Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—Imposible… —murmuró Owen desde el suelo al que el viento huracanado lo había relevado.

Era incapaz de ponerse en pie, cada vez que lo intentaba, era humillado por completo.

Observó la ciudad en las alturas y descubrió a la magia de Cerón enfrentándose a la bruma.

Tenía que ayudarlo como fuera—. ¡Liora, olvida la Esencia y ayuda a sostener a Cerón!

La mujer de ojos naranjas, por supuesto, en la misma posición que su líder, cambió el objetivo de su habilidad y se concentró en aumentar la fuerza de ambos hombres que sostenían al mago.

Sus pies dejaron de resbalar y mantuvieron la posición de Cerón, que gritó mientras empujaba todo su ser a través de la compuerta.

Ambos rugieron mientras sus músculos amenazaban con explotar debido al esfuerzo.

El huracán ascendió en todas direcciones empujando a la bruma hacia las alturas y pronto esta se elevó por encima de la ciudad, desperdigándose en el cielo en todas direcciones.

Cerón cortó el torrente de fuerza hacia el hechizo y tanto él como sus dos guardaespaldas cayeron hacia delante al no encontrar resistencia ninguna.

Los tres rodaron por el suelo en un amasijo de músculos.

El viento cesó de inmediato y todos pudieron ponerse en pie al fin. Elyndra desapareció a toda velocidad en cuanto encontró la libertad de movimiento de nuevo.

—¡Vuelve a la Esencia ! —gritó Owen, pero Liora ya había cambiado de objetivo junto a Doreen.

Ambas ojos naranjas se afanaban en mantener el impulso de la Esencia de la ciudad, en este extraño caso, dependiente de la espada de un extranjero.

Cerón miró hacia el cielo y observó a la cúpula mágica parpadear.

Los espacios vacíos comenzaron a reducirse poco a poco.

Aún había oportunidad—. ¡Elyndra! —La pequeña regresó de nuevo—.

Hay unos niños que rescatar, dime dónde están.

La Cazadora ladeó la cabeza confundida, no sabía nada sobre ellos.

—No… no he visto ninguno.

—Pues lo harás. Encuéntralos y avísame. —Se volvió hacia el resto—. Esto no ha acabado, lo he visto.

—¿Lo has… visto? —preguntó Terra con el ceño fruncido. Conocía mejor que nadie qué significaba aquella expresión en un ojos dorados. Su propia mujer lo había sido, su propia escama. Agarró el colgante y apretó con fuerza—. ¿Cuánto tiempo has visto?

—Minutos, no tenemos mucho más. Freya, Abbey y Ronan, a la muralla, quiero a los escorpiones preparados. Abbey, prepara un descenso rápido cuando haya que escapar.

—Un tobogán de hielo, comprendido —dijo la ojos azules. Miró hacia la muralla y calculó sus próximos movimientos.

—Terra, súbelos ahí arriba. Pide ayuda a Liora si lo necesitas.

—No será necesario —aseguró a pesar de su palidez extrema. El maduro Cazador estaba agotado por completo del viaje.

—Thorgum y Rhogar, manteneos cerca, habrá que luchar.

—Ambos sonrieron expectantes, llevaban la palabra lucha grabada en su naturaleza y la expresaban en cuanto tenían oportunidad—.

Darius, con ellos. Kyran, descubre qué son esas cosas negras y si deben morir o tienen posibilidad de vivir.

Y tú, mago, te quedas a mi lado. Eres libre de luchar, pero cuando haya fuego, que lo habrá, te quedarás sin magia.

Melissa, esconde el convoy. ¿Comprendido todos?

—¡Sí! —gritaron todos al unísono mientras un alarido atroz desgarraba el aire.

—¡A cazar! —exclamó Owen cuando el primer dragón atravesó el hueco de la cúpula plegando las alas y abriéndolas tras cruzarla. Un rugido de victoria emergió de su garganta—. ¡A sus puestos!

Terra elevó a los tres Cazadores hasta la cima de la muralla de metal.

Desde ella, Abbey creó un tobogán de hielo directo hasta los armadillos.

Los tres se repartieron por la muralla y cada uno de ellos se puso a los mandos de un escorpión de acero.

Cargaron la primera andanada de saetas de metal gruesas como sus brazos y esperaron instrucciones.

Melissa y Kyran desaparecieron en el aire

Owen subió al armadillo y activó la palanca que permitió que el escorpión principal se desplegara.

Terra no tardó en acompañarlo dejando a Cerón, Darius y Thorgum y Rhogar mirando nerviosamente al primer dragón.

Este aterrizó sobre las casas de metal, a mitad de la colina de viviendas.

Desgarró los tejados con sus garras e introdujo la cabeza en busca de presas que devorar.

—¡Ahora! —gritó Owen a los Cazadores de la muralla.

Tres saetas de metal de más de dos metros de largo salieron disparadas hacia el dragón.

Este extrajo la cabeza de la vivienda cuando escuchó el aire desgarrado por las lanzas y trató de saltar al cielo de nuevo.

Sin embargo, sus cuernos se enredaron en el metal destrozado y su gesto fue inútil.

Las tres lanzas acertaron en su torso, cuello y ala, ensartándolo a la vivienda.

