CAPÍTULO 4 #2
—Recuerda que para llevarme a mi mundo tienes que seguir vivo —dijo la criatura dorada con dureza. La muerte no les era ajena a ninguno.
Tristán asintió mientras un hilo rojo emergía de su dedo índice. Comenzó a dibujar la runa en el aire y se giró hacia la loba.
—No tengo intención de morir, Tsuneo.
—Ni yo de pasar frío, y mira, aquí estamos.
Tristán se vio obligado a sonreír al Uldenhar que ahora estaba tras él.
Completó la runa y la lanzó sobre la loba que creció al momento de tamaño hasta medir más de cuatro metros hasta sus hombros.
Cuando creyó que sería suficiente para el viaje, detuvo la compuerta de energía y el hechizo se detuvo.
Se tambaleó durante un segundo y recolocó un pie para mantenerse en vertical.
—Además, ¿tú crees que nadie me atacará sabiendo que este engendro peludo me protege?
—se burló de la enorme loba a su lado. Esta puso los ojos en blanco y se tumbó para que ambos pudieran trepar hasta su lomo—.
Aguanta, Raika, tenemos que llegar cuanto antes y solo tú puedes hacer que lo consigamos.
Nuestros amigos no lo saben, pero nos necesitan.
La loba observó a Tristán con la misma determinación que Tsuneo. Fuera adonde fuera que las diosas les empujaran, el camino estaba al lado de Tristán.
“Siempre estaré a tu lado, pase lo que pase —aseguró en su mente, tan decidida o más que el Vanhir”.
“Que la muerte tiemble al recibirnos, ¿verdad? —dijo Tristán recordando las palabras de los semielfos”.
“Espero que no sea necesario llegar a ello, pero sí. Te prometo que la muerte temblará como se atreva a apartarte de mi lado y tenga que ir a buscarte”.
Tristán no respondió y se subió a su grupa agarrándose a su recio pelo rojo, mucho más grueso que antes. Se sentó a horcajadas sobre ella y le indicó a Tsuneo que hiciera lo mismo. Este se subió ante él y ambos se agarraron con fuerza.
—Vamos allá. Aguanta todo lo que puedas, Raika. Solo tú puedes hacerlo.
El Líder de los Vanhir le dio una palmada. La loba se levantó de un salto y aulló con todas sus fuerza al cielo, orgullosa, furiosa y decidida a partes iguales.
—Agárrate fuerte —le dijo a Tsuneo y este obedeció con una ceja levantada, o con lo que sería una ceja; era imposible seguir la anatomía humana en semejante criatura.
Raika inició la carrera arañando el suelo bajo la nieve con sus ahora enormes uñas. Salió corriendo con tanta fuerza que tanto Tristán como Tsuneo estuvieron a punto de soltarse de sus riendas de pelo y por un momento ambos flotaron en el aire solo sujetos por sus manos.
—¡Jéssica! —gritó Tsuneo sin poder evitarlo al sentir la misma sensación que la primera y última vez que se subió a lomos de un dragón.
El recuerdo de la dragona azul y el sacrifico de Sarah al encontrar su encrucijada junto al Cazador de ojos blancos le golpeó con dureza en el corazón.
Tragó saliva a duras penas mientras los ojos dejaban escapar una solitaria lágrima, y esta sí era de forma común.
Si le quedaba la más mínima duda de si ese aquel era el camino correcto, aquella sensación tan real como extraña, perdida tras tantos siglos, le hizo aceptar el camino que se abría ante él.
—¿Qué has dicho? —preguntó Tristán sobre el estrépito del viento contra sus oídos. Su pelo se agitaba con fuerza enredándose tras su cabeza.
—¡Es como ir subido en un dragón! ¡Ella es como Jéssica!
Tristán recordó las imágenes que Tsuneo le había transmitido en la cabaña solo unos pocos días antes. Parecía que habían pasado meses desde ese momento. Sin embargo, la imagen del cuello de la dragona girando hacia el cielo y al Uldenhar agarrándose como podía a ella se materializó ante sus ojos.
—No sé si volverás junto a ella —dijo con sinceridad— pero haré que regreses con tu pueblo. Para algo soy el Protector de los Calán, ¿no? Solo tenemos que seguir adelante, siempre adelante.
El amanecer despuntó a sus espaldas, tiñendo la nieve de un naranja pálido que pronto fue devorado por el gris plomizo del norte.
No tardaron en descubrir por qué la loba había olfateado el aire con tanta cautela.
A pocos minutos de su desesperada carrera, una pared de viento huracanado los golpeó de frente con la fuerza de una avalancha.
Era una tormenta perpetua, cuyo aliento gélido y enfurecido solo iba en una dirección constante alejando a cualquier criatura que tratase de seguir hacia el norte.
Raika clavó sus garras en el hielo, soltando un gruñido sordo que vibró en el pecho de Tristán.
