CAPÍTULO 5 #2
Los ojos del joven se clavaron en la mujer. La había visto durante años cada día, sin embargo, hasta aquella misma noche no había había vuelto a ser ella misma. Era la mano derecha de Lysandra, cualquier palabra inadecuada acabaría con ambos.
—Tengo tanto que agradecerte, hay tanto que no he podido decirte… —Elara emprendió la marcha antes de que su corazón se rompiera. Debía mantener el control de sí misma o Lysandra volvería a tomar posesión de su ser—. ¿A dónde vas?
—Lysandra me envía a vigilar a Úrsula y eso debo hacer. Gracias a ella abriré el camino para que Vórian y los extranjeros acaben con todo esto —respondió ella, acercándose al heredero desterrado—. Vórian está bajo nosotros, en las raíces. Heindor va a caer hoy, hijo mío, mi señor… Debemos ayudarle.
El hermano de la tirana cerró los ojos por un segundo, asimilando la magnitud de sus palabras.
Su deber de sangre chocaba contra su deber hacia los neutrales que llevaban siglos esclavizados.
Cuando volvió a abrirlos, el miedo había dejado paso al valor sereno y absoluto que Sonthorn había entrevisto solo de forma sutil.
El chiquillo nervioso parecía haber desaparecido.
La agarró del brazo antes de que pudiera alejarse.
—Si Úrsula cambia algo, ella lo sentirá al instante. Terminará lo que sea que esté haciendo y saldrá a destruirnos a todos —le advirtió él. En su otra mano sostenía la espada de Sonthorn, apretándola con fuerza.
—Lo sé. Por eso necesito que hagas algo por mí y por nuestro pueblo —pidió Elara, poniendo una mano con extrema delicadeza sobre el frío metal de su guantelete dorado y liberando el brazo de su presa—.
Mantente firme aquí. Pase lo que pase, escuches lo que escuches ahí abajo, no dejes que Lysandra salga de esa habitación.
Gana tiempo para que Vórian pueda cumplir su tarea.
Pero enfréntate a ella solo si es necesario.
El soldado soltó a la mujer que desapareció rápidamente entre las sombras.
Se quitó el casco y miró la abolladura .
Acarició el metal hundido recordando el poder del guerrero que ahora estaba con su hermana, y luego clavó sus ojos en el camino que había tomado Elara.
Asintió, separando los pies para afianzar su postura de combate directamente frente a la puerta cerrada de los aposentos.
—Haré todo lo que pueda —juró el auténtico heredero de Heindor, su voz convertida en un escudo infranqueable. No obstante, Elara ya no estaba allí para escucharlo.
Elara descendió las escaleras superiores y se sumergió en las entrañas del castillo.
A medida que descendía, la perfección arquitectónica y la asfixiante luz dorada contrastada con el negro de las paredes del castillo le repugnaron como jamás lo había hecho.
Por suerte, no tardó mucho en llegar a la sala que mantenía los cuerpos de los padres de Lysandra mostrando sus heridas mortales.
Junto a ellos, el cadáver del que debía haber sido el heredero del trono, un bebé sin nombre que había pagado la cuenta que Lysandra le había entregado.
Suspiró dolida por la imagen y aterrada por quién lo había provocado.
Miró hacia el pasadizo que conducía al interior de la roca desnuda iluminado únicamente por un tenue y tétrico resplandor cobrizo. En cuanto bajó un par de peldaños, el aire se volvió viciado y denso, cargado de un poder primario que le oprimía los pulmones con cada respiración.
Descendió hasta a la mazmorra que servía como alimento para toda la ciudad a costa del cuerpo de la mujer pelirroja.
En el centro de la estancia circular, suspendida por gruesas cadenas que se clavaban en sus muñecas y tobillos, yacía Úrsula.
La Vanhir mantenía la cabeza caída hacia el pecho, con su inconfundible cabello rojo enmarañado cayendo como una cascada de fuego marchito ante ella.
Al escuchar los pasos de Elara, la mujer pelirroja alzó la cabeza a duras penas, revelando unos ojos inyectados en sangre y cansancio que se clavaron en los de la neutral.
Úrsula parpadeó, sorprendida por la calidez ardiente que había reemplazado al oro opaco en las pupilas de Elara. La había visto cientos de veces durante su cautiverio, pero jamás la había reconocido como en aquel momento. Algo había cambiado y no tardó en reconocer qué era.
—Has despertado —susurró la Vanhir, con una voz rasposa por la agonía constante. Hacía muchos años que no pronunciaban palabra alguna sus labios.
—Dudo que por mucho tiempo —aseguró Elara, acercándose a la Vanhir cautiva.
—Aprovecha el momento entonces. —Úrsula dejó caer la cabeza de nuevo—. Después solo habrá más dolor de nuevo.
—Lysandra me ha enviado a vigilarte.
Úrsula tensó las cadenas de sus brazos y estas se tensaron brevemente emitiendo un característico sonido metálico.
—¿Crees que necesito vigías? —Un amago de sonrisa apareció en su rostro, un atisbo de locura se reflejaba en sus ojos.
—Lysandra cree que sigo a su servicio. Por ahora está ciega, volcada por completo en quebrar a Sonthorn en sus aposentos.