El dragón rugió cuando comenzó a sangrar, primero por la sorpresa y, acto seguido, al sentir que la vida se el escapaba.

Tres nuevas saetas sustituyeron a las primeras en los escorpiones, preparadas para el siguiente objetivo.

Sin embargo, no tuvieron que buscar uno nuevo.

Con extrema repulsión, vieron cómo los habitantes de Vyr sobre los que había caído la bruma, volvían por primera vez a la vida y comenzaban a caminar hacia el dragón moribundo.

Este se agitaba desesperado tratando de liberarse tanto de la vivienda, como de las lanzas, como de la muerte.

—¿Qué hacen? —se preguntó Cerón observando con su vista aumentada.

Las sombras llegaron hasta el dragón y se detuvieron ante él a escasos metros de sus peligrosas fauces.

Estas se cerraron sobre el primero de ellos, que fue devorado al instante.

Un segundo después, otro ocupó el lugar del segundo y un tercero esperó su turno para ser devorado.

Cuando el segundo probó las mandíbulas del dragón, el tercero se posicionó.

Uno tras otro fueron devorados hasta que le dragón se sintió satisfecho.

Cerón contuvo las náuseas al verlos morir devorados por el dragón, cuya saliva se había vuelto negra y espesa.

Una llamarada de fuego negro emergió de su garganta hacia el cielo.

Se puso en pie de nuevo y arrancó su cuerpo del amasijo de metal en el que había convertido la vivienda.

Volvió su cabeza hacia la saeta de su pecho y la contempló con rabia.

Mordió el extremo y tiró de él arrancándola de su cuerpo.

Hizo lo mismo con la de su ala, pero con la de su cuello se vio obligado a usar las garras anteriores.

Tiró una a una las saetas al suelo y se alzó extendiendo las alas, donde no había ahora rastro alguno de daños.

Ni una sola gota de sangre manó de su cuerpo.

—Por los Dioses Desaparecidos —masculló Cerón. Miró a Owen sobre el armadillo y vio que este había palidecido tanto como él, lo que le confirmó que aquello no era lo normal.

El dragón volvió su cabeza hacia la muralla donde los tres escorpiones disparaban de nuevo contra él.

Algo similar a una sonrisa apareció en su rostro justo antes de que las tres saetas impactaron contra su cuello y pecho, contra los que rebotaron.

Cayeron al suelo destrozadas por el impacto.

Instintivamente, los Cazadores cargaron una nueva tanda de lanzas sobre los escorpiones y observaron a Owen tan desconcertados como él.

—¿Qué narices es eso? —preguntó Owen, pero nadie supo responderle. El dragón extendió las alas y saltó hacia el cielo directamente hacia la muralla que los Cazadores custodiaban—. ¡Cuidado!

Tres nuevas saetas volaron hacia el dragón y todas acertaron en el blanco, solo que ninguna logró atravesar su coraza de escamas. El dragón llenó sus pulmones y lanzó una llamarada negra sobre la muralla de metal.

—¡Saltad! —gritó Abbey, deslizándose sobre el el tobogán de hielo que había preparado.

No hizo falta que lo pidiera dos veces. Los tres Cazadores descendieron a toda velocidad mientras las llamas derretían a los escorpiones de metal con solo una pasada rápida.

El hielo explotó desde la cima al contacto con el fuego y el tobogán comenzó a desmoronarse mientras los Cazadores aún descendían.

Era una caída casi vertical que solo la curva helada final logró evitar que se estrellaran contra el suelo.

Terra frenó sus descensos cuando estuvieron a pocos metros de él.

De no ser por su habilidad, habrían salido volando, si bien Thorgum estaba preparado para recogerlos al vuelo.

El gigante volvió a levantar su hacha en cuanto confirmó que no era necesario.

Elyndra apareció de pie sobre su hombro, más o menos a la altura de Owen sobre el armadillo.

—Informa.

—Al menos una docena de ellos —dijo señalando el lugar. Estaban en la parte superior de la ciudad, a donde el dragón volvía ahora que no había peligro en las inmediaciones. La criatura no había visto a los Cazadores de la plaza ni a los armadillos aún, protegidos por Melissa.

—¿Opciones para rescatarlos?

Elyndra se humedeció los labios y negó con la cabeza con un suspiro.

—Dentro de una vivienda destrozada, no puedo sacarlos.

—Mierda. —Owen miró al lugar que la Cazadora indicaba—. Son niños. —El líder del Destacamento se mesó la barba con fuerza. Sus ojos dorados recorrieron la ciudad en busca de cualquier cosa que pudiera ser de ayuda, lo que fuera. Sin embargo, no encontró nada adecuado. Repitió el improperio.

“Tú puedes salvarlos —aseguró Nefrén”.

“¿Yo? ¿Cómo?”

Cerón no se negaba a creer, solo que no sabía cómo hacerlo sin usar su magia de telépata y descender un peldaño más en su escalera a la locura. Si había la más mínima posibilidad, lo haría.

“Teletransporte, humano. Para algo debe servir tu magia humana”.

Cerón abrió los ojos de par en par sopesando las posibilidades. Calculó la energía necesaria, la forma de acceder, de salir, el tiempo del hechizo… todo lo necesario antes de darle a Owen la alternativa.