La loba bajó la cabeza y embistió contra el vendaval.
El viaje se convirtió entonces en una lucha constante.
El viento no solo soplaba, sino que aullaba y rugía tratando de arrancarlos del lomo de la loba con sus manos invisibles, hechas de puro y furioso hielo.
La nieve cristalizada les golpeaba el rostro como si fueran esquirlas de cristal, obligándolos a mantener los ojos entrecerrados y la cabeza gacha.
—¡Raika no ve nada! —gritó Tristán sobre el huracanado viento.
—¡Yo sí! —aseguró Tsuneo, que mantenía los ojos abiertos protegidos por el velo semitransparente bajo los párpados—. ¡Yo le indicaré el camino!
—¡Siempre al norte, directos a la tormenta!
—No será difícil.
Tristán apretó los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas.
Tsuneo, delante de él, se encogió sobre el robusto cuello de la loba, usando su cuerpo dorado como escudo para cortar el viento y proteger en la medida de lo posible al Vanhir, pero incluso el Uldenhar temblaba incontrolablemente.
A pesar de todo, no dejó de observar el mundo helado ante él y condujo a la loba mediante tirones del pelo del cuello que, en otro momento, habrían desatado su furia.
Las horas se fundieron en un suplicio monótono, blanco y helado.
No había paisaje a su alrededor, ni siquiera había un cielo o una tierra que los guiara; solo una negrura blanca y el ensordecedor fragor de la tormenta.
Las horas pasaron y con ellas Tsuneo se vio obligado a orientarse gracias a su piel cuando sus ojos dejaron de ser útiles y ya ni siquiera el cielo pudo ser vislumbrado a través de la tormenta.
Mantenía a la loba orientada hacia el centro de la extraña tormenta helada que de natural tenía lo mismo que él.
Su piel comenzó a cambiar de color poco a poco hacia el azul a medida que era incapaz de mantenerse lo suficientemente caliente.
El recuerdo de su tiempo congelado llegó a su mente y tuvo que hacer uso de toda su voluntad para no dar la vuelta.
El Uldenhar percibir una extraña magia en su piel.
Por un lado, podía sentir del toque arrollador y furioso de Calandra, pero por por otro sentía el odio y la corrupción de la que ella jamás formaría parte.
Su diosa podía ser dura, que lo era; irracional, oh, solo el resto de los dioses sabían hasta que punto cuando se enfadaba; violenta, más de lo que nadie sería capaz; pero jamás odiaba y desde luego jamás se corrompería.
Su magia estaba allí, pero ella desde luego no lo estaba.
Fuera lo que fuera lo que hubiese hecho aquello al recuerdo de Calandra, tenía que averiguarlo.
Raika avanzaba a saltos, hundiendo las patas en la nieve profunda en cada uno, luchando por cada metro avanzado contra un huracán que no daba tregua.
Encima de ella, Tristán sentía que iba a desmayarse en cualquier momento.
Su vista se nublaba y solo la terquedad y la conexión mental con la loba lo mantenían aferrado a su espeso y helado pelaje.
Sus antebrazos se agarrotaron debido a las horas de tensión sujetándose a la loba con todas sus fuerzas.
No faltaría mucho tiempo para que tuvieran que desistir de avanzar un solo paso más.
El único consuelo era que la vuelta sería mucho más fácil con el viento a su espalda.
Sin embargo, ¿volver a dónde? Sin el medallón completo no podrían abandonar aquel mundo helado jamás.
“¡Ni se te ocurra pensarlo siquiera! —le gritó la loba en su cabeza, furiosa y agotada a partes iguales—. ¡Vamos a llegar al final de todo esto!”
“¡No hay final! —gritó Tristán desesperando como no se había sentido jamás. El viento no solo le arrancaba el calor, sino la voluntad”.
“No hemos visto a Sonthorn. Si ellos han pasado, nosotros también lo haremos!”
“Sigue siempre adelante…”
Y siguieron adelante durante varias horas de tortura helada. Solo cuando la luz del día desapareció por completo, engullida por una noche cerrada y sin lunas, el castigo llegó a su fin.
El viento huracanado cesó de forma tan abrupta que Raika estuvo a punto de caer hacia adelante por la súbita falta de resistencia.
El aullido ensordecedor se apagó de inmediato, dejando paso a un silencio denso, pesado e irreal.
El frío seguía allí, cortante y letal, pero la fuerza bruta que intentaba destruirlos se había desvanecido en la oscuridad nocturna.
La loba trastabilló y se golpeó con el pecho contra la nieve.
Se puso en pie a duras penas, su cuerpo temblaba por el esfuerzo.
—Sigue —susurró Tristán, con la voz ronca y los labios agrietados, en apenas un hilo de aliento congelado—. No podemos detenernos... Aún no. Debemos aprovecharlo, no sabemos cuánto durará la calma. Te daré mi fuerza.
“No te quedan fuerzas… —le respondió la loba”.