CAPÍTULO 5
UNA SOLA CHISPA
Elara abrió los ojos de par en par en el mismo momento en que fue impactada por una extraña sensación.
La magia de la ciudad arrastraba hasta ella una ola liberadora que impactó con toda su fuerza contra ella.
El conocimiento de sí misma apareció de nuevo en ella, algo que había perdido hacía muchos años.
Miró sus manos sorprendida de ser ella quien moviese sus dedos.
Respiró hondo y sus pulmones se llenaron.
La sensación de gobernar su propia voluntad de nuevo se abrió camino en su interior.
Una tenue chispa de voluntad prendió en lo más profundo de su alma, encendiendo de nuevo su corazón. Este volvió a latir al ritmo que su propia mente solicitaba. Ella gobernaba ahora su ser.
El gélido letargo en el que su mente había estado sumergida desde que Lysandra la vació por completo se resquebrajó con el impacto de la oleada de magia dorada. Solo hizo falta una grieta minúscula, un error de cálculo en la red perfecta de la ciudad dorada para recordarle quién era.
Una única oportunidad que solo pudo resultar gracias a que la tirana blanca estaba volcando todo su poder en doblegar a Sonthorn.
Lysandra estaba ciega al exterior, por lo que Elara pudo liberarse de sus garras plateadas.
Parpadeó al percibir al mismo tiempo que dos actos simultáneos sacudían los cimientos mágicos de Heindor: un chispazo extraño provocado por una criatura dorada en las calles y, mucho más profundo, el grito inconfundible de las runas que ella misma había grabado en la piel del hombre que amaba al activarse.
“¡Vórian! —gritó su mente, liberada de sus cadenas por unos preciosos y efímeros minutos”.
Los recuerdos volvieron a ella. Los años de cautividad pasaron ante sus ojos fugazmente mientras las lágrimas inundaban su rostro.
Pudo ver a Vórian incontables veces suplicando ante ella que volviera en sí, que recuperara el control de sí misma.
Sin embargo, también pudo ver las muchas veces que el neutral había perdido el control de sí mismo ante Lysandra.
Apretó la mandíbula y negó con la cabeza desgarrada por el dolor.
Debía seguir adelante. Sabía a la perfección que su libertad sería breve.
Conocía lo que estaba ocurriendo, era parte de su plan muchos años atrás trazado.
Debía moverse rápido o todo sería en balde.
Ya tendría tiempo a llorar por su propio dolor cuando todo hubiese acabado.
Lo importante era destruir a Lysandra y no debía pensar en nada más.
Se concentró en lo que la magia de Heindor le trasmitía a través de su red.
Vórian estaba allí abajo. Había vuelto. Lo había logrado. Había encontrado el lugar más importante de la ciudad, la cerradura con la que corromperlo todo.
Sus manos se retorcieron con la duda. Lysandra la había engañado tantas veces que tener esperanza una vez más se sentía inútil ante sus ojos.
Pero no podía ser. Lysandra no podía darle aquella sensación y mucho menos la que le llegaba del exterior de la ciudad.
Ambas eran imposibles de sustituir porque Lysandra no conocía ninguna de ellas.
Elara parpadeó con fuerza y se frotó los ojos, desterrando el oro opaco de sus pupilas y recuperando su color ardiente natural.
Miró a su alrededor tratando de orientarse en un mundo nuevo para ella.
Se encontraba en las estancias privadas de la Dirigente Blanca, organizando las pertenencias de la tirana con la precisión inerte de un autómata.
Nada llamó su atención salvo un pedestal de mármol negro sobre el que descansaba el objeto más valioso de Lysandra: el medallón arrebatado a Úrsula, la mitad de algo que desconocía pero que sabía que era importante.
Su instinto primario le gritó que lo cogiera, pero su profundo conocimiento de la magia rúnica la detuvo en seco a escasos centímetros del metal.
Sintió la trampa antes siquiera de pensar en ella.
Tocarlo sería un suicidio. El medallón estaba anclado a la consciencia de Lysandra.
Si lo rozaba, la drugana blanca lo sentiría de inmediato, la grieta en su control se cerraría de golpe y Elara volvería a ser una cáscara vacía antes de cerrar la mano sobre él.
Además, Lysandra la doblegaría en un instante y sabría lo que había sentido.
No dudaría en masacrar a Vórian si se enteraba de que estaba tan cerca de arrebatarle el control de la ciudad.
Aquel lugar debía permanecer oculto para ella pasara lo que pasara. Debía apartarla de allí, debía…
El pesado pestillo de la puerta repiqueteó antes de que pudiera trazar un plan.
Elara tuvo apenas un segundo para obligar a sus pupilas a teñirse de nuevo de aquel oro opaco y muerto, adoptando la postura rígida de una sirviente sin alma justo cuando las gruesas hojas de madera se abrieron de par en par.
Lysandra entró en la estancia como un huracán de luz y lujuria contenida.
