CAPÍTULO 3 #4
Tras un par de minutos de nerviosismo, Owen comenzó a sentir la magia del mago a su alrededor y asintió conforme. Apoyó la mano en el hombro de su compañero y apretó con dolor. Sabía lo que le costaría a Darius su acción, pero no tenían ninguna otra opción.
—Gracias, amigo mío.
Darius asintió y soltó un grito que era mitad furia y mitad dolor anticipado.
Corrió hacia la unión de la inmensa hoja de acero con la muralla.
No intentó canalizar el calor con precisión, sino dejó que el infierno de su Esencia estallara sin control sobre el metal.
Apoyó ambas manos en el metal y estas parecieron fundirse con él.
El acero silbó al subir de temperatura, pasando del gris al rojo cereza, y luego al naranja cegador en cuestión de latidos.
Las armaduras de Darius y su propia piel humearon, pero los inmensos cerrojos de la ciudad de Vyr comenzaron a ceder, derritiéndose como mantequilla bajo una fragua. Sus ojos humearon y su cuerpo se tensó a medida que el magma recorría sus venas de nuevo. El cuerpo de su ropa estalló en llamas.
—¡Abbey! —gritó Owen. Su Escama llegó al momento. La Cazadora de otros azules canalizó su habilidad sobre Darius tratando de enfriar su cuerpo tal y como había hecho cuando se enfrentó a la dragona el día anterior.
Una gota de metal ardiente cayó al suelo. Poco a poco se le unieron más.
—Rhogar, empuja el convoy. Doreen, ayúdalo. Thorgum, la puerta es tuya. —Owen observó cómo Cerón se materializaba en el aire con una docena de niños llorando agarrados a él.
—¡A los armadillos! —ordenó Owen, agarrando a Cerón por el hombro y tirando de él hacia la rampa del armadillo principal.
Elyndra comenzó a empujar a los niños en la misma dirección.
Thorgum corrió hacia el primer armadillo, donde estaba el lugar que le correspondía como tractor del convoy—.
¡Melissa y Kyran, que ningún dragón nos vea!
El anclaje terminó de derretirse y la puerta descendió hasta quedar apoyada en la bisagra sin que nada más que la gravedad impidiera su giro.
Rhogar rugió mientras empujaba una de las dos hojas con todas sus fuerzas ayudado por Doreen.
Esta cedió bajo su fuerza y no cesó hasta que la puerta quedó abierta por completo.
Se subió a toda prisa al armadillo inicial y se situó junto a Thorgum empujando con todas sus fuerzas de nuevo.
Darius, envuelto en humo y con las manos carbonizadas, retrocedió tambaleándose hacia el vehículo. En el instante en que sus botas tocaron la rampa, Abbey, Liora, Ronan y Freya se encargaron de él. Dada su temperatura corporal, solo la Cazadora de ojos rojos podía tocarlo sin ser calcinada.
En el siguiente armadillo, Cerón y Elyndra trataban de calmar a los niños asustados sin mucho éxito.
Por suerte, el mago conocía hechizos para calmarlos y no dudó en utilizarlo, al fin y al cabo, mantenerlos despiertos y aterrados era cruel pudiendo hacer algo.
La docena de niños cayó sumida en un sueño reparador y Cerón pudo respirar de nuevo.
Se dejó caer de espaldas sobre el suelo, agotado por el esfuerzo y descompuesto por el desenlace del día. Elyndra se tumbó a su lado.
En el armadillo dos, Owen apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre en las encías. Cada instinto forjado en su adiestramiento, cada juramento pronunciado en la Academia, le gritaba que diera la vuelta y se enfrentara.
Un Cazador no huía.
Un Cazador era el escudo que se interponía entre la humanidad y las fauces de los dragones.
Había entregado su vida entera a esa promesa, y ahora, al ver caer la ciudad ante sus ojos, sentía que algo fundamental se fracturaba en su propio pecho, un dolor mucho más profundo y lacerante que cualquier herida física.
Pero la guerra ya no se libraba en los términos antiguos.
Si ordenaba dar media vuelta, morirían junto a la ciudad condenada.
Owen cerró la escotilla de golpe, sellando el recuerdo de Vyr, y se giró hacia el interior del vehículo.
Su rostro, iluminado tenuemente por los cristales mágicos, era una máscara de piedra inescrutable.
—Nadie mira atrás —susurró. Su voz no tembló, sonando fría y cortante como el hielo del exterior—. Vyr ha caído. Nuestro objetivo es la Academia.
En el armadillo de enfermería, tumbado sobre el suelo metálico, Darius era la viva imagen de la agonía.
El Cazador de ojos rojos, que apenas unos minutos antes había desatado el mismísimo infierno de sus manos para fundir los cerrojos de la ciudad, ahora pagaba el precio de su poder.
Su respiración era un estertor ronco e irregular.
Gran parte de la armadura de aleación se había derretido y fusionado de forma irreversible con su carne.
Los bordes del metal enfriado se clavaban en su piel enrojecida, cubierta de enormes ampollas.
No gritaba, pero los espasmos que sacudían su cuerpo evidenciaban un tormento insoportable.
A su lado, Liora, Abbey y Ronan luchaban por mantenerlo con vida.
En el convoy comedor, Elyndra se encargaba de la docena de niños rescatados junto a Freya. Terra mantenía el convoy elevado ahora que requería mucha menos fuerza gracias a la ayuda de Doreen, mientras Thorgum y Rhogar empujaban llevándolos casi a la carrera.
Todos estaban a salvo y pronto llegarían a la Academia donde podrían descansar y recuperarse.
Solo necesitaban tiempo, y eso era lo único que tenían ahora.
—Reducid la marcha —ordenó Owen; su voz resonó en el habitáculo con un matiz de alivio filtrándose por fin a través de la tensión acumulada de los últimos días—. Entramos en el laberinto. Thorgum, despacio, un paso en falso y caeremos.
El convoy se adentró en un desfiladero tan estrecho que las paredes de piedra y hielo amenazaban con raspar las corazas laterales de los armadillos. Era un sendero oculto, un tajo en la carne de la montaña que ningún ojo inexperto habría detectado desde las alturas de la tormenta.
La geografía de aquel lugar era de una hostilidad tan extrema que paradójicamente se convertía en su mayor escudo.
Las corrientes térmicas erráticas y los vientos huracanados hacían imposible el vuelo de los dragones salvajes, cuyas pesadas alas se congelarían.
Además, la ausencia total de presas y el frío más seco y cortante de todo el continente mantenían alejados a los exploradores corrompidos.
Owen, apoyado en el panel de mandos frente a la escotilla principal, se permitió cerrar los ojos por espacio de tres latidos.
Tres latidos donde el líder de los Cazadores dejó de ser la brújula y el estratega implacable para ser, simplemente, un hombre exhausto bajo el peso de su propia responsabilidad.
Luego los volvió a abrir, con el dorado de sus pupilas reflejando la escasa luz del estrecho paso.
Exhaustos y rozando el límite de sus fuerzas, habían prevalecido. Las montañas los acogían en su frío y despiadado abrazo, guiándolos lentamente, giro a giro a través del laberinto, hacia el último baluarte inexpugnable que separaba a la humanidad de la aniquilación definitiva.
La Academia les esperaba.