CAPÍTULO 7 #4
—Vamos a dentro. Tenéis que dar muchas explicaciones a la Academia.
Seguidme todos menos ellos y Darius. Liora, quédate con él —indicó.
Conocía a cada Cazador por su nombre, su historia y sus anhelos.
No debía separar a la ojos naranjas de Darius por nada del mundo, era lo único que lo controlaba.
Un carro llegó tirado por un Cazador de ojos negros.
Sobre él, dos ojos verdes que se dirigieron hacia Darius.
Vaelen inició la marcha y Owen lo siguió a pocos metros.
El resto de los Cazadores los siguieron, salvo su propio ojos negros y Rhogar.
Pronto descubrió a los líderes de Ala negros caminando hacia la pelea.
Cerón quedó impresionado de su tamaño, confirmando que tanto hombres como mujeres tenían el mismo tamaño cuando la Esencia negra se unía a ellos.
Llegaron a la primera muralla y esta se abrió a su paso.
Avanzaron hasta atravesar los tres patios siguientes, cada vez más pequeños.
A pesar de la tensión y la hostilidad evidente, Cerón no pudo evitar maravillarse al adentrarse en las entrañas de la Academia.
La arquitectura rivalizaba con las mayores capitales de su propio continente.
Atravesaron galerías abovedadas donde colosales estatuas de Cazadores antiguos sostenían el techo, esculpidas en una piedra tan dura que parecía cristal ahumado.
Puentes de piedra colgaban sobre abismos interiores iluminados por cascadas de luz mágica.
En todas direcciones encontró a jóvenes entrenando en extrañas y desconcertantes máquinas y pruebas.
Era un santuario de la supervivencia humana, un tributo a la voluntad de resistir contra lo imposible.
—Kyran —reclamó Owen. El ojos violetas lo alcanzó a la carrera—. Quiero que te escondas y pases desapercibido.
—¿Señor?
Pero Owen no contestó. El ojos violetas asintió y se retiró dejándose caer hasta el final de la comitiva, donde desapareció gracias a su habilidad.
Dos soberbias batientes de roble negro con herrajes de plata se abrieron hacia el interior con un gemido sordo, revelando el Gran Salón del Cónclave.
Cerón, habituado a las cortes de su propio continente, esperaba encontrar una cámara diseñada para la diplomacia, llena de tapices ostentosos, tronos acolchados y ancianos decrépitos envueltos en sedas que gobernaban desde la comodidad de la retaguardia.
Se equivocaba.
El Gran Salón era una caverna circular esculpida directamente en el corazón de la montaña, desnuda de cualquier adorno que no fuera estrictamente necesario.
En el centro no se erguían tronos, sino una inmensa mesa de obsidiana alrededor de la cual aguardaban, en un silencio denso como el plomo, los líderes de la Orden.
No eran burócratas como esperaba. Ellos eran leyendas vivas, los guerreros más letales y condecorados que aquel mundo helado había engendrado, los mismos que habían forjado a la actual generación de Cazadores a base de sangre, hielo y muerte.
Cerón sintió que el aire se volvía más denso al cruzar el umbral.
La presencia de aquellos líderes era abrumadora, una presión física que emanaba de sus cuerpos curtidos.
A la izquierda de la mesa se erguía una mujer de cabello gris trenzado; le faltaba el ojo derecho y toda la mitad de su rostro era un mapa de cicatrices brillante, el inconfundible recuerdo de la llamarada de un dragón.
A su lado, apoyado en un espadón que superaba en altura al propio Cerón, aguardaba un guerrero descomunal al que le faltaba el brazo izquierdo desde el codo, reemplazado por un muñón envuelto en cuero endurecido.
Todos y cada uno de los presentes portaban las marcas de haber mirado a la muerte a la cara mil veces y haberla obligado a retroceder.
Cuando el escuadrón entró, la reacción de los Cazadores de Owen fue inmediata y visceral.
Thorgum, el gigante que había destrozado el cráneo de un dragón días antes y que parecía no temer a nada en el mundo terrenal, hincó una rodilla en el suelo de piedra e inclinó la cabeza.
Terra, que había recuperado las fuerzas a duras penas y se apoyaba temblando en los hombros de Ronan, hizo una profunda reverencia.
Todos a su manera rindieron respeto a los Cazadores legendarios que lideraban la Academia, todos merecedores de su rango.
Owen, manteniéndose en pie pero con la cabeza inclinada en un gesto de profundo respeto, dio un paso al frente.
En el centro de la mesa de obsidiana, un Cazador cruzó los brazos sobre su inmenso peto.
Era un hombre que parecía tallado en la misma roca de la montaña, con una barba corta y canosa, y unos ojos del color del oro frío que se clavaron en Owen como lanzas.
A continuación, recorrieron a los presentes deteniéndose en cada uno de ellos.
—Habla, Owen —indicó con voz dura e impaciente—. ¿Por qué has vuelto a la Academia?
—Gran Archicazador —dijo el líder de Destacamento—. Hemos encontrado al extranjero que buscabais y lo traemos ante el Consejo.
El Archicazador, líder máximo de la Academia, se inclinó hacia delante. Frunció el ceño con sorpresa.
—Me temo que interpretaste mal la orden, líder de destacamento Owen —sentenció el Archicazador con voz gélida—. La instrucción era ejecutarlo, no traerlo ante mí.