Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 5 #5
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CAPÍTULO 5 #5

—No funciona... —susurró Vórian, con la voz quebrada, apoyando la frente contra la piedra fría—. No hace nada.

Ónice se detuvo en seco en la parte posterior, observando las hendiduras vacías que quedaban justo frente a los brazos del neutral, separadas solo por el grosor de la mole de piedra.

Retrocedió un paso y sus ojos negros se abrieron de par en par al comprender la terrible verdad.

Miró el monolito por ambos lados, calculó el tamaño de los brazos y luego clavó la vista en el cuerpo inerte de Elara.

Abrió los ojos de par en par, incrédula de lo que la revelación le decía que tenía ante ella. Negó con la cabeza incapaz de otorgar a un neutral tal nivel de valor. Se humedeció los labios y carraspeó apartando el sentimiento de orgullo y el dolor por su sacrificio.

Ónice comprendió que Elara lo había calculado todo desde el principio.

Sabía que su mente se borraría al llegar hasta allí, sabía que Heindor la poseería para defender el núcleo y que su cuerpo físico sería el único portador de la mitad del hechizo.

Había bajado al infierno de forma voluntaria para forzar a Vórian a matarla y usar sus restos como la contraparte del mecanismo.

Se había sacrificado por completo, sin dudar, sin temer a la muerte que no le era ajena.

Un profundo y genuino respeto brilló en la mirada de la drugana negra, una sensación jamás habría pensado que experimentaría por un neutral.

Ónice se acercó al cadáver de Elara y, con una delicadeza impropia de su naturaleza implacable, la recogió entre sus brazos.

Caminó con paso firme hacia la parte trasera del monolito, cuidando de no arrastrar su túnica, y acomodó el cuerpo sin vida de la erudita contra la roca, alineando sus brazos inertes y brillantes con las hendiduras posteriores.

Empujó las manos muertas de la mujer hacia el interior de la piedra, donde la magia original de su piel encajó a la perfección.

La estructura vibró de inmediato, emitiendo un zumbido musical y profundo. Ónice miró a Vórian por un lado de la piedra.

—Dale las manos a tu mujer una última vez, guerrero —dijo con dolor. Una lágrima recorrió su rostro y apartó la mirada.

Vórian cerró los ojos y empujó sus brazos con más profundidad en las hendiduras, ignorando el dolor abrasador, hasta que sus dedos encontraron los de ella en el centro exacto de la roca.

En el instante en que sus manos se entrelazaron con las de su esposa muerta, la realidad de la gélida caverna se desvaneció por completo.

El rugido del monolito y el dolor de sus heridas se apagaron, sustituidos por un silencio diáfano y una calidez que no había experimentado en décadas. Abrió los ojos en un plano mental limpio, libre de la opresión rúnica de Heindor. Frente a él, recortada contra una luz suave, apareció Elara.

No era la marioneta de pupilas muertas que acababa de detener, ni la erudita atormentada que se clavaba el punzón de hueso en la carne.

Su piel estaba inmaculada, desprovista de cualquier cicatriz o runa incandescente.

Tenía el cabello rubio cayendo en rizos perfectos y la mirada encendida con la misma inteligencia viva y la ternura con la que se encontraban en la noche durante su juventud.

Era, por fin, la Elara que él había conocido y amado.

Ella dio un paso hacia él, moviéndose con gracia en ese espacio etéreo, y le dedicó una sonrisa llena de paz.

—Gracias, mi amor —susurró su voz, que ya no sonaba como un eco lejano, sino como una caricia real—.

Gracias por liberarme de esa prisión de carne.

Y perdóname... perdóname por el camino que tuve que tomar, por dejarte solo con esta carga y por obligar a tus manos a cometer este acto.

No había otra forma de burlar su control.

Elara lo contempló con una devoción infinita, y sus ojos brillaron con un orgullo que desbordaba ese espacio mental, reconociendo el valor del guerrero que lo había arriesgado todo por ella y por su pueblo.

—Estoy tan orgullosa de ti, Vórian. Siempre lo he estado. Pero ahora debes terminar lo que empezamos.

El rostro de la neutral se volvió solemne, y la calidez del entorno comenzó a agitarse, señal de que el trance físico llegaba a su fin. Se acercó un último centímetro, fijando su mirada en la de su esposo para grabar sus palabras directamente en su alma.

—Cuando sostengas las cadenas, déjala vencer por una vez y derrótala en su arrogancia.

La visión se fragmentó en un millar de chispas doradas que se desvanecieron en la nada.

Vórian abrió los ojos de golpe, regresando con un violento jadeo a la penumbra de la cámara subterránea.

Sus dedos seguían aferrados con fuerza a las manos del cadáver de su mujer en el interior del monolito, pero la advertencia de Elara ya latía con la fuerza de un juramento en su corazón mientras la piedra negra comenzaba a temblar bajo el influjo de la llave.

Sin embargo, ninguno de ellos sabía qué escondía tras ella.

Solo Úrsula conocía lo que ocurría a continuación.

La Vanhir lloró en su celda.

La puerta se abría.