Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

UNA MULA PELIRROJA

—¿Te he dicho ya que odio el frío? —preguntó Tsuneo por trigésima novena vez.

Tristán puso los ojos en blanco una vez más.

El Uldenhar parecía cada vez más molesto sobre el hielo del glaciar.

Como el pelirrojo no tenía mucho más de lo que conversar, el camino se volvió monótono y aún más frío haciendo que todo lo que ocupara sus mentes fuera el glaciar.

Cuando llegaron al extremo final del mismo, incluso Raika suspiró agradecida de encontrar algo diferente en lo que pensar.

“Ahora será tu turno —le dijo Tristán mirando hacia el norte—. Algo me dice que debemos llegar cuanto antes”.

El sol aparecía sobre el horizonte entre unas interminables montañas por completo cubiertas de nieve.

No les resultó difícil saber hacia dónde debían haber volado los tres druganos.

Solo había una salida y esa señalaba directa hacia el norte, un angosto sendero hendido entre los picos que serpenteaba sepultado bajo un manto de nieve virgen.

Sobre él, el clima parecía tratar de ocultarlo casi tan bien como las propias montañas.

“No será fácil cruzar esa tormenta. —La loba olfateó el aire ante ella. Este llegaba con intensidad hasta ellos. Sin embargo, aún no les había afectado desde su posición. El viento parecía detenerse antes de llegar al glaciar, por lo que todavía no habían sentido su poder en todo su esplendor. Solo la loba intuía lo que les deparaba el camino”.

Avanzaron unos metros más hasta que Tsuneo se detuvo al final del glaciar y se asomó al borde.

Este se alzaba del suelo solo unos pocos metros, a diferencia de la sección que daba al campamento de los Vanhir.

Estiró una de sus garras y arañó el hielo bajo él.

Este era tan duro que no logró hacerle la más mínima muesca.

Recogió su arma y se humedeció los labios pasando la lengua sobre sus dientes afilados.

Se volvió hacia Tristán, que esperaba un comentario fuera de lugar hacia el hielo.

—Vamos, si lo estás deseando.

Tsuneo negó con la cabeza. Alzó la mirada hacia el viento que descendía del norte.

“Debe sentir lo mismo que yo —aseguró la loba olfateando de nuevo el aire—. Solo que con todo su cuerpo”.

Tristán asintió. Caminó hasta él y le puso la mano en el hombro.

—Un pequeño viaje más. Piensa que cada paso nos acerca más a tu mundo. Te prometí que te llevaría, ¿lo recuerdas?

—Cada paso me aleja más de él. Pero parece que también me acerca más a ella.

—¿A ella? ¿Ya estás divagando? Debe de ser por el frío. En cuanto pueda te compro algo de ropa.

Tsuneo sonrió. De verdad adoraba la actitud de Tristán, que no entendía que él mantenía el recuerdo de los Calán vivo en su memoria.

—Percibo el aliento de Calandra susurrando en el viento —afirmó con devota certeza. Estiró los brazos a ambos lados y asintió conforme al percibirla de nuevo.

—Mira qué bien. Así puedo hacerle unas pocas preguntas, que hace tiempo que no hablamos como es debido…

El pelirrojo se apartó de Tsuneo y buscó la forma de descender del glaciar. Este terminaba de forma tan abrupta como en el extremo contrario. Bajo ellos, solo había nieve cubriéndolo todo, salvo una pequeña zona que contrastaba con su alrededor al carecer de la capa blanca reinante en aquel mundo.

—Creo que será mejor por allí —dijo señalando el lugar.

Tsuneo y Raika se acercaron a él y observaron el lugar. La loba olfateó el aire y el Uldenhar apoyó las manos en el hielo. Ambos llegaron a la misma conclusión.

—Aquí estuvieron los neutrales de Vórian —se adelantó Tristán a ellos—.

Solo un gran líder como yo es capaz de encajar los pequeños y sutiles detalles escondidos que ocultan la verdad a los ojos del resto de los animales...

—dijo señalando a Raika. Volvió su dedo hacia Tsuneo— y a… las cosas doradas.

Comenzaron a caminar hacia la parte superior del lugar sin nieve.

“Idiota”.

—¿Quieres bajar a saludarlos, oh, gran líder que todo lo ve? —se burló a su vez, Tsuneo.

—Más tarde. Primero quiero ver qué actitud tienen. Raika, ¿oyes algo?

La loba cerró los ojos y movió la cabeza tratando de percibir el más mínimo sonido que delatara la presencia de los neutrales. Tsuneo apoyó ambas manos en el hielo e imitó los mismos gestos del animal moviendo el rostro de lado a lado.

—No percibo a nadie.

—¿Percibes? —El Uldenhar se levantó de nuevo y les enseñó las manos desnudas. Tristán asintió, percibir parecía el verbo correcto—. ¿Y tú?

“Nada, no hay ningún sonido. Pero es difícil con ese viento del norte escuchar nada más. Tendrás que bajar a averiguar quién está ahí, si es que hay alguien aún”.

—Ya, como siempre tengo que hacerlo todo yo —masculló el pelirrojo.

Volvió a mirar hacia el suelo a pocos metros bajo ellos, pero los suficientes para hacerse daño si se caía o saltaba.

Chasqueó la lengua mientras buscaba la mejor forma de bajar—.

