Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

El pelirrojo abrió la compuerta de energía hacia la loba sintiendo al momento hasta qué punto esta se había agotado por el viaje.

Raika obedeció, aunque sus enormes patas temblaban por el agotamiento tras haber luchado contra la tormenta durante todo el día.

Corrió a través de la noche interminable a un ritmo constante pero agónico.

Sin la tormenta, el avance era más rápido, pero las reservas de la loba estaban bajo mínimos.

Tristán mantenía el flujo de magia con firmeza, pero el cuerpo físico de la bestia no podía soportar aquel castigo de forma indefinida.

Tsuneo gruñía de vez en cuando, frotándose los brazos para no perder la sensibilidad, vigilando la negrura absoluta a su alrededor.

El frío era cada vez más intenso, si bien se sentían aliviados ante la desaparición de la tormenta.

La cuestión era, ¿cuánto tardaría en regresar?

La agonía del viaje y la pregunta se prolongó durante toda la noche, hasta que el cielo comenzó a clarear por segunda vez desde que abandonaron el glaciar.

El alba despuntó perezosa, tiñendo el horizonte de un enfermizo tono dorado.

Fue en ese preciso instante cuando las fuerzas de la loba se evaporaron por completo y ni siquiera el apoyo de Tristán pudo sostenerla en pie un minuto más.

Raika emitió un quejido agudo, sus patas delanteras cedieron y su cuerpo se estrelló contra el suelo.

Tristán y Tsuneo rodaron por la nieve al perder su montura, mientras el hechizo Vanhir se rompía de golpe ante la extenuación del animal.

El inmenso cuerpo de la bestia se contrajo violentamente, perdiendo masa y volumen a una velocidad vertiginosa hasta quedar reducida a su forma original, e incluso más allá.

Raika terminó convertida en un cachorro del tamaño de un perro pequeño, un diminuto ovillo de pelo rojizo que tiritaba incontrolablemente sobre el suelo helado.

Tristán se puso en pie de un salto, ignorando el dolor de sus músculos agarrotados, y se dejó caer de rodillas junto a ella. Con una ternura infinita, apartó la nieve y la recogió entre sus brazos.

—Ya está, preciosa, ya está. Lo has hecho muy bien. Estoy orgulloso de ti —susurró el pelirrojo, con el corazón encogido pero rebosante de un orgullo profundo hacia su compañera—. Cuando se lo cuente a Líner no podrá creerlo.

Una mínima sonrisa, tan pequeña como la misma Raika, apareció en su rostro. Tsuneo se situó sobre el hombro de Tristán.

—¿Está bien?

—Lo estará cuando descanse —respondió el pelirrojo, pero su tono no transmitía la menor seguridad en sus palabras.

Se abrió la pesada chaqueta a toda prisa y acomodó a la pequeña criatura contra su pecho, cerrando la ropa sobre ella para que su propio calor corporal la protegiera del frío.

Sintió los latidos débiles pero constantes de la loba contra su piel.

—Ahora me toca a mí llevarte y lo haré —le prometió, acariciando su cabecita por debajo de la tela—. Descansa.

Tsuneo lo ayudó a incorporarse. Tristán alzó el rostro sintiendo el peso de la escarcha acumulada en sus pestañas.

Y, entonces, la vieron. Recortándose contra el horizonte yermo y helado, ajena al frío y a la desolación del fin del mundo, se alzaba una inmensa muralla dorada.

Sus runas palpitaban con una luz constante, asfixiante y antinatural en medio del amanecer.

Ambos emprendieren el camino a pie hacia la lejana ciudad que parecía esconderse entre las montañas como una pepita de oro oculta entre la tierra.

Desde aquella distancia, que aún les exigiría varias horas más de marcha agónica a través del páramo nevado, Heindor aún no mostraba calles, ni ventanas, ni torreones.

Se presentaba, en cambio, como una colosal aberración geográfica enclavada en el vértice mismo del continente, justo allí donde las inmensas cordilleras negras parecían colapsar unas sobre otras, formando un muro ciego y definitivo de roca y hielo que parecía marcar el final absoluto del mundo.

Las montañas, afiladas como colmillos y oscurecidas por la tormenta perpetua, abrazaban el asentamiento como garras titánicas, amenazando con tragarlo en cualquier momento.

Sin embargo, la ciudad se resistía a pesar de su aterradora visión.

El pulso de su luz dorada rebotaba contra las laderas verticales, creando un halo masivo e irreal que teñía las nubes bajas de un naranja enfermizo.

Era una cuña de pura luz encajada a la fuerza entre los dientes de la cordillera.

No había sutileza en su existencia. A esa distancia, la urbe era una masa indivisible de fulgor brillante y el latido difuso de sus incontables runas, cuya potencia lograba atravesar la bruma polar a duras penas.

Parecía una estrella caída y hecha prisionera en el fondo de un valle imposible; un faro arrogante que le gritaba su existencia a la nada.

Tras ella, una tormenta de rayos constante que se recortaba contra los muros de la ciudad sobrecogiendo a quien osara mirar hacia allí.

