Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

UN LEGADO ROBADO

El eco de los gemidos tras la gruesa madera se ha extinguido al fin. Lysandra lleva horas recreándose con su nuevo juguete blanco.

El pesado pestillo cede de pronto. La puerta se abre de par en par y el olor a sexo, sudor y magia sobrecalentada me golpea el rostro de lleno.

Y allí está ella. Mi hermana. El monstruo que me robó la vida al menos una vez.

Sale de la estancia envuelta apenas por un jirón de seda dorada que le cubre lo estrictamente necesario.

Está descalza, con el cabello revuelto y la piel brillando por una pátina de sudor y poder.

Está exultante, radiante en su perversa arrogancia tras haberse saciado.

A través del umbral abierto, mis ojos viajan inevitablemente hasta el inmenso lecho revuelto en el interior de la habitación.

El gigante de ojos plateados, el mismo que horas antes abolló mi casco con una fuerza demoledora, yace sobre las sábanas.

Está completamente desnudo, la piel surcada de cicatrices perlada de sudor, con el pecho agitándose débilmente en una respiración exhausta.

Ella lo ha vaciado por completo. Lo ha exprimido de una forma brutal, hasta la última gota de su voluntad, dejándolo seco, rendido, convertido en un simple muñeco roto que respira solo porque ella se lo permite durante el tiempo necesario para reponerse antes de que vuelva a hacer uso de él.

Siento asco.

Un odio viscoso y oscuro trepa por mi garganta al mirarla.

Aprieto los dedos alrededor del asta de mi lanza y de la espada que le pertenece al guerrero blanco con tanta fuerza que los nudillos me duelen.

Quizá pudiese hacerlo ahora. Está casi desnuda, distraída por la lujuria y el éxtasis de su victoria.

Podría atravesarle el corazón antes de que pudiera alzar una barrera.

Sin embargo, dudo. El terror me paraliza las manos.

No es miedo a morir a manos del Martillo, es miedo a lo que soy.

Comparto su sangre.

Comparto este inmenso y maldito poder que late escondido bajo mi armadura, rogando por salir. Si la mato y reclamo la magia de la ciudad... ¿cuánto tardaré en ser exactamente igual que ella? ¿Cuánto tardaré en mirar a los demás como simples baterías o juguetes de usar y tirar?

Mis pensamientos se detienen cuando ella se frena en seco.

Su sonrisa depredadora se desvanece de un plumazo.

El blanco de sus ojos se afila, perdiendo la neblina del placer para convertirse en dos cuchillas atentas.

La red mágica acaba de temblar bajo nuestros pies.

Ha sido una sacudida profunda, violenta, un desgarro en la propia esencia de la ciudad.

Elara ha cruzado y ella lo ha sentido ante mis ojos.

Todo rastro de complacencia desaparece de su rostro.

—Alguien ha cambiado —sisea Lysandra, con la voz cargada de una furia gélida.

Ninguno de sus soldados se atreve a respirar.

Su mirada implacable y tiránica recorre la guardia hasta clavarse en mí.

No sabe quién soy, no reconoce su propia sangre bajo la visera abollada de mi yelmo; solo ve a un peón dañado más.

Lo único bueno de tener su misma habilidad es que soy capaz de ocultarme de ella en una obediencia aterradora.

—Tú, inútil —me dice con desprecio, señalando mi casco hundido—. Quédate aquí y vigila a mi mascota. Estás herido, solo me estorbarías allí abajo. El resto, conmigo. ¡Moveos!

No sé por qué lo dice en voz alta, solo debe hacer uso de su habilidad y sus cuerpos vacíos obedecerán sin el más mínimo retraso.

Suspiro. En realidad sí sé por qué es: ama ordenar, gobernar, que sus deseos sean cumplidos y para eso necesita su propia voz.

Pasa por mi lado como un vendaval blanco de cólera, dirigiéndose directa hacia las escaleras que descienden al interior del castillo y llevan a las mazmorras de Úrsula, arrastrando a toda la guardia de élite con ella. Carraspeo.

Le prometí a Elara que no la dejaría pasar de esta puerta.

Le prometí que ganaría tiempo para nuestro pueblo.

Mi pulso late furioso en mis sienes. Podría alzar la lanza, podría detenerla por la espalda y obligarla a luchar conmigo...

pero el terror me ancla al suelo. Las piernas se unen a mis manos y no me responden.

Tal vez no pueda evitar su poder tanto como creo.

Y, como si estuviera atrapado en una pesadilla de la que soy incapaz de despertar, me quedo allí quieto.

En absoluto silencio. Traicionando mi juramento mientras escucho cómo sus pasos y los del Martillo se desvanecen, dejándome completamente solo frente a la puerta abierta y al guerrero exhausto que yace en su cama.

El eco de las botas del Martillo y los pasos furiosos de Lysandra terminan por desvanecerse en las profundidades del castillo, ahogados por el zumbido constante de la red rúnica que ahora vibra de forma inestable en mis oídos.

Me he quedado solo.

