CAPÍTULO 6 #3
—Seguidme y no hagáis ruido —les ordeno, dándome la vuelta hacia el interior de la fortalezca—. Os llevaré junto a Sonthorn. Pero tiene que ser rápido. Si Lysandra y los soldados del Martillo vuelven de las catacumbas y nos encuentran, estamos todos muertos.
—¿Sonthorn está bien? —pregunta el pelirrojo de ojos plateados tan similares a los de Sonthorn. Y a los de mi hermana. Ya los míos, si me atreviera a mostrarlos.
Niego con dolor.
—Está bajo su control.
—¿Cómo que bajo su control? —El hombre y la extraña criatura se miran por un momento—. ¿Qué quieres decir?
—Lysandra lo controla y lo ha tomado como semental para continuar su legado —le explico lo más rápido que puedo.
Me adentro de nuevo en el castillo y ambos me siguen.
Los pasos de la criatura dorada provocan destellos intensos en el suelo de castillo que pueden llamar la atención de mi hermana y eso es lo que menos necesitamos—.
¿Eso es normal? ¿Puedes dejar de hacerlo?
—Súbete a mi espalda —le ordena el hombre, lo que le canjea una mueca de odio antes de que obedezca.
Los pasos brillantes no se repiten más—.
Ónice se va a poner furiosa y no quiero estar aquí cuando eso ocurra.
—Un gemido del interior de su chaqueta me hace volver la cabeza hacia el lugar—. Una larga historia, es mi loba.
Evito pensar en ello, no tiene importancia ahora. Empiezo a subir los peldaños de dos en dos, guiándolos hacia la torre superior con el terror pisándome los talones aún más cerca que ellos.
A mitad de la escalinata principal, un eco distante nos hiela la sangre a los tres.
Desde las profundidades de las mazmorras, la voz cargada de ira de Lysandra reverbera a través de la piedra.
Está discutiendo a gritos con alguien, y reconozco la voz ronca de Úrsula contestándole.
Las palabras exactas se pierden en el abismo, pero la furia de mi hermana es inconfundible.
Y tangible. El suelo parece vibrar con su furia.
De pronto, las voces cesan.
Un silencio absoluto, espeso y amenazante, cae sobre el castillo entero.
Se me eriza el vello de la nuca. Lysandra ha callado.
No es un silencio reflexivo, es un silencio de atención.
Sé cómo funciona su control. Ahora mismo, está usando los ojos de todos y cada uno de los soldados del Martillo que la acompañan como si fueran los suyos propios, barriendo el castillo.
Si concentra su voluntad en la red superior, notará que hay sombras en el castillo.
Cierro los ojos y me tapo los oídos. Debo dejarla entrar, pero no puedo permitirle ver lo que yo veo.
El repiqueteo de unas botas blindadas ascendiendo desde los niveles inferiores rompe la quietud. Un soldado asciende desde la cruel cárcel de Úrsula.
—¡Maldición! —susurro, empujándolos hacia las sombras de un corredor lateral—. Ha enviado a alguien a comprobar las plantas superiores. Solo puede ver y oír lo que ven y oyen sus marionetas. Si ese guardia nos encuentra, estamos muertos.
El pelirrojo asiente. A pesar de que el cansancio endurece sus facciones, aprieta los dientes y ajusta el agarre sobre las piernas del Uldenhar.
Comprende a la perfección que si la bestia pisa el suelo ahora, sus destellos dorados nos delatarán al instante.
Corre detrás de mí cargando con la mole escamosa en silencio absoluto, ahogando sus propios gruñidos de esfuerzo bajo el peso de la criatura y los gemidos de lo que quiera que lleve en el pecho.
Subimos el último tramo de escaleras y cruzamos el rellano superior casi a oscuras, justo en el momento en que el brillo de la armadura del guardia del Martillo ilumina el hueco por el que acabamos de pasar.
Llegamos a la pesada puerta de los aposentos privados. Gasto mi última pizca de valor, agarro los pomos de oro y la abro de golpe. El olor a sexo y magia sobrecargada vuelve a asfixiarme, pero entro rápido y cierro la puerta a nuestra espalda, asegurando el pestillo con manos temblorosas.
El humano pelirrojo jadea al entrar, pero el sonido muere en su garganta en cuanto levanta la vista hacia la enorme cama revuelta y húmeda.
