Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

DÉJALO SALIR

Hasta ese momento, los habitantes de la ciudad habían estado asimilando en silencio la batalla de los Cazadores.

Desconcertados, habían observado cómo su propio Mariscal se enfrentaba a un Destacamento llegado herido y en son de paz.

Era una vista aterradora y desconcertante en la que enfrentaban su respeto a la Academia y su lealtad al Mariscal y protector de Vyr.

Sus gargantas fueron incapaces de emitir sonido alguno cuando los Vigilantes cayeron ante los Cazadores en un rápido y certero golpe.

Cuando el Mariscal fue el siguiente en caer, una parte desconocida de sí mismos se sintió aliviada sin saber por qué.

Sin embargo, al ver ahora cómo su cielo se volvía negro y empezaba a descender la bruma corrosiva, el terror se apoderó de ellos.

Los gritos rasgaron el aire viciado provenientes de las casas de metal.

Hombres, mujeres y niños abandonaron sus viviendas de la superficie y corrieron despavoridos, empujándose unos a otros, intentando alcanzar los túneles más profundos, buscando el abrazo de las entrañas de la tierra ante la caída de la bóveda.

Todos sabían que, tras la desaparición de la cúpula, los siguientes en llegar serían los dragones.

Si quedaba alguna posibilidad de salir con vida, esta había desaparecido cuando la barrera comenzó a deshacerse sobre ellos.

Su única esperanza era ahora el grupo de Cazadores que había acabado con su líder en el momento más inoportuno de todos.

La temperatura de la ciudad colapsó en cuestión de segundos.

El calor del que la Esencia proveía a la ciudad desapareció en el instante en que esta claudicó, aplacada por el frío exterior al que la ciudad siempre había estado ajena.

El frío se unió a la bruma en su descenso sobre las casas, cuyo metal comenzó a hervir en un líquido negro y pastoso.

—¡¿Qué demonios es eso?! —exclamó Owen, alzando la vista al cielo antes de fijarla en Cerón.

—¡No lo he visto en mi vida! —respondió a toda prisa el mago. Nada en su mundo hacía referencia a algo así.

—¡Corroe el metal! —informó Elyndra, que había tenido tiempo de llegar a la parte superior de la ciudad y regresar con la información.

—¡Toda la ciudad es de metal! —exclamó Owen.

—Calcinaremos esa nube —declaró Freya junto a Darius. Este sacudió la cabeza en un incontable espasmo causado por el terrible dolor de su cuerpo.

—¡No! —les cortó Owen mientras sus ojos brillaban con furia—. ¡No hay Esencia que nos oculte de los Tharbrins!

—Mierda —masculló la ojos rojos asumiendo que su habilidad no tendría ninguna utilidad allí. Sin embargo, al observar los dragones que sobrevolaban la marchita cúpula, supo que tendría oportunidad de usarla.

Y de morir.

Y de triunfar.

La nube siguió descendiendo sobre la ciudad, momento en que esta cayó sobre los primeros habitantes que corrían a esconderse.

Sin embargo, no hubo gritos al sentir la corrosiva bruma sobre sus cuerpos.

Los Cazadores observaron cómo los ciudadanos afectados se quedaban quietos en sus lugares, mirándose las manos desconcertados.

—Por suerte no les afecta. No parece que… —dijo Terra, pero ni Cerón ni Owen estaban de acuerdo. El ojos dorados podía ver lo que pasaría a continuación y el mago veía de cerca lo que ocurría realmente.

Las náuseas azotaron sus estómagos cuando vieron que sus cuerpos se cubrían de una sustancia negra que se iba poco a poco materializando sobre su carne en una unión perfecta y duradera.

Su piel se fusionó con la bruma y adquirió un tono negro.

Su pelo desapareció y sus ropas se derritieron sobre sus pies dejando sus cuerpos desnudos cubiertos de una sombra negra y absoluta.

—¡Son como Tharbrins hechos de Oscuridad!

—masculló Elyndra con los ojos desorbitados tras correr a inspeccionarlos a pesar del riesgo.

Su rostro expresaba un terror que Cerón jamás había visto, ni siquiera enfrentándose a los seis dragones negros y ante una muerte segura.

Lo que implicaban sus palabras iba mucho más allá de toda cordura.

—¡Mierda! —exclamó su líder mesándose la barba—. Tenemos que impedirlo.

Cerón se interpuso delante de Owen y lo sacudió por su ropa de Cazador agitándolo antes de que pudiera darse cuenta de lo que ocurría.

—¡Déjame hacerlo! —exclamó Cerón—. ¡Libera mi magia, déjame que haga algo de una maldita vez!

Thorgum lo sujetó del brazo con su inmensa mano.

Miró a Owen esperando sus instrucciones.

Su líder observó a Cerón y a los habitantes de Vyr que aún corrían por las calles despavoridos en todas direcciones.

Por suerte corrían hacia abajo donde aún no había irrumpido la bruma, aunque su avance era inminente.

Contempló el cielo, donde las sombras aladas descendían dispuestas a quebrantar la cúpula ancestral.

Sacudió la cabeza y masculló una retahíla de improperios mientras decidía qué hacer.

