Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

—¡Puedo traerlos hasta aquí! —exclamó el mago. Owen se volvió hacia él.

—Explícate, ya.

Todos se volvieron hacia el mago.

—Puedo traerlos a todos con mi magia, puedo transportarme a mí y a ellos.

—¿Estás seguro? —preguntó Terra, al fin y al cabo era su habilidad de la que estaba hablando.

—Como de que están muertos si no lo hago.

Owen miró al mago de hito a hito sopesando todo lo que había visto de él y sabía. Desconocía hasta dónde llegaba su poder, pero sí sabía que era inteligente y que no se detendría por nada. Asintió confiando en él una nueva vez.

—¿Qué necesitas?

—Algo a lo que ir —dijo señalando a Elyndra—. Te quiero junto a ellos, mantén un espacio en el que quepa para llegar. Cuando esté allí, solo será regresar. Mantén tus ojos apagados, líder de Destacamento o no podré volver.

Owen sabía lo que representaba aquella petición.

—¡La Esencia cae! —gritó Liora con los dientes apretados—. ¡Atacan la cúpula!

El grupo miró hacia el cielo y observó cómo un enjambre de dragones negros atacaba la barrera azulada con uñas, dientes y fuego. Un brutal y desesperado ataque al unísono que comenzaba a ser efectivo. El tiempo se agotaba.

—¡Adelante! —gritó Owen—. No dejamos a esos niños para que los devoren.

—¿Y al resto sí? —preguntó Rhogar encogiéndose de hombros. Para él solo eran humanos, alimento arrogante. Lo que decidiera no le importaba en absoluto, si bien ayudaría. Necesitaba la ayuda de la Academia para proteger a los dragones sin alas.

—Que los Dioses los protejan —respondió con un suspiro—. Salvemos a los que podamos. ¡Adelante!

Cerón se volvió hacia Elyndra.

—En cuanto aparezca, vuelve aquí. Yo me encargaré del resto.

La joven saltó del hombro de su Escama y se aferró a las piernas del mago, donde las abrazó por supuesto apretando la mejilla contra el espacio entre las caderas del mago.

Al momento sonrió y desapareció. El mago suspiró y comenzó a pronunciar el hechizo de transporte hasta la pequeña.

Trajo a su memoria la imagen de la Cazadora y, casualmente, no le fue difícil mantener su imagen ante sus ojos.

Elyndra se había encargado a la perfección de que no olvidara nada de ella.

Sus palabras mágicas se aceleraron mientras las pronunciaba hasta que alcanzaron un sonido frenético justo antes de desaparecer en el aire.

En el mismo momento se materializó en un lugar desconocido, cálido y metálico.

Escuchó los gritos asustados de los niños a su alrededor donde Elyndra trataba de calmarlos.

—Este hombre os sacará de aquí —aseguraba la pequeña, más baja incluso que alguno de los niños.

La iluminación del lugar dejaba demasiado que desear para el mago, por lo que pronunció el hechizo humano para la luz y esta apareció ante él dorada como el sol. El grupo de niños se asustó ante la luz sobre ellos y se cubrieron los ojos tratando de acostumbrarse a la luz.

—Venid a mí, rodeadme y abrazadme todos.

Elyndra hizo la demostración y se agarró al mago como si la vida le fuera en ello. Eso sí, su sonrisa no indicaba precisamente un peligro real para ella. Hizo una seña al resto para que se acercaran a él.

—Tiene una magia que puede llevaros lejos, pero debéis agarraros con fuerza.

—Rápido —ordenó el mago, que comenzó a pronunciar el hechizo muy despacio mientras se veía rodeado. Elyndra desapareció y regresó junto a Owen, donde esperó a que el mago se transportara.

Sin embargo, un estruendo atronador sacudió la ciudad y el mago cayó al suelo incapaz de mantenerse en pie. Perdió el hechizo y muchos de los niños se soltaron de él asustados por completo. Elyndra regresó al momento, su rostro estaba pálido por completo.

—¡La barrera ha caído! —exclamó, lo que provocó más gritos entre los niños. Bajó el tono y continuó—. Ha entrado más de una docena de dragones…

Los niños gritaron de nuevo aterrorizados por completo. Si un dragón significaba su muerte, una docena de ellos sería… peor no, eso estaba claro, pero para un niño el terror no tiene lógica, por lo que lloraron y gritaron con más fuerza.

—¿Qué ha dicho Owen?

—Que saques a los malditos niños de una vez, nos vamos.

—¡No podemos dejar a la ciudad sola!

—Cerón… —dijo murmurando. Tiró de la manga de su brazo y le hizo agacharse hasta que tuvo su oído pegado a sus labios—. La hermana de Rhogar está aquí…

El mago se apartó de ella con los ojos abiertos de par en par. No podían escapar de ese dragón, mucho menos con una docena más junto a ella. Debían escapar, era lo único lógico.

“Vive hoy para plantar batalla mañana —dijo Nefrén”.

“¿Cómo hiciste tú con Rénal? —preguntó con rabia”

“Como aprendí yo con Rénal”.

El mago apretó los dientes con fuerza, sintiéndose incapaz de abandonar a los habitantes de la ciudad.

El recuerdo del posadero asesinado por Praedesi volvió a su memoria, martirizándolo con la culpa de algo que no podía evitar, igual que en aquel momento.

La ciudad de Vyr había caído por culpa del Mariscal, ellos solo hacían lo que podían.