Sonthorn sigue allí. El guerrero yace desnudo sobre las sedas doradas, su piel surcada de cicatrices cubierta por la misma pátina de sudor frío. Su rostro inexpresivo y sus pupilas de plata apagadas miran al vacío. No se ha movido un ápice y no lo hará mientras Lysandra no se lo ordene.
El hombre de pelo rojo suelta el aire de golpe, completamente paralizado. Sus ojos viajan desde el cuerpo exhausto del drugano hasta el estado salvaje de la habitación, procesando la magnitud de la humillación a la que ha sido sometido su amigo.
—No... puede ser —murmura, pálido, negándose a creer la escena que tiene frente a él—. ¿Qué le ha hecho esa zorra plateada?
—Quiere perpetuarse para siempre. No hay mejor espécimen en todo Heindor que tu amigo —afirmo sin duda. Mi hermana siempre quiso ser eterna. Si logra su objetivo, su legado de terror será infinito.
El pelirrojo corre hacia el lecho revuelto. Agarra a Sonthorn por los hombros, lo zarandea con desesperación y le da varios toques en el rostro, pero él no reacciona. Sus ojos de plata gastada continúan fijos en la nada, completamente inaccesibles a su amigo.
La bestia dorada suelta un bufido de impaciencia y se desliza de la espalda de su compañero.
Se planta ante el cuerpo desnudo del guerrero y alza una de sus manos.
Al hombre pelirrojo no le hace ninguna gracia ver a la criatura posicionándose para golpear a su amigo indefenso, pero aprieta los dientes y guarda silencio, confiando en su instinto.
El Uldenhar no se lo piensa dos veces: lo golpea con un brutal y seco puñetazo en mitad de la mandíbula. El impacto resuena en toda la estancia.
El efecto es inmediato. Sonthorn parpadea violentamente y la plata muerta de sus pupilas se resquebraja como cristal fino, devolviéndole la lucidez a su mirada.
El hombre suelta un gemido ahogado, arquea la espalda y se incorpora de golpe, jadeando con desesperación como un ahogado que sale a la superficie del agua helada.
Se lleva una mano a la boca, desorientado, mientras nos mira sin comprender dónde está o qué está ocurriendo.
El Uldenhar le tiende su ropa a toda prisa y él la observa desorientado.
En ese preciso instante, un alarido espeluznante y agudo, cargado de una furia monstruosa, asciende desde las profundidades del castillo y hace temblar los mismos cimientos de la torre.
Es Lysandra.
Es Lysandra furiosa al sentir a su presa escapando entre sus dedos.
El grito es tan desgarrador que me hiela la sangre; se ha dado cuenta de que el vínculo se ha roto. Ha sentido el corte limpio en su red y sabe perfectamente que ha perdido el control sobre su semental.
—¡Vámonos de aquí! —brama el pelirrojo, agarrando al hombre por el brazo para forzarlo a reaccionar.
Se gira para buscar una salida y sus ojos se cruzan de pronto con un pedestal de mármol negro en la esquina de la habitación. Sobre él, descansa la reliquia que Elara no se atrevió a tocar.
—¡Espera! —exclama el pelirrojo, señalando el rincón con los ojos desorbitados—. ¡Ese la otra mitad del medallón de Úrsula! ¡Tengo que llevármelo!
Corre hacia el mármol, alarga la mano y arranca el artefacto de su lugar sin importarle las consecuencias. Las runas de la estancia parpadean con un destello violento ante el robo, pero el hombre ya se ha guardado la preciada reliquia en uno de los bolsillos de su chaqueta.
—¡¿Por dónde nos vamos?! —ruge el Uldenhar, oteando los inmensos ventanales abiertos al exterior y las paredes de piedra negra con sus ojos felinos muy abiertos, buscando una ruta de escape en medio de la tensión—. Podemos luchar.
—No —ordena el pelirrojo—. Aquí no.
Fuera, en el pasillo, el estruendo de decenas de botas blindadas se detiene en seco frente a nuestro refugio.
Sonthorn, recuperando el aplomo a una velocidad asombrosa a pesar de la brutal extenuación de su cuerpo, recoge sus ropas del brazo del Uldenhar y se viste a toda prisa, ajustándose los pantalones y los correajes mientras los primeros impactos comienzan a sacudir la madera de la entrada.
Los soldados del Martillo están golpeando la puerta con todo su peso, decididos a echarla abajo por orden de mi hermana.