CAPÍTULO 5 #3
—Significa que ha llegado el momento en el que todo se precipita hacia el abismo. En cuanto abra esa puerta, ya no habrá vuelta atrás. Empujáis una puerta que será imposible de cerrar de nuevo.
—¿Empujamos? ¿Quiénes? ¿Vórian y yo? —preguntó Elara sorprendida. Para ella no había más actores en escena—. ¿O te refieres al hermano de Lysandra?
Úrsula no respondió y siguió contemplando a Elara.
La neutral era incapaz de ver la complejidad de la red de eventos que Úrsula sí percibía.
No se apiadó de ella, al fin y al cabo era una suerte para ella caer en aquel momento y no saber qué le deparaba al mundo tras sus acciones.
La Vanhir tensó los brazos y las cadenas se iluminaron por un redoblado brillo rojizo.
Entre ambas mujeres se abrió un pozo de oscuridad de un metro de diámetro.
Elara miró hacia el abismo oscuro que se abría bajo los pies de la Vanhir, imaginando a Vórian luchando solo en la penumbra de las raíces.
Una sola lágrima, perfectamente lúcida, resbaló por su mejilla pálida.
Luego, se desabrochó el brazalete de la túnica blanca y dorada, dejando a la vista las intrincadas cicatrices de sus brazos y hombros en cuanto esta cayó al suelo.
Fuera de ella, su piel mostraba las runas grabadas tanto tiempo atrás.
—Lo conseguiremos —sentenció Elara, con una serenidad que helaba su propia sangre.
Señaló las runas de su brazo—. Derrotaremos a Lysandra y los neutrales serán libres de nuevo.
No importa que mi mente se pierda en la corriente.
La llave de Heindor está bajo estas runas, solo ellas importan.
Si la única forma de entregársela a Vórian es que mi cuerpo llegue como un enemigo vacío...
sé que él sabrá qué hacer. Él entenderá el mensaje. Vórian siempre encuentra el camino.
Úrsula contempló a la mujer con un respeto reverencial, conmovida ante la brutalidad y la belleza de aquel sacrificio desinteresado.
Entregar la propia cordura para convertirse en el verdugo de la persona amada, con la única esperanza de que él asestara el golpe de gracia y liberara la salvación de los neutrales desde su propio cadáver.
—Que Calandra tenga piedad de vuestras almas —susurró la Vanhir.
Sin permitirse un segundo de duda, Elara dio el paso al frente, entregando su mente al dolor abrasador del núcleo para salvar a los neutrales y saltó al interior del pozo. Desapareció en la oscuridad y, un segundo después, Úrsula volvió a cerrar el pasadizo creado por su magia ante ella.
—Que la muerte tiemble al recibiros, porque esta noche nos recibirá a todos. —Miró hacia el techo de la cámara—. Incluso a ti.
Las paredes de cristal negro devolvieron el eco de los pasos frustrados de Ónice, que caminaba de un lado a otro como si se tratara de un depredador enjaulado.
Habían logrado avanzar hasta el corazón mismo de la montaña, guiados por el brillo de los tatuajes de Vórian, solo para encontrarse en un callejón sin salida.
La colosal cámara subterránea, tan amplia como la plaza principal de Heindor, estaba vacía.
No había altares, ni puertas, ni el más mínimo rastro de la cerradura que la esposa del neutral les había prometido en sus visiones. Cada vez estaba más furiosa.
—Esto es inútil —siseó la drugana, deteniéndose en el centro exacto de la estancia.
Las sombras reptaban nerviosas alrededor de sus botas, extendiéndose sobre el suelo pulido —.
Hemos estado dando vueltas en círculos durante horas.
Tu mujer te envió al fondo de un pozo ciego, maldito neutral.
Nos has enterrado vivos. —Desde luego, Ónice no iba a reconocerse la menor posibilidad de que ella tuviera algo que ver.
A sus ojos, todo era culpa de los neutrales.
Para ser más exactos, los estúpidos y cobardes neutrales.
Sabía a la perfección que no eran cobardes, pero tampoco lo reconocería jamás.
El neutral no respondió de inmediato. Permanecía de pie, con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo, respirando con pesadez.
El viaje por los túneles y la asfixiante atmósfera del lugar estaban minando sus fuerzas, pero el fulgor de sus brazos seguía latiendo con la misma intensidad testaruda como si su brillo fuera ajeno a él.
Sus runas tenían otro objetivo en el que él solo era el medio de transporte.
—Elara no mentía —rebatió por fin, alzando la vista hacia la drugana—. Las runas nos guiaron hasta aquí por un motivo. Este es el lugar. Puedo sentirlo en mi piel.
Ónice se mordió la lengua para no estallar y hacerle un comentario poco cordial sobre su piel y lo que esta le importaba. Necesitaba salir de allí cuanto antes.
—Pues yo solo siento roca y aire muerto —replicó Ónice, agarrando la empuñadura de su espada con furia contenida.
Esta aumentó su brillo e iluminó el lugar chocando con el dorado de Vórian—.
