CAPÍTULO 8
FUEGO Y OSCURIDAD
Vaelen se adelantó a Owen antes de que respondiera.
—Yo mismo envié los mensajes a los Destacamentos —informó con autoridad—. La petición pedía claramente averiguar qué ocurría y traer al extranjero para desmentir la versión de Cassius y Raanee. En ningún momento se ha hablado de asesinar a un humano. Somos Cazadores de dragones, no de humanos.
A su alrededor, muchos rostros asintieron a sus palabras, la mayoría de ellos dorados, líderes de Ala como el mismo Vaelen.
—Cualquier Cazador con un mínimo de juicio sería capaz de entender la grave situación que se cierne sobre la Academia.
Hasta el más necio comprendería que difundir el rumor de un ojos blancos es un peligro que debe eliminarse —aseguró el Archicazador.
Sus ocho compañeros, cada uno de un color único, asintieron—. No existen los ojos blancos.
—¿Esa es la decisión de la Academia? —preguntó Owen adelantándose a su padre.
—Sí.
—Yo cuento diez lugares en esta mesa —dijo, señalando el hueco vacío, uno que jamás se había utilizado, al menos hasta donde él recordaba.
El rostro del Archicazador se contrajo. Sus ojos se volvieron instintivamente hacia el espacio vacío.
—Ese asiento no está reservado a un color, sino a un humano normal —aseguró tras una pausa.
Su tono era tranquilo y respetuoso a pesar de la contradicción—.
Nunca se había usado hasta ahora, porque ningún humano ha superado la Academia sin ser bendecido por una Esencia .
Este lugar está reservado para él, no para una mentira perdida en el tiempo.
—Líder de Orden —se adelantó Vaelen de nuevo, dejando a su hijo tras él—. He visto sus recuerdos, esa ojos blancos existe. Está viva, señor. Debemos preparar a la Academia para…
El Archicazador descargó un puñetazo sobre la mesa con una violencia descomunal, haciendo retumbar la piedra.
—¡No existen los ojos blancos! —gritó furioso.
Toda su templanza se había borrado de su rostro.
Miró a su alrededor y observó todos los rostros fijos en él.
Abrió y cerró los dedos conteniendo su frustración—.
No es el momento para esto, líder de Ala.
Decidamos qué hacer con el extranjero y, después, valoraremos esos recuerdos.
Vaelen asintió e indicó a Cerón que se adelantara a él.
Lo acompañó hasta el borde de la mesa a la que estaban sentados los líderes de Orden.
El tamaño del Cazador de ojos negros le devastó.
Debía de ser el doble de grande que Thorgum.
Se obligó a apartar la mirada de él tratando de no ser irrespetuoso.
El Archicazador asintió ante él instándolo a tomar la palabras.
Cerón se humedeció los labios mientras meditaba qué decir a aquellos Cazadores que lo querían muerto por traer recuerdos que no querían escuchar.
El recuerdo de la reacción de los Calán volvió a su memoria.
No eran tan diferentes como querían creer.
Pero ¿qué decirles sin incendiar su ira más?
Estaba claro que no querían oír hablar de Aylwin, pero no era la misma respuesta que había tenido Vaelen, que sí que había asumido y aceptado su recuerdo.
El mago estaba seguro de que mostrar el recuerdo al Archicazador no serviría de nada.
Decidió dar un rodeo esquivando a Aylwin mientras pudiera, al fin y al cabo, tenía mucho que decir no relacionado.
—Mi nombre es Cerón. Vengo del continente, muy al norte de aquí —comenzó mirando a todos los presentes uno a uno.
La mayoría de ellos mostraban heridas que imposibilitaban su permanencia en el combate, lo que explicaba que hubiesen derivado hacia labores de gobierno y consejo, tal como había hecho Doreen—.
Soy un mago humano. He venido solo a este mundo, sin aliados ni enemigos.
—¿A qué has venido? —preguntó el Cazador de ojos negros. Este permanecía de pie, no había silla capaz de sostenerlo.
Cerón sostuvo su mirada por un momento mientras decidía qué contar.
No podía hablarles de Tarnicis, pues esta parecía una aliada de alguno de ellos.
Se maldijo por no haber preguntado de quién era aliada, pero algo le decía que sería del Archicazador.
Ella no se rebajaría a menos, cuando solo la palabra de él era ley en aquel lugar. Decidió empezar por el principio.
—A descubrir cómo funcionan las runas negras de Praedesi para aprender cómo usar las runas blancas, mucho más poderosas. Con ellas quiero enfrentarme a Praedesi, pues han llegado a mi mundo y amenazan con destruirlo.
—Poco nos importa la suerte que corra tu mundo —sentenció el Archicazador.
—Todos los mundos están conectados, queramos verlo o no. El surgimiento de Praedesi en vuestro mundo ha llegado al mío. Aún no lo han hecho los Tharbrins, pero sé que lo harán también.
—Un problema menos para nuestro mundo. —El Archicazador rio.
—Sería menos problema si lograrais matarlos, líder de Orden.
—Si pudiéramos matarlos, ya lo habríamos hecho.
—Yo he acabado con ellos —aseguró Cerón, erguiéndose con orgullo.