—No creo que lo que quiera hacer con él sea quebrarlo, por lo que he visto aquí abajo…
—Llámalo como quieras, pero está distraída por una vez.
—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó la Vanhir con el ceño fruncido, suspicaz.
—Necesito bajar a las catacumbas, Úrsula. Vórian está abajo, en las raíces, intentando abrir los sellos del monolito, pero jamás podrá conseguirlo sin la magia que yo grabé bajo mi propia piel. Tengo que llegar hasta él para ayudarlo.
Úrsula soltó una carcajada amarga que se transformó en una tos seca. Las cadenas tintinearon con el espasmo.
—No hay ningún camino físico hacia las catacumbas, y creo que lo sabes tan bien como yo. De ser así, Lysandra ya lo habría descubierto. No existen escaleras ni pasadizos que lleven al monolito desde aquí.
—Tú puedes llevarme hasta allí —aseguró sin lugar a dudas dando un paso más hacia ella.
Se situó ante su pecho y la miró con dureza—.
Sé que puedes hacerlo. La magia de Heindor me ha hablado de ti.
Sé lo que has hecho, lo que estás haciendo y de lo que eres capaz.
Lo que no sé es por qué, pero creo que ya da igual. ¿No es así?
Úrsula ladeó la cabeza tratando de medir hasta dónde llegaba el conocimiento de la neutral.
Sus ojos rojos se clavaron en los dorados de la mujer.
Estos brillaban con la misma intensidad que los de ella enfrentando el rojo y el dorado de sus miradas.
La Vanhir frunció el ceño, concentrada. Sabía lo que era Elara, al fin y al cabo, no puedes nutrir de magia una ciudad sin saber a dónde iba a parar esa energía.
En cada sombra encontraba la esencia de Elara y esta le decía mucho más de lo que ella era capaz de decir.
—Lysandra cree que soy su esclava, que me limito a entregarle mi fuerza de forma pasiva, pero se equivoca.
El verdadero sacrificio ha sido soportar este dolor durante años, fingiendo sumisión mientras me esforzaba en concentrar y moldear la magia de Heindor desde aquí abajo.
—Úrsula suspiró agotada y miró a su alrededor.
No echaría de menos aquel lugar—. He estado corrompiendo el equilibrio de este lugar, esperando a que llegase Valeria para cumplir lo que yo no puedo hacer. Ella será la clave de todo.
Úrsula apretó los dientes, conteniendo el pensamiento secreto de que la concentración de ese poder rúnico tenía, en realidad, otro objetivo mayor y mucho más tenebroso.
El camino designado por Calandra no había hecho más que volverse más difícil a cada paso y ella había recorrido cada centímetro del camino sabiendo lo que sus actos acarrearían. Volvió a clavar la vista en Elara.
—No sé quién es Valeria.
—Ni necesitas saberlo tampoco. Puedo abrir un camino y arrojar tu cuerpo a la cámara del monolito, junto a Vórian y a la drugana negra —continuó la Vanhir, endureciendo el gesto—.
Pero el precio será completo para ti. En cuanto llegues al centro de la magia, esta te absorberá.
Nadie es capaz de soportar semejante presión sin perderse en ella.
Te fundirás con ella y no podrás evitarlo.
Elara tragó saliva y palideció. Sin embargo, sabía tan bien como Úrsula lo que ocurriría. Ella era parte de la magia desde hacía décadas. Perderse en ella no era peor que perderse en Lysandra. Sin embargo, dudaba de un solo detalle.
—Vórian podrá soportarlo con mi ayuda —declaró, más para sí misma que para ella.
—Los tatuajes rúnicos que le grabaste en su piel protegen su mente, al menos por ahora. —Úrsula señaló los tatuajes de su brazo con un movimiento de la cabeza—. Tú no tienes esa protección. Sabes que te perderás en cuanto llegues.
Elara aceptó el golpe que el destino que la aguardaba sin titubear. Su mente, prodigiosa para el cálculo rúnico, hacía muchos años que sabía que aquel era el camino que le esperaba. Sabía perfectamente lo que ocurriría cuando tatuó las runas en sus cuerpos.
—Sé que si cruzo la red, mi consciencia se desvanecerá en su interior —murmuró la neutral, sintiendo un nudo frío en la garganta de enfrentarse a la muerte al mismo tiempo que a su destino.
Soñarlo era más fácil que enfrentarlo—. No podré hablar con él, ni decirle cuánto lo amo, ni pedirle perdón por el camino que tomé.
En cuanto la corriente me golpee, mi voluntad será borrada por completo.
Llegaré abajo convertida en una cáscara vacía de nuevo.
—Y en cuanto pongas un pie en el altar, la magia de Lysandra detectará el núcleo y te poseerá de nuevo —le advirtió Úrsula con dureza—.
Te convertirá en una marioneta hostil para intentar matar a tu propio marido.
Y lo que es más importante, hará que Lysandra conozca el núcleo y lo que he estado haciendo por décadas.
Lo que hemos estado haciendo. ¿Entiendes lo que eso significa?
Elara se humedeció los labios y tragó saliva a duras penas. Una sensación de terror la embargó. Ella era una erudita, no una mujer de acción.
—Que lo arriesgamos todo…