Tras ella, caminando con una torpeza hipnótica, entró el drugano blanco que había visto ante la muralla acompañando a Vórian.
Elara tuvo que reprimir un escalofrío al verlo.
El imponente guerrero había sido despojado de sus protecciones, mostrando su torso desnudo surcado de cicatrices.
Sin embargo, lo más aterrador eran sus ojos.
Estos estaban vidriosos, vacíos, absorbidos por completo por la voluntad de la tirana.
No era más que un cuerpo dócil, arrastrado hacia su perdición por una drugana blanca que, a su vez, ya se había deshecho de la mitad de sus ropas.
Lysandra se detuvo al ver a Elara en la habitación y chasqueó la lengua con impaciencia. Su poder la cegaba tanto en aquel momento que fue incapaz de notar la chispa de consciencia que latía bajo la máscara dorada de la antigua mujer de Vórian.
—Largo de aquí —ordenó Lysandra con voz ronca, tirando de la mano del guerrero hacia el lecho perfecto—. Baja a las mazmorras y vigila a la Vanhir. Asegúrate de que sus cadenas sigan firmes. No quiero que nada ni nadie me interrumpa. Nada debe desconcertar a este drugano en su tarea.
Lysandra se estremecía de impaciencia al vislumbrar el triunfo que la noche le prometía. Tembló de expectación al imaginarse tumbada bajo el poderoso pecho del drugano empujando sus caderas con toda su fuerza tal y como ella quería.
Elara hizo una reverencia mecánica y obedeció, saliendo de la habitación con paso rápido y silencioso.
Al cruzar el umbral cerró las puertas con un chasquido definitivo.
En el pasillo, formando un muro infranqueable para asegurar la privacidad de su señora, aguardaba la guardia de élite del Martillo.
Y, justo en el centro, custodiando la entrada principal de los aposentos, una figura bloqueó su camino.
Era un soldado del Martillo, pero su armadura no estaba en perfecto estado.
Su casco presentaba una profunda y reciente abolladura en un lateral, el recuerdo imborrable del brutal golpe que Sonthorn le había asestado horas antes en la plaza de la ciudad.
El soldado se encontraba montando guardia, pero su postura no era la de un autómata perfecto.
Sus hombros estaban tensos y, bajo el metal torpemente reparado, unos ojos dolorosamente lúcidos se cruzaban con los de ella.
Elara se detuvo. Reconoció ese brillo al instante y ladeó la cabeza.
Reconoció el cabello rubio que asomaba bajo el yelmo dañado y la profunda soledad que compartía con la propia tirana, pero sin un ápice de su crueldad.
Conocía perfectamente quién era aquel joven, si bien hacía muchos años que no lo veía con sus propios ojos.
Ahora lo recordaba a la perfección. Era el mismo bebé que Vórian había traído a su casa y que había crecido a su lado hasta que Lysandra la había arrancado de su lado.
Comprendió entonces que compartía el mismo poder que ella, si no no habría pasado desapercibido a su visión.
Aquel soldado herido era el hermano de Lysandra, el auténtico Heredero del Heindor, subyugado en secreto y convertido en un soldado raso sin nombre para no amenazar el trono de su hermana.
Y, al igual que a ella, la sobrecarga mágica de la ciudad y el impacto en su cabeza le habían concedido un instante de preciosa claridad.
Solo Vórian sabía quién era el auténtico bebé que Lysandra mató creyendo que era su hermano.
Jamás le preguntó quién era y agradeció de que no se lo contase.
—Tú también lo percibes —susurró Elara, quebrantando la ley de silencio que imperaba en la fortaleza.
Miró de reojo al resto de los miembros del Martillo.
Tras ella, los gemidos de Lysandra comenzaban a alzarse poco a poco.
La concentración de la Dirigente Blanca estaba muy lejos de allí. Era ahora o nunca.
El soldado rubio asintió lentamente. Tragó saliva, mirando hacia la gruesa madera tras la cual su hermana y el drugano blanco acababan de desaparecer. Suspiró al escuchar su voz.
—Algo ocurre —murmuró él, con la voz oxidada por la falta de uso, pero cargada de una determinación que Lysandra jamás lograría extirpar del todo—. Nunca la había sentido tan ajena. ¿Qué ocurre? ¿Cómo te has liberado?
—No importa ya. Lysandra estará ocupada unas horas. Debemos aprovechar el momento.
El joven ladeó la cabeza mientras rebuscaba en sus recuerdos.
Las palabras de Elara arrastraban hasta él momentos perdidos en su memoria, instantes aterradores y palabras desesperadas que había tratado de ignorar.
Localizó el recuerdo en contra de su voluntad.
Era más fácil esconderse que luchar. Sin embargo, ¿cómo no luchar cuando todos se sacrifican ante tus ojos por un bien mayor?
—Me hablaste de este momento hace muchos años. Siempre creí que había sido un sueño…
—Sí. Una sola vez, casi un susurro. Sabía que este día llegaría.