CAPÍTULO 4 #4
Tristán agarró la escalera de cuerda y tiró de ella tratando de comprobar su resistencia.
Asintió conforme y comenzó a trepar por la muralla con cuidado.
No tenía la más mínima intención de caerse de ella, pero tanto la cuerda como sus manos estaban realmente heladas.
Le llevó más tiempo del que hubiese deseado.
Cuando llegó a la cima, suspiró aliviado y se agachó contra las almenas apoyando la espalda contra la piedra.
Se asomó al interior de la ciudad y Tsuneo no tardó en situarse a su lado.
Sus pies hacían emitir un destello en la piedra con cada paso que daba.
Tristán lo sujetó del brazo de inmediato y el Uldenhar se detuvo sin replicar, bajando la vista hacia la piedra brillante.
—Pareces un faro atrayendo polillas, ¿qué te crees que haces?
—preguntó el pelirrojo, examinando las almenas y los tejados más cercanos en busca de ojos dorados que vieran sus movimientos.
No parecía que nadie hubiese reparado en ellos—.
De momento parece que nadie nos ha visto, pero si sigues haciendo brillar las runas con cada paso, no tardarán en invitarnos a su fiesta neutral.
Esperaron durante unos segundos cualquier sonido y al final se asomaron ambos con infinita cautela por encima de la balaustrada, esperando encontrar flechas volando hacia ellos o lanzas listas para ensartarlos.
Sin embargo, lo que hallaron fue una quietud mucho más perturbadora que cualquier batalla.
Las calles de Heindor se extendían a sus pies como un intrincado laberinto de piedra áurea iluminada por el pálido sol del amanecer y el omnipresente fulgor rúnico.
A primera vista, la ciudad parecía prosperar: los mercados estaban ordenados, las calles impolutas y cientos de figuras transitaban por las anchas avenidas y las estrechas callejuelas.
Sin embargo, algo fallaba clamorosamente en aquella visión.
—Por los Dioses Desaparecidos… —murmuró Tristán, la boca entreabierta por el asombro y el desconcierto—. Es como un hormiguero en pausa.
Tsuneo frunció el ceño, observando la marea dorada.
Los ciudadanos, hombres y mujeres neutrales, se movían con una cadencia perfecta, casi rítmica.
No había niños corriendo, ni voces regateando en los mercados, ni el ruido de herramientas contra el metal.
Caminaban como espectros sólidos, arrastrando los pies en un patrón repetitivo.
Una mujer cerca de la muralla barría el mismo metro cuadrado de piedra limpia una y otra vez con su mirada perdida en el suelo.
Más allá, un par de soldados patrullaban en línea recta, chocando contra una pared, girando noventa grados al unísono y continuando su marcha sin pestañear.
—Están dormidos —confirmó el Uldenhar, su voz delataba una mezcla de asco y compasión—. Vórian te dijo algo al respecto, ¿no?
—Lysandra —contestó el Vanhir, recordando las advertencias que el neutral había alzado sobre la drugana blanca—.
La reina blanca que doblega las mentes. Si tiene el control de toda esta gente, no me extraña que las puertas estén sin vigilancia.
No le hacen falta guardias si todos sus habitantes son sus ojos y sus oídos.
Tsuneo chasqueó la lengua.
—Entonces, ¿cómo bajamos sin que nos vea?
Ambos miraron en todas direcciones siguiendo la muralla. Ambas acababan en montañas imposibles de esquivar. Solo les quedaba adentrarse en la ciudad. Tristán señaló una escalera de caracol dentro de una estructura unida a la muralla.
—Con mucho cuidado. Y tú, por lo que más quieras, intenta no pisar… en fin, nada. Literalmente nada —sentenció Tristán, señalando los pies del Uldenhar—. Si sigues iluminando cada baldosa que tocas, tendremos a toda la ciudad encima antes de llegar a la primera esquina.
—¿Y cómo sugieres que baje? ¿Flotando? —gruñó Tsuneo, cruzándose de brazos.
Tristán suspiró con pesadez, se dio la vuelta y flexionó las rodillas, ofreciéndole la espalda.
—Sube.
El Uldenhar abrió los ojos de par en par, escandalizado.
—¿Estás de broma? Dragones, lobas y ¿ahora tú? Quedas muy lejos de lo que yo llamo una montura adecuada…
—¿Se te ocurre algo mejor? —le espetó el pelirrojo mirando por encima del hombro
—Puedo usar tus botas…
—¿E ir yo descalzo por el suelo helado?
—Yo voy descalzo…
—Pero tú eres… bah, déjalo y súbete. Si te ayuda, para mí es peor, que también llevo a Raika metida en la chaqueta. A este paso me van a nombrar mula de carga oficial de Heindor. Así que ¡sube de una vez!
Tsuneo soltó un gruñido ahogado de pura mortificación, pero la lógica era aplastante y no tenían tiempo que perder.
Con enorme frustración y sintiendo que la vergüenza le quemaba bajo la piel dorada, pasó los brazos por el cuello de Tristán y enganchó sus piernas alrededor de su cintura.
El Vanhir soltó un quejido sordo al soportar el peso de la densa musculatura del Uldenhar, reajustando su centro de gravedad a la carga.
Descendieron por la escalera de piedra con el sigilo del que solo un entrenado Vanhir era capaz, mientras el Uldenhar se limitaba a intentar hacerse lo más pequeño posible en su espalda, apretando los dientes y rezando a las diosas para que nadie presenciara jamás aquella estampa indigna.
Llegaron al suelo sin ser detectados, rodeados de altas paredes que parecían presionar sus hombros.
Allí, Tristán flexionó las rodillas y dejó caer a Tsuneo hacia la oscuridad, soltando un sonoro bufido de alivio y frotándose los lumbares.
El aire allí abajo era cálido, cargado de un olor artificial a incienso y metal caliente.
Tristán se pegó a la pared y se asomó a la calle principal, ignorando la mirada asesina de su compañero. Una hilera de ciudadanos pasaba frente a ellos, su caminar acompasado resonando en la quietud de la ciudad.
—Tenemos que avanzar hacia el centro, hacia esa torre.
Vórian decía que allí estaban sus aposentos.
Seguro que han ido hacia allí —indicó el pelirrojo en un susurro, señalando la inmensa aguja de luz que rasgaba el cielo más allá de los tejados—.
Pero no podemos cruzar la calle, están todos estos...
Tsuneo, en lugar de encogerse en las sombras, dio un paso adelante, saliendo a plena luz.
—¡Eh, espera, ¿qué haces?! —susurró Tristán, intentando agarrarlo, pero el Uldenhar ya estaba fuera del callejón.