La sala quedó en silencio de pronto. El rostro del Archicazador se frunció.
—Los Cazadores han escuchado tus palabras, te han dado permiso para entrar en su Academia donde ningún extranjero ha entrado jamás.
—Cerón se contuvo a duras penas de responderle que al menos una mujer lo había hecho—.
¿Y te atreves a mentirnos a nuestra cara?
—Su rostro enrojeció de rabia. Cerón miró tras de sí y descubrió a Vaelen tan sorprendido como a su líder de Orden.
Owen le susurraba al oído la explicación.
—¡Estoy diciendo la verdad! —exclamó, dando un paso adelante.
El Cazador de ojos grises se materializó ante él y puso una mano en su pecho impidiéndole avanzar.
La magia telépata de Cerón reaccionó al instante protegiendo a su portador.
El ojos grises salió despedido, golpeándose contra la mesa y rebotando sobre ella hasta impactar contra el ojos negros, que lo recogió con su única mano en la cual cabía casi por completo.
Cerón se apartó y alzó las manos desnudas—. ¡Lo siento! No pretendía…
La ojos verdes corrió hacia su compañero herido mientras el Cazador de ojos violetas desvanecía en la penumbra a los líderes de Orden, salvo al Archicazador, que miraba furioso al mago ante él.
Se levantó de su asiento con una furia desmedida, sus ojos brillando como dos soles ardiendo en su rostro tratando de apagar la magia del telépata sin éxito alguno.
—¡No ha sido su intención! —gritó Owen, que ya conocía como funcionaba la magia de Cerón. Se adelantó hacia él, pero Vaelen lo sujetó por el brazo y lo hizo detenerse.
—¡Matadlo! —gritó fuera de sí como jamás nadie le había visto. Cerón retrocedió. No podía ver cómo le atacarían, pero su magia comenzó a protegerlo. Sintió una fuerza rodeando su cuerpo, cálida y protectora, casi insinuadora, instándolo a defenderse por su cuenta.
Vaelen recordó su propia visión tan solo unos minutos antes. No podía permitir que atacaran al mago, las consecuencias serían terribles para todos ellos. Tiró de su hijo hacia atrás y se situó ante Cerón.
—¡Alto! —ordenó mirando en todas direcciones a puntos fijos que solo él era capaz de ver—. ¡No cometáis ese error! He visto lo que pasará si le atacáis, confiad en mí, sería el fin de la Academia.
—Y no queremos eso, ¿verdad? —preguntó una voz masculina que se adentró en la estancia tras la mesa que presidía el Archicazador.
Cerón chasqueó la lengua cuando reconoció a Kem caminando tras el líder de la Orden.
Este lo miró y agachó levemente la cabeza.
El drugano negro avanzó hasta la octava silla y se sentó en ella, tomándose el tiempo necesario para que todos lo observaran—. ¿Qué me he perdido?
—El extranjero miente y trae calumnias ante esta cámara y ahora ha atacado a uno de los nuestros.
Kem observó a Cerón de arriba abajo, tomando nota de cada uno de los cambios sufridos tras su primer y único encuentro. Se recostó sobre el respaldo y se cruzó de piernas.
—Adelante, pues. Me deleitaría ver cómo intentáis destruirlo; será un espectáculo revelador.
El Archicazador lo miró con el ceño fruncido. Sus ojos escrutaron al drugano que para él no era más que un humano normal y corriente que, al parecer, había pasado las pruebas de la Academia sin haber uso de ninguna Esencia . Para el señor de los druganos negros no debía haber sido tan difícil.
—¿A qué te refieres? ¿Lo conoces?
—Sí —aseguró Kem.
—¡No! —rechazó el mago al momento.
—Vamos, vamos… no hace falta ponerse así. Nos conocimos hace unos días, si bien debo decir que fue un encuentro muy breve. Lo encontré vagando por el norte de la Isla sin saber a dónde ir.
—¿Lo dejaste con vida?
—En ese momento no era un peligro. ¿Lo eres ahora?
—No he venido a causar problemas —respondió Cerón a regañadientes. Vaelen se retiró un par de pasos cuando observó que la situación se calmaba, al menos en parte.
—Ya, has venido a recordarles una leyenda negra de su historia. Tal vez no quieras causar problemas, pero sí traes dolor.
—También traigo cómo acabar con los Tharbrins. Seguro que eso te duele, ¿no es así?
El rostro de Kem no se inmutó en absoluto. Sacudió la cabeza desconcertado, como si no supiera de que hablaba. Si Ónice sabía mentir, Kem era su maestro elevado a la enésima potencia.
—Son un problema en este mundo, estaría bien saber cómo lo harías.
—No te diré una palabra —le espetó.
—Guarda el respeto que merece —le atajó el Archicazador. Kem imitó un gesto de ofensa terrible—. Es el octavo miembro de la mesa.
Cerón se humedeció los labios sin saber cómo continuar.
Si le decía a Kem cómo acabar con los Tharbrins, trataría de evitarlo por todos sus medios.
Sin embargo, a aquellas altura Tarnicis debía estar al corriente, la mujer Tharbrins había acudido a ella tras ver cómo moría su congénere.
La línea entre hablar de más o de menos era muy fina, tanto que se difuminaba ante él.