Tristán abrazó instintivamente la chaqueta contra su pecho, ajustando el bulto tibio de la pequeña Raika para protegerla del viento helado, y soltó un largo suspiro que se materializó en una densa nube de vapor.

Sonrió cuando esta se mantuvo estática en el aire ante él.

No sabía qué había cambiado en su viaje, pero no le costó asociarlo a Sonthorn.

—Tal vez lo hayan logrado —dijo Tsuneo, que parecía haber leído sus pensamientos. Tristán negó con la cabeza.

—No, estoy seguro de que no ha sido así.

Tsuneo se encogió de hombros. Por fortuna, la capa de nieve ante ellos era escasa, sin duda debido a los huracanados vientos que habían barrido el camino con su imparable aliento.

Aprovechó a quitarse el hielo que se había acumulado en su piel y esta poco a poco volvió a su color dorado habitual.

El movimiento era el mejor remedio para el frío, lo sabía perfectamente tras tantos siglos estático entre el hielo. Sacudió la cabeza al recordarlo.

Al despuntar el alba se detuvieron ante pocos cientos de metros de la muralla dorada.

Esta latía con un fantasmagórico pulso tan lento como sutil.

Tristán usó una runa para mejorar su visión y observó la ciudad ante él.

La muralla estaba cubierta de runas desconocidas para los Vanhir y se humedeció los labios solo con pensar en lo que podría aprender de ellas.

Sin embargo, antes debía salvar al mundo y esas cosas aburridas, no tendría tiempo para runas hasta completar su tarea.

Alzó la vista de las runas y recorrió la muralla en busca de ojos que pudieran localizarlos sin éxito.

—No hay nadie en la muralla —le dijo a Tsuneo, que ni siquiera se había interesado.

—Calandra no lo permitiría.

—Ya, claro. ¿Crees que nos han dejado el camino libre para que lo sigamos?

—Lo más probable.

—Pues eso suena mucho más a trampa, ¿no crees?

—Para las criaturas ciegas como tú, sí.

—Veo mucho mejor que tú, rana dorada.

—Tus ojos tal vez, tú no. —Un gemido en su chaqueta lo sacó de su inútil discusión—. Algo te decía que debías venir. A mí me dice que le camino estará preparado para nosotros.

—Oh, está bien. —Tristán se frotó el puente de la nariz frustrado por estar tan ciego como decía el Uldenhar.

Observó la muralla en busca de una puerta por la que acceder.

Desde luego, la entrada no estaría a los lados de la ciudad, esta se hallaba encajada entre las montañas sin dejar lugar alguno para acceder.

No podrían acceder salvo que supieran volar, y esa habilidad era de los druganos—. Oye, no tendrás unas alas, ¿verdad?

—No, se me olvidaron en mi mundo. Cuando me lleves hasta allí te las enseñaré. Tiene escamas y muy mala leche.

—Algo así me temía. —Recorrió la muralla de nuevo y observó una fina sombra que oscurecía levemente el fulgor de las runas en la piedra—. Por los Dioses Desaparecidos… tal vez tengas razón.

—Tengo razón, pero ¿qué has visto?

—Si no fuera una locura, diría que hay una escalera de cuerda colgando de la muralla.

Pudo sentir cómo la boca llena de dientes afilados de Tsuneo se transformaba en una sonrisa antes incluso de que hablara.

Se puso en marcha a toda prisa antes de que el Uldenhar pudiera restregarle su “escasa visión”.

No duró mucho tiempo su calma, este le alcanzó y le recordó cómo los Calán, y por lo tanto los Uldenhar, confiaban en Calandra ciegamente.

El monólogo de Tsuneo continuó hasta la base de la muralla y solo se detuvo cuando Tristán se concentró en las runas y lo ignoró por completo.

—No conozco ninguna de estas runas. Todas me son familiares y desconocidas al mismo tiempo —aseguró recorriendo sus trazos con un dedo hasta que esta se conectó con la siguiente runa en una unión que él era incapaz de imaginar y mucho menos de trazar—. Es... increíble.

—Pues a mí me parecen dibujos estúpidos —aseguró apoyando su mano en la piedra dorada.

—A ti todo lo que no puedas tocar te parece estúpido.

—Cierto.

Esta vez fue Tristán el que puso los ojos en blanco. Sin embargo, ante él la muralla emitió un destello sutil en el punto en el que Tsuneo había hecho lo que mejor sabía hacer: tocar. Volvió la vista hacia él interrogante.

—¿Qué has sentido? —preguntó interesado. Puso su mano sobre la piedra tal y como el Uldenhar había hecho. A diferencia de él, no obtuvo la más mínima respuesta. Una pequeña sensación de envidia le recorrió. Luego recordó lo poco agraciada que era la criatura y se le pasó.

—Era… vacío. La ciudad está viva, o estuvo viva antes. Ahora solo es una cáscara vacía por completo. Es como tocar un cadáver desconocido. Permanece en el recuerdo de alguien, pero nada más.

—¿Puedes sentir a Sonthorn?

—No funciona así, pero no, no lo he sentido.

—Sigamos entonces. Trata de no tocar nada, no sabemos quién puede estar atento a lo que ocurre en la magia de la muralla.

—Lo intentaré.