Suspiró con dolor y asintió. Elyndra le dio un beso en la mejilla y desapareció.

—Rápido, venid a mí. Agarraos fuerte.

En los armadillos, Owen daba instrucciones sin parar. El convoy debía salir de allí cuanto antes.

La cúpula de Vyr, debilitada y carcomida, no resistió el impacto.

Una dragona negra, enorme y furiosa, se estrelló en picado contra la barrera.

En su apogeo, la Esencia habría abrasado a la bestia o la habría rebotado, pero ahora la magia enferma simplemente estalló como un vidrio podrido.

Fragmentos de luz mortecina llovieron sobre la ciudad, desvaneciéndose antes de tocar el suelo y presagiando el destino de la misma.

Tras ella, una docena de dragones negros más pequeños se adentraron en Vyr.

Owen maldijo entre dientes, golpeando el enganche de un armadillo con el siguiente.

Las cadenas de los armadillos dieron un último crujido y se tensaron.

Thorgum tiró del convoy con la ayuda de Terra y el líder comprobó que todo funcionaba adecuadamente.

Adelantaron el convoy y lo detuvieron a menos de treinta metros de las inmensas puertas de salida de la ciudad.

Estaban inmovilizados hasta abrir las puertas, pero este debía de ser el último movimiento del grupo.

—Todo listo —dijo Abbey, que observaba la ciudad tras ellos. Melissa apareció de la nada.

—No hay vida en ellos —dijo finalmente tras su expedición para conocer a las criaturas que había creado la bruma—. No hay nada en su interior. No sé qué son, pero humanos no.

—Ayuda a Kyran. Que por nada del mundo nos vean —le pidió. Melissa asintió y sus ojos violetas brillaron con intensidad de nuevo.

Owen asintió, esperaba algo así. Miró a su alrededor haciéndose una composición mental de la situación.

Solo faltaba Cerón con los niños. Elyndra estaba a su lado, por lo que el mago no tardaría en regresar.

Suspiró y miró al Rhogar, que observaba a su hermana en la distancia.

Una mueca de rabia y decepción marcaba su rostro. Owen fue hasta él.

—¿Qué hace aquí?

—¿Y nosotros?

—Reabastecernos.

Los gritos de la ciudad se elevaron cuando observaron cómo las garras destrozaban las casas de metal extrayendo su preciado carne de su interior. Los gritos duraban poco, pero se unieron muchos más.

—Ellos también —masculló Rhogar con dureza. Owen no pudo negárselo.

—¿Tu hermana no come? —preguntó viendo que la dragona olfateaba el aire sin buscar alimento como el resto de los dragones.

Giró la cabeza hacia la casa del Mariscal y comenzó a ascender aplastando las casas bajo sus patas.

Por suerte, el lugar que albergaba a Cerón y a los niños estaba en un lateral de la ciudad, cerca de la muralla, donde los dragones aún no habían llegado.

—Ella puede comerse a cualquiera de esos dragones. ¿Por qué molestarse en buscar ratas que no le sacien? Además, estoy seguro de que tiene otros planes.

—¿Planes?

—Viene a por la Esencia . Por eso ha venido. La comida es lo de menos.

—Pero ella no quiere volver atrás, de ser así podía haberlo hecho con cualquiera de las otras que absorbió —dijo Owen, desconcertado.

—Tiene todos vuestros colores. Me pregunto qué podrá hacer con la Esencia de una criatura de otro mundo que los hombres como Cerón llaman dioses. ¿Tú no?

Owen chasqueó la lengua al reparar en ello. Observó a

La dragona llegó hasta la casa del Mariscal y la destrozó con las garras. Un dragón más pequeño se acercó a ella tratando de adelantarse, pero ella le rompió el cuello de un solo mordisco.

—¿Ves? Comida para después. ¿Nos vamos a quedar a verlo?

—No.

Owen se alejó hacia la parte delantera del convoy donde Thorgum esperaba ansioso junto a Terra.

—Hay que abrir la puerta —informó Terra—. Pero sin Esencia que la mueva…

—Ya lo sé —respondió Owen frotándose la barba con fuerza.

Sin la magia de la Esencia , la puerta no se abriría por sus propios medios y ni cinco como Thorgum lograrían empujarla.

Para hacerlo, debían antes elevarla para liberar los pasadores que bloqueaban su giro.

Se humedeció los labios y miró hacia la ciudad al lugar en el que Cerón se preparaba para rescatar a los niños.

Existía otra posibilidad, pero tan peligrosa como desesperada.

—Terra, quédate atrás. Darius... —El líder miró al Cazador de ojos rojos. Su armadura aún humeaba, fundida casi al completo con su carne—. Necesito tu ayuda.

Darius asintió lentamente, aunque un rictus de dolor cruzó su rostro al tensar los músculos.

—Y la tendrás.

—Quiero que fundas los anclajes, amigo mío. Todos.

Darius lo miró, incrédulo.

—Sabes lo que me pides. —No era una pregunta. Aún así, Owen asintió.

—Por eso te lo pido a ti, eres el único que puede. Freya no es bastante fuerte, lo sabemos los dos.

El rostro ardiente del Cazador volvió las mirada hacia su compañera. Esta no dejaba de contemplar a la dragona conocida, como si tuvieran algo pendiente. Darius comenzó a caminar hacia la puerta.

—Espera, aún no. Demos un momento más al mago.