CAPÍTULO 6 #2
Avanzando por las calles, esquivando a los ciudadanos vacíos de alma con cautela, hay dos figuras que no pertenecen a este lugar.
Uno es un hombre de cabello rojo como el fuego.
El otro... el otro es una extraña criatura dorada, de piel lisa y forma extraña, que avanza con la postura de un guerrero poderoso.
Me humedezco los labios resecos, sintiendo una punzada de duda y anticipación en el pecho.
Ya los he sentido antes.
Cuando la red mágica de la ciudad titubeó por primera vez, mucho antes de que Elara cruzara hacia el abismo, hubo un chispazo errático en las calles. Una anomalía extraña, ajena, que sacudió los cimientos del poder de mi hermana y me devolvió la cordura por un instante junto a Elara.
Fueron ellos. Estoy seguro.
Los observo sortear la última avenida. No están huyendo. Levantan la vista hacia la aguja de luz que rasga el cielo. Vienen directamente hacia aquí. Hacia la fortaleza. Hacia el corazón mismo del monstruo que esconde el ilimitado poder de Lysandra.
Tengo que ir hasta ellos. Tienen que ser ellos los que han provocado este cambio en la magia.
Pero no puedo simplemente asomarme a la balaustrada y lanzarme a volar.
Desplegar mis alas o usar la más mínima fracción de la magia de mi linaje me convertiría en un faro deslumbrante para Lysandra.
Me descubriría en el aire antes incluso de tocar el suelo.
Debo bajar a pie. Recorrer la fortaleza de arriba abajo, peldaño a peldaño, oculto bajo la apariencia del simple soldado herido que se supone que soy.
El pánico vuelve a aferrarme el estómago, revolviéndome las tripas.
Si abandono la puerta de esta alcoba, estaré cometiendo traición.
Estaré desobedeciendo una orden directa de la tirana.
Y ella lo descubrirá muy pronto. En cuanto compruebe lo que ocurre en las catacumbas con Elara y Úrsula, volverá a subir.
Conozco la mirada que tenía al salir; está adicta a la energía del drugano blanco.
No tardará en regresar a esta habitación para devorarlo un poco más, sedienta de sacarle hasta la última gota de poder, de volver a exprimir su semen y su voluntad hasta que no quede de él más que un saco de huesos y piel vacía.
Ella tendrá lo que busca: una herencia blanca de verdad que mantenga su estirpe durante milenios. No puedo permitirlo. Por un segundo me plantel que quizá lo mejor sea acabar con él ahora mismo. Sin vida no puede engendrar vida. Miro hacia el drugano y niego con la cabeza.
Yo no soy como ella.
Echo un último vistazo al héroe caído que yace abandonado sobre el colchón revuelto. Sigue inerte, respirando con dificultad, ajeno a la tormenta que se desata a su alrededor.
Me aparto. No merece morir, ha venido a ayudar y yo debo hacer lo mismo por él.
No es difícil comprender que las dos criaturas que recorren las calles son amigos suyos.
No ha habido visitantes en Heindor en décadas, no puede ser una casualidad.
Tengo que protegerlos a ellos y a su habilidad, sea la que sea.
Tengo que interceptar a esos forasteros antes de que Lysandra regrese y descubra mi deserción.
Y tengo muy poco tiempo.
—Aguanta —susurro al aire gélido de la estancia.
Me aparto de la ventana y salgo al pasillo. Tiro de los grandes pomos de oro para cerrar las hojas de madera a mis espaldas con la mayor suavidad posible. El chasquido del pestillo me suena como una sentencia de muerte.
Ajusto el agarre de mi lanza y me dirijo hacia la escalinata principal.
Comienzo a descender, vigilando cada uno de mis pasos.
Mis botas pisan la piedra con una lentitud agónica tratando de no hacer resonar el metal de mi armadura.
Escudriño cada pasillo que cruzo, deteniéndome ante cada sombra dorada con el corazón latiéndome desbocado en la garganta.
Si me cruzo con ella o con algún rezagado del Martillo volviendo de las catacumbas, será mi fin.
Pero si logro llegar hasta la base del castillo y encontrar a esos dos antes de que el infierno se desate, tal vez encuentre la resolución a todo esto en sus manos ya que las mías flojean demasiado.
Llego al inmenso vestíbulo de la base del castillo con los pulmones ardiendo y el corazón golpeando mi pecho como un tambor de guerra.
No hay guardias. Todos han descendido a las catacumbas con Lysandra.
Agarro uno de los tiradores de la entrada principal y, reuniendo el poco valor que permanece en mí, abro una de las pesadas hojas de par en par.
Antes de que pueda otear en su búsqueda me los encuentro de frente.
No me da tiempo ni a parpadear. La criatura dorada, al verme aparecer con la armadura del Martillo, salta directamente hacia mi garganta con un gruñido gutural.
Mi cuerpo reacciona por puro instinto, usando la memoria muscular de mil entrenamientos.
Alzo el asta de mi lanza horizontalmente con ambas manos, bloqueando sus garras a escasos centímetros de mi pecho.
