CAPÍTULO 5 #4
El impacto fue devastador. La hoja de la drugana chocó contra los filos de luz dorada y la fuerza repelió las sombras de Ágata al instante.
Las runas del cuerpo de la neutral destellaron con furia, emitiendo una onda de choque que barrió a Ónice a un lado con una facilidad pasmosa.
La hoja de luz de Elara rasgó el grueso cuero de la armadura de la drugana negra, abriendo un tajo humeante en su hombro.
Ónice siseó, cayendo de rodillas. El corte quemaba como si le hubieran vertido plomo fundido en las venas.
La Oscuridad en su interior rugió, alimentándose de su dolor y su frustración.
Las sombras a su alrededor se agitaron, expandiéndose como tentáculos.
Ágata golpeaba las puertas de su mente con una fuerza abrumadora, seductora, exigiendo tomar el control para despedazar a aquella marioneta dorada.
—¡Ni se te ocurra, zorra! —bramó Ónice, con los dientes apretados y las venas del cuello marcadas, luchando contra la posesión de Ágata—. ¡Esta pelea es mía!
Elara ignoró a la drugana y buscó a Vórian.
Pero Ónice no estaba dispuesta a dejarla ganar.
La drugana negra se impulsó hacia delante envuelta en un torbellino de sombras, pero Elara era mucho más poderosa de lo que parecía.
Su poder radicaba en sus runas y estas estaban conectadas a la ciudad.
Ella no solo tenía el control de todo cuanto los rodaba, sino que crecía de dolor, de fatiga y de piedad.
Bloqueó la espada rojiza con su hoja izquierda y, con un movimiento mecanizado y brutal, lanzó una patada contra el pecho de Ónice que la mandó rodar por el suelo hasta chocar con la pared posterior.
El macabro sonido de sus costillas incapaces de resistir el impacto se extendió por la sala.
Vórian reaccionó al ver a su aliada herida y a punto de ser rematada por la mujer que amaba. Olvidó cualquier plan, olvidó el entorno y se lanzó desesperadamente a detener a Elara.
Vórian alzó su propia espada rúnica e interceptó el golpe que iba dirigido a la drugana caída.
El choque hizo temblar sus brazos hasta los hombros.
Esquivó la segunda estocada y, con el corazón roto pero la mente clara, lanzó un tajo rápido y directo hacia el pecho descubierto de la neutral, buscando atravesarle el corazón para acabar con su sufrimiento.
Sabía que aquella no era su mujer, sino la cáscara vacía que Lysandra había utilizado todos aquellos años.
Sin embargo, en el instante en que el hilo mágico que daba forma a su arma estuvo a punto de perforar su piel, las cicatrices doradas de Elara estallaron.
Las runas que ella misma se había tallado cobraron vida, creando una barrera mágica absoluta.
La espada de Vórian rebotó con un estruendo metálico, resbalando sobre la carne como si hubiera golpeado un escudo de diamante macizo. No había herida alguna en su piel.
Vórian retrocedió, incrédulo. Lanzó una nueva estocada hacia el abdomen de Elara, pero el resultado fue el mismo.
La energía de su espada simplemente atravesó la luz de las runas que protegían a la neutral y se disipó como humo sin hacerle el más mínimo rasguño.
Elara contraatacó de nuevo. Con Ónice incorporándose con torpeza y concentrada en curar sus costillas antes de volver a la lucha, la batalla se limitó a los dos neutrales.
Vórian bloqueó un nuevo embate mortífero de su esposa, trazado para cercenarle el cuello, y la comprensión lo golpeó con crueldad.
Las runas que cubrían a Elara protegían la integridad física de su cuerpo.
Rechazaban cualquier agresión armada o mágica que amenazara con rasgar la piel y destruir la intrincada red rúnica grabada en ella.
Comprendió que para detener su cuerpo sin arruinar la llave, no podía usar armas rúnicas, ni magia, ni acero.
Debía usar la fuerza más íntima y despiadada.
Debía acabar con ella con sus propias manos.
“Solo él sabrá cómo deshacer lo que han hecho. Solo él podrá completar aquello para lo que yo no tengo la voluntad necesaria”.
Vórian detuvo la espada rúnica de su brazo. El arma volvió a introducirse serpenteando en su antebrazo. Apretó los dientes con dolor. Miró hacia Ónice.