Solo, de pie frente al umbral abierto de la alcoba de la tirana, con el sudor frío empapándome la nuca y el asco bullendo en mis venas por mi propia cobardía.

Aflojo el agarre sobre la lanza y la apoyo contra el marco de la puerta.

Aún sostengo en mi otra mano la espada que pertenecía al hombre que ahora yace en el lecho.

Me giro lentamente y observo el interior de la estancia privada.

Quizá pueda hacer algo más que esperar. Tal vez mi objetivo no sea impedir sus movimientos, sino robarle su juguete de nuevo.

Entro en la estancia de mi hermana y arrugo la nariz de forma involuntaria.

El olor a sexo y poder es asfixiante aquí dentro.

Me acerco a la cama redonda, pisando las sedas desgarradas y doradas que se amontonan en el suelo.

He visto tantas veces esta cama ocupada que ya no me impresiona.

¿Habré sido yo también objetivo de su lujuria?

Ya no lo recuerdo, tal vez no quiera hacerlo, tal vez no pueda hacerlo.

El drugano de pelo negro no se ha movido un centímetro desde que ella salió.

Sus músculos están flácidos, cubiertos por esa pátina de sudor frío, y su pecho sube y baja con una debilidad que contrasta cruelmente con la bestia imparable que fue en la plaza.

El recuerdo del drugano de alas doradas brilla en mi mente y se deshace al contemplarlo agotado.

Sus ojos siguen abiertos, fijos en el techo abovedado, pero en ellos no hay nada más que el frío y vacío color que que mi hermana roba de todos nosotros junto a nuestra voluntad. Lo ha vaciado por completo.

¿Sería yo diferente de ella si llegara el momento?

¿Qué ocurrirá cuando ella muera y yo herede su posición?

¿Vaciaré a todos como ha hecho ella?

¿Ella ha sido siempre cruel o se ha corrompido con el tiempo?

Dejo su pesada espada sobre el colchón, justo a su lado, y me inclino sobre él.

—Despierta —le susurro, acercándome a su oído. No me responde. Ni siquiera un parpadeo.

Agarro uno de sus hombros y lo sacudo con firmeza. La piel está fría bajo mis guanteletes dorados.

—Despierta, maldita sea —insisto en el zarandeo, alzando un poco la voz, pero su cabeza simplemente rueda flácida hacia un lado empujada por mis manos.

Aprieto los dientes con frustración. Sé que no bastará con zarandearlo.

Para romper el dominio que Lysandra ha tejido sobre su mente, tendría que usar mi propia magia.

Tendría que canalizar el poder que comparto con ella, entrar en su consciencia y arrancar las raíces de oro que ella le ha clavado en el corazón.

Es entonces cuando el miedo vuelve a paralizarme.

Si libero aunque sea una mínima fracción de mi poder, si conecto mi esencia a la de este guerrero a través de la red de Heindor, Lysandra lo sabrá.

No importa que esté abajo, en las mazmorras de Úrsula; ella siente cada chispa de magia de esta ciudad.

Sabrá que hay otro drugano dorado vivo. Sabrá que el bebé que creyó asesinar sobrevivió, y regresará para matarme a mí y a cualquiera que haya intentado ayudarme.

Mi mano tiembla sobre el hombro del guerrero. Trago saliva aterrorizado, paralizado entre el deseo de hacer lo correcto y el pánico atroz a ser descubierto.

No puedo curarlo.

No puedo salvar a nadie.

No puedo salvarme.

“Soy un cobarde, me digo a mí mismo, apartándome de él con los ojos llenos de lágrimas contenidas—. Solo soy un soldado sin nombre que observa cómo su hermana destruye el mundo”.

Retiro la mano de su hombro, derrotado sin batalla alguna.

El gigante de pelo negro sigue inerte, atrapado en el laberinto dorado de su propia mente, y yo no tengo el valor para sacarlo de ahí.

Las palabras de Elara vuelven a mí y me recuerdan mi propia determinación que flaquea ante la hora de actuar.

El ambiente en la alcoba es insoportable. El olor a sexo y a sudor y el rastro almibarado de la magia de Lysandra me asfixian, revolviendo mi estómago.

Necesito aire.

Me aparto de la cama y camino hacia los inmensos ventanales que dominan la ciudad desde lo alto de la torre. Agarro los pesados tiradores de oro y abro las hojas de par en par.

El viento helado del invierno eterno me golpea el rostro como una bofetada. Es un frío cortante, real y puro que barre de inmediato el tufo a lujuria de la habitación y me aclara la mente por un segundo. Respiro hondo, llenando mis pulmones.

Apoyo las manos enguantadas en la balaustrada y bajo la vista hacia las calles de Heindor.

La marea de neutrales se mueve allá abajo con su habitual y terrorífica perfección rítmica, un engranaje sin fin de marionetas vacías.

Sin embargo, algo rompe el patrón. Un movimiento irregular, furtivo, que desentona por completo con el letargo general y eterno de la ciudad.

Entrecierro los ojos, forzando la vista en la penumbra polar solo interrumpida por el intermitente latir de las runas.

Allí están.