Por un lado, si dejaba al mago ejercer su propia magia, no podría proteger a la ciudad del fuego que atraería a los Tharbrins cuando los dragones vieran que podían atacar sin miedo.

Pero, por otro, ¿qué más opciones le quedaban?

Terra agotado, Freya y Darius imposibilitados a actuar con la Esencia caída y…

Entonces supo qué hacer, como si pudiera ver el resultado, solo que esta vez no era un segundo hacia delante, sino varios minutos.

Observó un grupo de niños escapando a gatas esquivando la bruma mientras un mago humano la controlaba con su magia.

Vio a los dragones aterrizando sobre la ciudad, destrozando las casas en busca de la comida escondida en su interior mientras la cúpula temblaba intermitente en el cielo luchando por volver a la vida.

—¡Liora, sostén la Esencia ! —gritó Owen.

—¡La barrera cae! —gritó Doreen, que llegó cojeando a toda prisa hacia el grupo. Miró el cadáver del Mariscal y a los Vigilantes sin inmutarse. El entrenamiento en la Academia volvía insensibles a los Cazadores a la muerte, solo así serían capaces de esquivarla.

—¡Ayúdala entonces, Doreen! ¡Vosotros, cargad ya los nuevos armadillos! —gritó volviéndose hacia el resto de Cazadores—. Cerón, no sé de qué eres capaz, pero tú haz lo que puedas.

Un escalofrío recorrió la espalda del mago. No defraudaría la confianza del Cazador por nada del mundo. La voz de Nefrén llegó rauda a su mente en cuanto la habilidad del Owen se disipó.

“Esto no va a acabar bien —aseguró el drugano con dureza mientras revisaba los recuerdos del mago—. No debe caer en sus garras”.

“¿El qué? ¿A qué te refieres?”

“Al arma de Suren, a su Esencia —respondió trayendo ante el mago la idea—. Cuando se cansen de comer, tratarán de encontrar la Esencia para volver atrás”.

“Se van a llevar una decepción, no es una Esencia de Calán. No funcionará”.

“¿Estás seguro?”

Cerón se vio obligado a guardar silencio, no podía rebatir al drugano.

Apartó la idea de su cabeza, no podía hacer nada con ella.

Lo prioritario era eliminar aquella bruma.

Comenzó a pronunciar el hechizo humano que crearía un impetuoso viento que arrastraría la bruma hacia la cúpula y la alejaría de la ciudad repartiéndola lejos de sus calles.

Poco le importaba que la bruma se vertiera sobre el páramo exterior; al fin y al cabo, en la desolación de la nieve no quedaba nadie a quien corromper.

Terminó de pronunciar su magia y un huracanado viento emanó de su cuerpo alejándose en todas direcciones con una fuerza y brutalidad desesperadas.

Apretó los dientes y dobló las piernas mientras de su pecho emergía el torrente de aire hacia las calles.

Impactó contra ellas y comenzó a ascender entre las casas.

El problema llegó cuando, con cada nuevo muro que alcanzaba y obligaba a su magia a redirigirse, esta empujaba más al mago hacia atrás.

Se arrodilló y se agarró al suelo con fuerza.

Una enorme y brutal mano se apoyó en su espalda y contrarrestó el empuje del viento, lo que le permitió volverse a poner de pie. Miró tras de sí y encontró al monstruoso Thorgum sujetando el viento él solo, como si no fuera más que una sencilla brisa de verano.

—Arrasa con todo —le dijo el Cazador mirándolo fijamente—. No te guardes nada, porque tal vez no haya un mañana para usarlo.

El mago asintió y volvió la vista hacia la ciudad.

“Déjalo salir —le dijo Nefrén—. Es el momento”.

Cerón apretó los dientes y buscó en lo más profundo de su ser el cerrojo que amordazaba su poder, una barrera que él mismo había puesto ahí hacía demasiado tiempo y que le impedía entregar todo su poder.

Observó en su corazón su propia debilidad, su propia angustia por quién era, su dolor por su futuro y su miedo por su futuro.

Se aferró al umbral que contenía el torrente de su poder y lo quebró con todas sus fuerzas mientras Thorgum soportaba su cuerpo.

Una brutal oleada de viento emergió de su cuerpo en todas direcciones empujando a todos los Cazadores en todas direcciones e incluso desplazando a los armadillos, que chirriaron al arrastrar sus ruedas por el suelo.

El viento huracanado redobló su intensidad y ascendió a través de la ciudad arrastrando todo a su paso.

Incluso el óxido del metal fue arrancado por la furia del vendaval, pero el viento logró llegar hasta la bruma y detuvo su caída.

Sin embargo, cuando esta fue repelida por su magia, el viento empujó al mago hacia atrás y ni siquiera la fuerza de Thorgum soportó el peso de la niebla.

—¡Calán! —gritó el gigante, reclamando su ayuda. El antiguo dragón se puso en pie a duras penas y corrió contra el viento a sujetar a Cerón junto a él. A pesar de toda su fuerza, los pies de ambos gigantes resbalaron por el suelo, incapaces de contener al mago.