CAPÍTULO 6 #4
El pelirrojo da un paso al frente y se interpone entre los tablones que ya crujen y nosotros.
Alza su mano derecha y, concentrando la magia, traza en el aire una extraña runa de un rojo incandescente, casi sangriento.
Con un movimiento seco, la estampa directamente sobre la madera.
El fulgor carmesí de su magia se extiende por los cerrojos y las bisagras, sellando la puerta de forma provisional y frenando el embate exterior por unos preciosos y agónicos segundos.
El estruendo en la puerta es ensordecedor. Las bisagras crujen y la runa carmesí que el pelirrojo ha sellado sobre la madera parpadea, perdiendo intensidad a cada segundo bajo el embate incesante del Martillo.
Con un estallido sordo que hace vibrar el suelo, la puerta doble de los aposentos vuela en pedazos.
La magia dorada de Heindor hace añicos la barrera carmesí, escupiendo astillas del tamaño de cuchillos por toda la estancia.
Las tropas de élite del Martillo irrumpen en la habitación como una riada de metal y muerte, con las armas ante ellos y los ojos opacos encendidos por la ira de su titiritera.
Sonthorn no duda. En el mismo instante en que el primer soldado cruza el umbral destruido, un estallido de poder brutal emana de su cuerpo.
El aire se vuelve denso y cargado de estática mientras invoca su linaje.
De su espalda rasgada emergen cuatro inmensas alas de plumas doradas, desplegándose con una fuerza que derriba la cama y destruye las lámparas de cristal de las paredes.
Ya no es el semental rendido; es la muerte dorada encarnada.
Da un paso hacia mí con la mano extendida. No tengo que preguntar. Le lanzo su espada.
El arma cruza el aire trazando un arco pesado.
Sonthorn la atrapa al vuelo y, al contacto con su piel, la hoja grisácea se incendia al instante con un fulgor azul eléctrico.
La luz de la espada es deslumbrante, ciega a los primeros soldados y baña la habitación entera, pero el drugano la empuña con absoluta naturalidad, sin que el poder desatado queme su carne.
Los guardias del Martillo se detienen en seco, formando un muro infranqueable en el pasillo despedazado.
De entre la marea de armaduras doradas emerge Lysandra.
Mi hermana está furiosa. Ha regresado a toda prisa desde las catacumbas, arrastrando tras de sí un aura de magia tan densa que resulta asfixiante. Aún viste solo el jirón de seda con el que abandonó la alcoba, pero el poder que irradia su figura hace que el frío polar parezca insignificante.
Se detiene en mitad del umbral destrozado, clavando sus pupilas afiladas en la escena.
Observa al hombre pelirrojo tan similar a Úrsula que estoy seguro de que se ha dado cuenta como yo de qué es.
A continuación observa al Uldenhar agazapado y listo para matar, a su semental de cuatro alas blandiendo su espada azul liberado.
Lysandra ladea la cabeza y una sonrisa perturbadora y cruel aflora en sus labios.
La sonrisa de la tirana se ensancha, saboreando el momento de tenernos acorralados... pero al cruzar su mirada con la mía, el gesto se congela en su rostro.
Su hermano. Sé que lo sabes en cuanto me ve. Ahora sí me ve.
Sosteniendo los restos de mi lanza y posicionado en su contra, oculto entre aquellos que han venido a destruir su imperio.
El letargo se ha roto por completo en mí.
Sostener la espada de Sonthorn durante aquellos agónicos minutos, estar expuesto a la radiación pura de su inmenso poder de drugano cuando recuperó la consciencia, ha despertado la magia latente que llevo toda la vida reprimiendo.
Siento un escozor frío y vibrante en los ojos; la ilusión mágica que me protegía ha caído.
El falso oro opaco que ocultaba mi verdadero linaje se ha desvanecido por completo.
No necesito un espejo para saberlo: mis pupilas brillan ahora con el mismo fulgor plateado y letal que las de la mujer que tengo enfrente.
La marca innegable de nuestra sangre. Soy su vivo reflejo.
Un reflejo que debería estar muerto.
Ya no hay forma de engañarla, no hay casco abollado ni armadura de soldado raso que pueda ocultar la verdad que clama en mi mirada.
El reconocimiento la golpea de lleno. Veo cómo los engranajes giran en su mente despiadada.
La comprensión de que el bebé que asesinó en la cuna no era su hermano, la certeza de que Vórian la engañó y de que su propia sangre ha estado respirando a su lado, escondida entre su guardia personal durante décadas, hace que la sorpresa inicial se convierta en puro veneno.
La rabia en su interior se redobla, multiplicándose hasta alcanzar proporciones monstruosas. La temperatura de la habitación cae en picado, congelando el sudor en mi nuca, mientras la magia de Lysandra hace crujir los muros de piedra y los cristales rotos de los ventanales.
—Lucian... —sisea mi hermana.
Mi verdadero nombre, pronunciado por primera vez en toda una vida, escapa de sus labios no como un reencuentro, sino como la más absoluta de las sentencias de muerte.
El odio que deforma su rostro perfecto es aterrador. Ha perdido a Sonthorn, ha sentido la brecha en las catacumbas, pero descubrir mi traición es la ofensa definitiva. Da un paso hacia el interior de la habitación, levantando una mano envuelta en pura luz plateada.
—Debería haber arrancado el corazón a todos los bebés cuando tuve la oportunidad —escupe Lysandra, con la voz distorsionada por el poder de Heindor—. No cometeré el mismo error de nuevo.