Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 4 #5
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CAPÍTULO 4 #5

Tsuneo se plantó en medio del flujo de personas, pero los neutrales no reaccionaron a su presencia y siguieron caminando hacia él.

En lugar de apartarse o atacarlo, la primera figura de la fila, un hombre mayor con la túnica dorada inmaculada, chocó contra Tsuneo.

No hizo el menor ademán de esquivarlo, simplemente se detuvo y siguió empujando, como si Tsuneo fuera una pared que hubiera aparecido de la nada.

—Parece que están dormidos —dijo Tsuneo, alzando una mano y posándola sobre el hombro del anciano.

En el instante en que su mano rozó la tela de la túnica, el anciano se detuvo en seco.

El movimiento fue tan abrupto que Tristán llevó la mano a sus armas por instinto.

El hombre giró la cabeza con la rigidez antinatural de un engranaje oxidado.

Sus ojos, esferas de oro líquido carentes de cualquier atisbo de humanidad, se clavaron en los del Uldenhar.

Antes de que Tsuneo pudiera reaccionar o apartar la mano, el neutral alzó la suya con una rapidez centelleante y agarró el brazo de la criatura.

Su agarre fue férreo, casi triturador, completamente desproporcionado para su aspecto frágil.

Un latigazo de energía dorada recorrió el cuerpo de Tsuneo.

El Uldenhar abrió sus fauces en un grito mudo, paralizado en el sitio.

Un destello ardiente se extendió en todas direcciones desde el contacto como una ola que recorrió cada centímetro de piedra hasta perderse entre las calles iluminando las mismas con su fulgor etéreo.

A través de aquel contacto físico, su consciencia fue arrastrada de golpe hacia el interior de la inmensa red rúnica que latía bajo Heindor.

No sintió la mente del anciano; allí no quedaba nada, solo un abismo oscuro y silencioso.

Lo que sintió fue el peso aplastante de la misma titiritera que movía los hilos en Heindor.

Lysandra.

Tsuneo percibió el mal en estado puro que se escondía tras el falso fulgor protector de la ciudad.

Era una presencia fría, narcisista y devoradora, una voluntad tiránica que asfixiaba a miles de almas simultáneamente, reduciéndolas a simples marionetas vacías con las que hacía lo que quería.

Pero lo que más preocupó a la criatura no fue la inmensidad de aquella mente colmena, sino su foco.

La drugana blanca no estaba prestando la más mínima atención a las calles, ni a la muralla, ni al anciano que Tsuneo acababa de tocar.

El cien por cien de su colosal y perversa concentración estaba volcada en un único punto, canalizada como un torrente aplastante hacia el interior del castillo.

Lysandra estaba intentando quebrar y devorar una mente inmensa y poderosa que se resistía con uñas y dientes, obligándola a desviar todos los recursos de la ciudad hacia esa única tarea.

Aterrado por la magnitud de la oscuridad real que latía bajo aquella luz dorada, Tsuneo dio un tirón violento y brutal, arrancando su brazo del agarre del anciano.

El Uldenhar retrocedió a trompicones hasta chocar ruidosamente contra la pared del callejón iluminado el suelo con cada paso. Se quedó allí, jadeando con desesperación, llevándose una mano al pecho como si la misma tirana hubiera intentado exprimirle el corazón a él mismo.

En el momento exacto en que el contacto se rompió, la mano del anciano cayó lánguida a su costado.

Sin emitir un solo sonido, sin que su expresión mortecina se alterara lo más mínimo, el hombre volvió a girar la cabeza hacia el frente y reanudó su marcha acompasada, perdiéndose entre la marea de ciudadanos dormidos como si aquel choque de voluntades jamás hubiera ocurrido.

—¡Tsuneo! —siseó Tristán, corriendo hacia él y agarrándolo por los hombros—. ¿Qué demonios te crees que haces? ¿Estás bien? ¿Te he dicho alguna vez que tocas demasiado?

El Uldenhar asintió despacio, tragando saliva con dificultad. El terror puro aún bailaba en sus ojos felinos, ensanchando sus pupilas. Miró a la multitud de neutrales que desfilaba por la calle con una repulsión instintiva.

—Lysandra es un ser abyecto vestido de luz —susurró la criatura dorada, con un hilo de voz tembloroso—.

Un monstruo despiadado disfrazado de luz.

—Señaló hacia los neutrales—. Tristán, no son personas.

Ya no. Son solo envases vacíos. Ella los ha devorado por dentro, les ha robado la voluntad para usarlos a su antojo.

—Ella es lo que hemos venido a derrotar —confirmó el Vanhir—. ¿Sabes si te ha visto?

—No, no nos ve —continuó Tsuneo, enderezándose y recuperando poco a poco el aliento.

Señaló hacia el imponente castillo en el centro exacto de Heindor—.

Toda su fuerza y toda la maldad que teje esta ciudad está enfocada de forma absoluta allí arriba.

Está completamente ciega a todo lo demás porque está luchando contra algo que la mantiene concentrada por completo.

Tristán apretó la mandíbula y miró hacia la torre dorada que perforaba el cielo plomizo. No le costó comprender que era Sonthorn quien estaba soportando el peso mental de toda una ciudad él solo, actuando como cebo vivo en la jaula de la tirana. Pero entonces, ¿dónde estaban Ónice y Vórian?

—Pues más vale que nos demos prisa antes de que esa zorra plateada le rompa la mente —sentenció Tristán usando las palabras de la drugana negra—. Si estás seguro de que tenemos el camino despejado, iremos directos al castillo.