decir una palabra.

Sin embargo, sus labios no dejaban de moverse pronunciando hechizos de protección sobre sí mismo que habrían de permitirle soportar al calor que le esperaba.

Recordaba a la perfección el calor que los dragones habían provocado en el armadillo durante su batalla unos días antes.

En aquella ocasión, los Cazadores habían insinuando que casi se parecía al Fogón, por lo que esperaba que fuera aún peor.

Llegaron finalmente a la gran compuerta acorazada que sellaba las celdas de aislamiento térmico.

Era un bloque macizo de hierro fundido, bloqueado por tres pestillos cilíndricos que ni siquiera los más poderosos ojos negros podrían vencer.

La puerta estaba abierta y Owen se asomó al interior en busca de Cassius o Raanee, o de sus restos si habían llegado demasiado tarde.

Por suerte, no descubrió ni cuerpo ni resto alguno que delatara el terrible desenlace.

—¿Quién ha liberado a los traidores? —preguntó el ojos azules.

—Vaelen ordenó liberarlos cuando vio los recuerdos de extranjero —dijo Owen, lo que provocó una mirada de desaprobación. No obstante, guardó silencio. Tal vez Vaelen no fuera un líder de Orden como ellos, pero era un ojos dorados de muy alto rango, tal vez justo por debajo del Archicazador.