Tendría que haberme traído una cuerda… o un elfo mejor. Además, pesan más o menos lo mismo.

“O unas alas —apuntó la loba”.

—O unas alas, sí. —Miró inconscientemente hacia el cielo por el que despuntaba el alba.

A aquellas horas los tres druganos, y sus alas, estarían muy lejos de allí.

Caminó por el borde hasta una zona del glaciar que se extendía hasta unos pocos árboles que aguantaban contra el terrible frío.

Asintió y sonrió—. Tengo una idea, venid, bajaremos por aquí.

Raika supo lo que haría antes que dijera nada y estuvo conforme. Tsuneo se detuvo a su lado y observó lo que tenía ante él.

—¿Quieres saltar al árbol? —El Uldenhar dudaba que aguantase su peso, estaba realmente consumido por el frío.

—¿Qué? ¿Estás loco?

—Sabes tan bien como yo que sí.

—Ya, pero ni aún así. Cuando conocí a tu especie usé una pequeña trampa mágica para escapar de vosotros, una red entre los árboles que frenó vuestro avance. Quiero hacer lo mismo para frenar nuestra caída.

—Demasiado inteligente para ti. Sin duda te lo ha dicho ella.

—Esta vez no, pero no sería la primera ocasión. Tú saltarás el último, no sé qué le hará tu cuerpo a la magia y no quiero gastar más energías de las necesarias.

Tsuneo asintió y Tristán trazó la runa ante él.

Esta brilló con su habitual fulgor rojizo en el aire.

La amplió hasta que estuvo conforme con su tamaño y la empujó contra los pocos y débiles árboles esperando que soportasen su plan.

La magia pareció agarrarse a ellos y brilló con fuerza al encontrar su objetivo.

—Está un poco lejos, será mejor que coja algo de carrerilla.

—Tristán retrocedió unos pocos metros y saltó sobre el borde del glaciar.

Un segundo después voló hasta la red mágica y se estrelló contra ella.

Esta se hundió ligeramente y recuperó la forma antes de dejar caer al Vanhir al suelo—. Raika, tu turno.

La loba saltó sobre la red y esta soportó su peso, si bien el gasto de energía fue mayor que con Tristán, que vaciló en el suelo mientras la red soportaba a la loba.

Esta cayó al suelo y dejó espacio para Tsuneo, que estaba ya en el aire antes de que ella tocara la nieve.

Para sorpresa de los tres, no ocurrió nada especial y la red mágica sostuvo al Uldenhar de igual manera que a Tristán o a Raika.

El pelirrojo cortó el canal de energía hacia la runa en cuanto Tsuneo cayó al suelo junto a ellos. Los tres guardaron silencio y se afanaron en tratar de encontrar a los neutrales desaparecidos. Ninguno encontró rastro alguno.

—Vamos a la entrada —ordenó Tristán señalando la abertura en el hielo a pocos metros.

Al llegar la encontraron tan desierta como esperaban.

El pelirrojo observó la destrucción que había asolado el túnel por el que los primeros Uldenhar habían escapado.

Apoyó la mano en el hielo y lo sintió irregular.

Sin embargo, era tan frío como el resto.

Se introdujo un metro en el glaciar y el frío le invadió.

Volvió a salir al momento—. Tu pueblo no es tan alto, esto es obra de los neutrales.

Tsuneo asintió. Cabían a la perfección dos o tres como él uno encima de otro en el pasadizo irregular.

Apoyó las manos en el suelo de hielo y se concentró en las sensaciones que este le transmitía.

Raika se adentró media docena de metros y escuchó el interior del glaciar a su vez mientras olfateaba el helado aire del interior.

La imagen de unos pasos alejándose en la distancia llegó hasta la mente de Tristán procedente de la loba.

—Se han adentrado —dijo Tsuneo confirmando la idea de la loba sin saberlo.

—¿Adentrado? ¿Para qué?

—Puedes ir a preguntarles, si quieres. —El Uldenhar se encogió de hombros—. Pero tenía entendido que querías ir al norte.

—Al norte es adonde vamos —confirmó Tristán, apartando la vista de la oscura cueva en el hielo—. No tenemos tiempo para solucionar este problema cuando el norte tiene otros peores. Sonthorn y Ónice nos llevan demasiada ventaja.

Tristán giró la cabeza hacia el norte e inspiró hondo.

Raika se situó a su lado y apoyó la cabeza sobre su hombro con una sonrisa cansada.

Ambos sabían perfectamente lo que pasaría a continuación.

El Líder de los Vanhir palmeó su cuello con cariño y orgullo a partes iguales.

Tsuneo se situó a su lado y miró en la misma dirección.

Ante él estaba su deber, tras él su pueblo.

Se estaba alejando de todo lo que siempre había amado para ayudar a un pelirrojo humano extraño y a una loba insolente.

¿Era realmente el camino de Calandra el que se abría ante él?

El Uldenhar apoyó una mano en la pierna de Tristán y este le sonrió, esta vez sin burla en su rostro. Su mandíbula permanecía apretada y sus ojos plateados observando un destino que él ni siquiera era capaz de entrever.

Asintió seguro de su decisión. Fuera cual fuera el destino que Calandra tuviera para él, pasaba por ayudar a los humanos en su propia misión.