O encuentras esa maldita cerradura en los próximos cinco minutos, o nos largamos de aquí.
No pienso dejar que la zorra plateada termine de jugar con Sonthorn y decida bajar a aplastarnos.
Vórian estaba a punto de responder cuando un zumbido extraño rasgó el silencio de la cámara.
Una vibración rápida y grave los rodeó por completo.
El aire se volvió denso, cargado de una intensa presión que hizo sangrar la nariz de Vórian en un parpadeo.
Ónice movió su espada en busca de un objetivo, sintiendo cómo la Oscuridad de Ágata trataba de alzarse en su interior, clamando violencia ante la amenaza inminente que percibía.
A unos diez metros de ellos, en la pared rocosa más alejada del túnel por el que habían llegado, la piedra pareció derretirse.
Una fractura en la roca, negra y vibrante, rasgó la pared, escupiendo un cuerpo al vacío antes de cerrarse de golpe con un chasquido sordo y tétrico que devolvió el silencio a la estancia.
La figura cayó pesadamente sobre el suelo de piedra negro.
Su armadura de cuero dorado y adornos metálicos resonó con fuerza sobre el silencio de ambos druganos que contenían la respiración.
El cuerpo permaneció tumbado boca abajo sin revelar su identidad.
Su pelo dorado, común entre los neutrales, no daba pista alguna de su nombre.
Vórian abrió los ojos de par en par al reconocer los tatuajes dorados del cuerpo. Ahogó un grito y corrió hacia el cuerpo inerte.
—¡Espera! —gritó la drugana temiendo una trampa.
—¡Elara! —gritó el neutral, dejándose caer de rodillas junto a la mujer, ignorando las advertencias de Ónice.
Aún respiraba, pero descubrió al momento que algo no iba bien.
Su esposa no yacía en una postura natural; sus músculos estaban rígidos, y su piel desprendía un humo dorado que olía a magia quemada.
Lo más perturbador, sin embargo, eran las runas que cubrían sus brazos y hombros.
Las intrincadas cicatrices, aquellas que había tallado con el punzón de hueso en las visiones, ahora brillaban con una intensidad deslumbrante, como si un fuego líquido corriera por sus venas. El brillo se unió al de Vórian.
El neutral, aterrado, acercó sus manos temblorosas hacia el rostro de la mujer, pero en el instante en que sus propios tatuajes brillantes rozaron la piel incandescente de Elara, una onda de choque los repelió a ambos alejándolos de nuevo.
El impacto fue tan brutal que Vórian salió despedido varios metros hacia atrás, chocando contra las botas de Ónice, que cayó al suelo sin tiempo a esquivarlo. Se puso en pie al instante.
—¡Levántate, idiota! —bramó la drugana, situándose ante él, protectora. No iba a permitir que el neutral muriese allí abajo sin haberlo sacado de allí antes. Luego, que hiciese lo que le diese la gana—. ¡Mira sus ojos!
Elara se incorporó con un movimiento espasmódico e irreal.
Al alzar el rostro, el destino que Úrsula había vaticinado y que ella misma aceptaba se hizo evidente.
Ya no había calidez en su mirada, ni inteligencia, ni rastro alguno del alma de quién había saltado voluntariamente al abismo.
Sus pupilas eran dos esferas de oro muerto y opaco, tango o más como durante el cautiverio de Lysandra.
Volvía a ser una cáscara vacía que la magia Heindor había poseído.
Pero la unión de su magia con los tatuajes de Vórian no había sido en vano.
El estallido de energía provocado por el contacto de sus runas no solo los había repelido, sino que había rasgado el velo que Úrsula había tejido sobre la cámara.
Con un estruendo sísmico que hizo temblar la cámara, el suelo de piedra negra en el centro de la estancia comenzó a abrirse, revelando lo que siempre había estado oculto allí.
Un colosal monolito de piedra negra y oro vivo se alzó majestuosamente desde las profundidades, elevándose hasta quedar frente a ellos. En su superficie frontal, justo a la altura del pecho de un hombre, dos profundas hendiduras tubulares palpitaban con un ritmo sediento, ansiosas por ser colmadas.
Ónice bajó la espada lentamente, asombrada ante la magnitud del núcleo.
—¿Qué narices es esto? —susurró la drugana, con los ojos fijos en las hendiduras del monolito.
Sin embargo, su sorpresa fue al instante reemplazada por su instinto de lucha y enfrentó a Elara con su arma.
La neutral ni siquiera la miró a ella, solo se concentró en Vórian y en el brillo de su cuerpo.
Elara se abalanzó contra él con una velocidad antinatural.
Sus manos desarmadas brillaron con un fulgor cegador y, de ellas, brotaron dos hojas gemelas forjadas con pura energía rúnica.
No eran meros destellos, sino espadas sólidas de luz dorada y crepitante que zumbaban cortando el aire y quemaban el oxígeno a su paso.
Ónice, reaccionando por puro instinto guerrero, se interpuso lanzando un tajo cruzado para frenar el avance hacia Vórian. Las sombras rodearon su filo rojo y ondearon protectoras sin que ella reclamase su presencia.