El impacto es brutal, pero flexiono las rodillas para absorber su peso y, con un rápido giro de muñeca, uso la inercia del monstruo para desviarlo hacia un lado y repelerlo con el asta romo de mi arma.
La criatura cae sobre sus extrañas patas con una agilidad pasmosa y flexiona los músculos, mostrando hileras de dientes afilados, dispuesta a saltar de nuevo. Sus intenciones no pasan desapercibidas ante mí.
—¡Silencio o nos descubrirá! —siseo a la desesperada, retrocediendo un paso y aferrando la lanza preparado, pero negándome a adoptar una postura de ataque.
La criatura lanza tres largos cuchillos de metal que parecen emerger de sus brazos a una velocidad imposible y tengo el tiempo justo de interponer mi lanza entre sus armas y mi pecho.
Esta se parte en cuatro pedazos de los que dos de ellos caen al suelo.
Salto hacia atrás y empuño la espada del guerrero que yace exhausto por Lysandra.
Aun así, no la desenfundo. Si llegado hasta aquí tienen que ser una ayuda, no un peligro, por mucho que mi vida corra peligro.
Además, si están del lado de Lysandra ya estamos perdidos. Esto es una carrera hacia delante en la que no sabemos siquiera si hay una meta esperando. Solo podemos continuar avanzando ahora. La ladera no hace más que acentuarse y corremos hacia abajo..
El hombre de cabello rojo da un paso al frente. Sus ojos me evalúan en un solo latido, captando el pánico en mi voz, mi casco hundido y mi negativa a dar la voz de alarma. Es un guerrero curtido que comprende la situación de inmediato.
—¡Quieto, Tsuneo! —ordena con voz firme pero en un susurro áspero—. Detente.
La bestia dorada chasquea la lengua con frustración. Tensa los músculos de sus brazos, pero obedece, deteniendo su embate antes de que el combate haga saltar por los aires nuestro frágil sigilo. Aún así, no me quita sus ojos de encima, listo para matarme si hago el menor movimiento brusco.
Bajo la punta de mi lanza unos centímetros, respirando de forma entrecortada.
—¿Quiénes sois? —pregunto, tragando saliva mientras los miro alternativamente.
—¿Y tú? —pregunta el hombre de pelo rojo, exactamente el mismo tono que el de Úrsula. Las piezas comienzan a encajar en mi mente sobrepasada.
Clavo la vista en la criatura dorada que casi me destripa.
—¿Qué demonios eres?
—Soy un Uldenhar, y si no apartas esa lanza de mi vista te la haré tragar —gruñe la bestia, mostrando una hilera de colmillos letales.
El pelirrojo le pone una mano firme en el pecho para contenerlo y me mira con una intensidad que me corta la respiración.
—Hemos venido a salvar a Sonthorn —declara el humano, midiendo cada una de sus palabras—. Y a Ónice. Se supone que llegaron con Vórian a esta ciudad hace unas horas. ¿Dónde están?
Ónice.
Vórian.
Los nombres resuenan en mi cabeza como un eco revelador. Elara me dijo que Vórian estaba abajo, en las raíces, intentando derrocar el poder de mi hermana. Y este hombre que tengo frente a mí... tiene el cabello del mismo rojo abrasador que la prisionera de las mazmorras.
Úrsula.
Las piezas encajan en mi mente acelerada.
Ahora estoy seguro de que son ellos. Los forasteros.
Las anomalías que han hecho temblar la red mágica tejida por Lysandra durante décadas.
Observo a la bestia dorada y al guerrero pelirrojo.
Ninguno de los dos encaja en la pulcritud asfixiante de Heindor.
Son salvajes y están agotados, heridos por el frío, y sin embargo desprenden un aura de libertad implacable que en esta ciudad no es más que un mito olvidado.
Respiran vida donde aquí solo hay muerte ya.
Trago saliva, sintiendo cómo el peso de siglos de tiranía pende de un hilo. Elara confió en que este momento llegaría. Me pidió que ganara tiempo. Tal vez estos extraños sean los únicos capaces de acabar con todo esto y destrozar el reinado de mi hermana de una vez por todas.
Bajo la lanza por completo y asiento, rindiéndome a la esperanza.
—Vórian está bajo nosotros, en un lugar mágico con el que cortar la magia que corrompe Heindor.
Lysandra y la mitad del Martillo han bajado hace unos minutos a por él y a por los demás —respondo en un susurro apresurado, con el corazón todavía latiéndome en la garganta—.
Pero Sonthorn está arriba, vivo. Lo ha dejado solo en sus aposentos.
Ambos intercambian una mirada cargada de urgencia y rabia. El autodenominado Uldenhar flexiona las garras sobre su propio brazo y observo extrañado que se ocultan en él.
—Llévanos hasta él —exige el pelirrojo, dando un paso adelante.
Asiento con la cabeza, tomando la decisión que sellará mi destino para siempre. Ya no hay vuelta atrás. Si mi hermana me descubre, me matará sin dudarlo un segundo, pero si me quedo de brazos cruzados, moriré de todas formas convertido en el cobarde que nunca debí ser.