CAPÍTULO 7
LAS NORMAS DE LA CAZA
El angosto desfiladero obligó a los armadillos a avanzar en una lenta y agónica procesión. El metal de ambos lados chirriaba contra las afiladas paredes de roca viva, arrancando chispas que se perdían rápidamente en la penumbra del abismo.
—Despacio —indicó Terra a Thorgum y a Rhogar, que seguían empujando el convoy desde hacía días.
Solo en escasas ocasiones uno de ellos descansaba y comía antes de volver a su puesto, momento que aprovechaba el otro para hacer lo mismo.
Sin embargo, eran breves los periodos con uno solo de ellos empujando, por lo que el ritmo casi no se redujo—. Muy despacio.
El Cazador de ojos marrones maniobró el convoy y eligió el camino correcto en la siguiente encrucijada de los cuatro senderos que se abrían ante él.
A lo largo de la jornada, Terra sopesó el rumbo en más de veinte ocasiones, sorteando con destreza el laberinto de senderos ciegos entre las montañas.
Durante lo que parecieron horas, el mundo entero se redujo a piedra oscura y a hielo implacable hasta que el laberinto de piedra, nieve y hielo terminó de pronto.
Al dejar atrás el último recodo del traicionero paso de montaña, la oscuridad opresiva se rompió de golpe. Cerón, apoyando el rostro contra la escotilla cubierta de escarcha, sintió que el aliento se le cortaba en la garganta al descubrir al fin el lugar que llevaba días buscando.
La Academia no era un castillo, ni siquiera una gran ciudad fortificada.
Era una megalópolis militar esculpida directamente en las entrañas de un colosal anfiteatro natural formado por los picos más altos de la cordillera.
Las murallas escalonadas se alzaban cientos de metros sobre el nivel del hielo, conformadas por inmensos bloques de obsidiana pulida que reflejaban la luz como espejos oscuros.
Altas torres de vigía, unidas por puentes de piedra que parecían desafiar la gravedad y los vientos huracanados, coronaban la estructura, formando una corona de agujas desafiantes contra el fin del mundo.
Sin embargo, la auténtica majestuosidad residía en el manto mágico que la custodiaba.
A diferencia de la cúpula moribunda, tóxica y resquebrajada que habían visto pudrirse en Vyr, el escudo de Esencia que protegía el bastión principal de los Cazadores era de una pureza abrumadora.
Era denso, brillante y latía con una cadencia perfecta, envolviendo toda la gigantesca fortaleza en un aura de luz azulada y dorada.
“El Conducto de la Diosa... —pensó Cerón. Al fin lo había encontrado”.
“Yo lo hice una vez. Soy el único que ha hallado dos de ellos”.
“¿Cuántos crees que habrá? —preguntó el mago al pensar en la posibilidad de que no fueran los únicos”.
“Algo me dice que lo averiguarás”.
Por primera vez desde que compartían mente, Nefrén no emitió ningún comentario sarcástico ni destiló veneno.
El antiguo señor de los druganos oscuros guardó un silencio sepulcral, reverencial y, tal vez, quizá ligeramente temeroso ante la magnitud de la divinidad que se ocultaba bajo aquella ciudad fortaleza.
Cerón guardó silencio también y siguió observando a la Academia alzándose ante él. Era una fortaleza sobrecogedora en la que la piedra y el metal eran los elementos característicos. Para sorpresa del mago, todo estaba construido con piedra o metal negro.
Los armadillos se liberaron de los caminos de montaña y comenzaron el ascenso por la rampa que conducía a la puerta principal.
A medida que se acercaban, las murallas se hicieron más altas y detalladas.
Cerón pudo comprobar la gran cantidad de escorpiones que se alzaban sobre ellas.
El número de aquellas armas en Vyr le había parecido excesivo, pero en la Academia su número se quintuplicaba sin esfuerzo.
Los escorpiones se distribuían por todo el adarve dejando pocos metros entre cada uno de ellos.
Cerón desistió de contarlos cuando calculó más de cien solo en la muralla ante él.
Estuvo seguro de que habría muchos más fuera de su vista.
—Increíble —dijo sin poder contener su sorpresa y admiración ante una fortaleza semejante. Owen asintió a su lado.
—La Academia jamás ha sido tomada y han sido muchas las veces que lo han intentado —aseguró.
Señaló a la muralla y Cerón prestó atención al lugar preciso—.
Puedes ver las marcas de las garras de los dragones en sus muros, están repartidas por todos ellos.
¿Sabías que la piedra era blanca cuando se creó la Academia?
—¿Blanca? —El mago sacudió la cabeza—. Entiendo, la han ido reemplazando por piedra negra debido a los daños causados por…
—¿Daños? —Owen rio de buena gana. Su rostro estaba agotado, pero se sentía feliz de volver a su hogar, si era posible llamar hogar a un lugar en que había estado a punto de morir mil veces—.
No, es negra porque las llamas de los dragones la han quemado mil veces y aún sigue en pie.