—No te metas —le ordenó a la drugana envuelta en sombras.
Esta se apoyaba en la espada mientras recuperaba el aliento.
Hinchaba los pulmones comprobando hasta dónde llegaban los daños.
Estaba pálida, pero dedicada a continuar.
Y, sobre todo, furiosa, tanto que las sombras no solo la rodeaban, sino que parecían enredarse en su cuerpo en una intrincada red aterradora.
Vórian se lanzó hacia ella a pecho descubierto, con las lágrimas casi nublándole la vista por completo.
Elara alzó sus hojas de luz rúnica y le atravesó ambos costados, quemando carne y armadura por igual en un dolor abrasador, pero Vórian no se detuvo.
Ahogando un grito de agonía saltó sobre ella, adentrándose en su guardia hasta aplastar su cuerpo contra el suelo bajo él.
Agarró con ambas manos el rostro de la mujer que amaba. Sus pulgares acariciaron sus mejillas por última vez mientras miraba a aquellos ojos vacíos y dorados que un día lo habían amado.
—Te encontraré, te lo prometo —susurró entre sollozos, despidiéndose del amor de su vida tanto tiempo atrás arrebatado.
Con un movimiento desgarrador y certero, Vórian quebró el cuello de Elara con todas sus fuerzas. El chasquido seco del cuello rompiéndose resonó como un trueno en el silencio de la cámara.
El cuerpo de Elara se relajó por completo bajo Vórian, perdiendo la rigidez artificial que la magia le había impuesto.
El neutral ahogó un sollozo desgarrador, apretando el cadáver de su esposa contra su pecho mientras las lágrimas caían sin control, limpiando canales sobre la suciedad de su rostro.
La besó en la frente, fría y en paz, rota su alma por haber tenido que ser él quien detuviera su corazón.
El silencio de la cámara se llenó con sus lamentos ahogados, el dolor de una vida entera de separación condensado en ese último y trágico abrazo.
A unos metros, Ónice terminó de incorporarse.
Escupió un coágulo de sangre y cerró los ojos, convocando a la Oscuridad que reptaba desde su interior.
No se dejó poseer por Ágata, sino que canalizó la energía negra estrictamente hacia sus heridas.
Un humo denso y oscuro envolvió su hombro quemado y su costado.
Ónice contuvo el aliento mientras sentía el doloroso crujido de sus costillas rotas alineándose y soldándose bajo la piel.
Cuando abrió los ojos, sus pupilas habían vuelto a la normalidad, aunque la fatiga marcaba sus facciones.
—Vórian, muévete —dijo la drugana con voz ronca, pero el neutral apenas la escuchó, hundido en su luto—. Vórian, mírale los brazos.
A pesar de que el corazón de Elara había dejado de latir y su vida se había extinguido, el fulgor de sus brazos y hombros no se apagó.
Al contrario, las runas doradas talladas en su carne brillaban ahora con una luz constante, líquida y pura, ajena a la muerte física.
La piel seguía siendo el lienzo intacto del mapa; la llave continuaba viva en su propio cadáver.
Ónice apartó la vista de la mujer muerta y comenzó a dar vueltas alrededor del colosal monolito de piedra negra y oro vivo que se alzaba en mitad de la estancia.
Su instinto de guerrera la mantenía alerta; el chasquido del cuello de Elara y la liberación de la magia debían haber tenido alguna repercusión fuera de allí que podía volverse en su contra. Debían darse prisa.
—Esa maldita zorra de arriba seguro que ya sabe que estamos aquí abajo —masculló la drugana, observando la estructura.
Al rodearla por completo, descubrió que las profundas hendiduras tubulares de la parte frontal se replicaban con exacta simetría en la cara posterior—.
Vórian, levántate. Pon las manos en esa piedra.
El neutral obedeció mecánicamente, roto por el dolor y desprovisto de cualquier voluntad propia.
Se arrastró hacia la parte delantera del monolito, alzó sus brazos incandescentes y los introdujo en las aberturas de la piedra hasta los codos.
Esperó el impacto, el chispazo, el fin de la magia de Heindor, cualquier cosa en realidad.
Sin embargo, no ocurrió nada en absoluto. El monolito permaneció inerte, devorando la luz de sus tatuajes sin activar ningún mecanismo. El sello seguía intacto.