Es el recuerdo de la lucha de muchas generaciones pasadas.
No verás a nadie tratando de quitar el hollín de ellas, te lo aseguro. Es el testamento de incontables vidas.
Cerón se mostró tan impresionado como se esperaba de alguien que escuchaba aquella historia, de la cual Owen podía relatar miles similares.
—¿Aquí se produjo la Guerra de las Esencias? —preguntó recordando la historia de Valeria, común tanto para los Cazadores como para los Calán. Era el inicio de su mundo y de todo lo que ocurría a continuación.
—En efecto. Valeria ingresó en la Academia como una más tras ser seleccionada en la ciudad de Trimen. No toda su historia se desarrolla en la Academia, pero sí que fue su hogar durante varios años antes de que…
Melissa apareció ante Owen.
—¿Retiro las protecciones? —preguntó solícita.
—Adelante. Dejemos que nuestros hermanos nos vean llegar.
La Cazadora de ojos violetas difuminó el espejismo y el convoy pudo ser visible por cualquiera en el exterior.
Cerón observó el cielo instintivamente en busca de peligros, un gesto que había aprendido por las malas durante su viaje.
Se preguntó si alguna vez en su vida dejaría de hacerlo tras las semanas en la Isla.
El convoy se detuvo a poco más de cincuenta metros de la puerta principal que, para sorpresa del mago, era de madera.
En aquel mundo asediado por el fuego, encontrar algo así se había vuelto extraño para él.
La entrada, de menos de diez metros de altura, no encajaba con la enorme muralla sobre ella.
El mago miró hacia arriba y descubrió que varias docenas de armas de asedio apuntaban hacia ellos.
Desde luego la confianza no era la principal virtud de los Cazadores.
Owen salió al exterior y se subió sobre el vehículo y se adelanto hasta el primer armadillo, donde Terra se retiraba tras dejar caer al convoy. El líder del Destacamento alzó los brazos. Sus ojos brillaron con intensidad.
—No será necesario —aseguró con un murmullo a su izquierda—. Puedes bajar el arma.
Cerón observó la escena sorprendido, sin embargo pronto recordó su primer encuentro con los Cazadores y chasqueó la lengua.
El grupo con el que viajaba no era el único con habilidades.
Aceptó que en cualquier momento estaría vigilado, viera o no al responsable.
La habilidad de los ojos violetas podía permitirles estar en cualquier momento y lugar.
Tal y como había deducido, un joven de ojos violetas se materializó al lado de Owen.
A su lado, un hombre de mediana edad, sobrio, recto y duro, se situó ante Owen.
Eran tan similares en su postura y actitud que a Cerón no le sorprendió que fuera un ojos dorados, los mismos que eran designados líderes en la Academia.
¿Se convertían en líderes por sus ojos dorados o era este color el que crecía en ellos por ser líderes natos?
Era una pregunta que no tendría respuesta si no pasaba por la Academia desde su inicio y él no tenía tiempo para ello, si bien le hubiese gustado.
Tomó nota mental de encontrar el libro “Ojos de hierro” para leer la historia de la Academia, aunque fuera a través de los ojos de Valeria. Seguramente en sus páginas estuvieran todas las respuestas sobre los Cazadores y hasta de los Calán.
El hombre estiró el brazo hacia Owen y este agarró su antebrazo con fuerza en un saludo característico entre Cazadores. Un segundo después, se fundieron en un abrazo.
—No será necesario, tal y como ha dicho el líder de Destacamento Owen —aseguró. Su voz era más autoritaria que la del Cazador que llegaba a la Academia—. Imagino que tienes mucho que contarnos, ¿verdad?
—Mucho es una palabra que se queda muy corta —respondió bajando la cabeza ante el hombre. Este tiró de su brazo y lo obligó a alzar la mirada.
—En los ojos de un Cazador está su valor —le espetó—. Y ese no tiene en cuenta los rangos, líder de Destacamento.
—Sí, mi líder de Ala. —Owen levantó los ojos de nuevo y mantuvo su mirada. El hombre asintió conforme.
—Avisa que abran las puertas —dijo al aire. Una sombra se evaporó sin que Cerón la hubiese visto siquiera anteriormente. Esta se fundió con la muralla y, tras unos breves segundos, la puerta de madera se alzó. Tras ella, una barrera metálica la acompañó. Era tan gruesa como la propia muralla.
—Mi ojos marrones está agotado por completo —dejó caer Owen. El hombre ante él frunció el ceño.
—Ningún Cazador se rinde si no es la muerte la que lo detiene —dijo con dureza.
Cerón abrió los ojos de par en par al escuchar sus palabras.
—Terra merece descanso, se lo aseguro. Cuando escuche mi relato, lo comprenderá. La muerte sería un alivio para cualquiera de nosotros.
El líder de Ala enarcó una ceja y asintió lentamente asumiendo sus palabras, de las que tendría que dar explicaciones. La debilidad no sería tolerada jamás tras los muros de la Academia. Fuera de ella, serían los dragones los que no tolerarían el defecto.