Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 2 #4
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CAPÍTULO 2 #4

Sin embargo, Cerón sabía que nada de todo ellos los protegería.

La única solución estaba en las runas, en la magia de la Oscuridad que sabía que le estaría esperando, ansiosa por tener una nueva oportunidad por hacerse con su control.

El tiempo frenó su avance por un instante y sus dos manos trazaron dos líneas negras que unió en una palabra rúnica a toda prisa.

Lanzó esta contra el suelo y un muro de Oscuridad apareció ante él, elevándose más de diez metros como si fuera una ola de agua oscura y tétrica contra la que se estrellaron las runas de los Vigilantes.

Estos, sorprendidos, solo pudieron ser el blanco de la ira de Thorgum y de Elyndra, que acabaron con ellos en un rápido, preciso y brutal baño de sangre sobre la plaza de Vyr.

Cerón cortó el torrente de magia hacia su hechizo cuando escuchó el grito de furia del gigante de ojos negros junto a su Escama.

La oleada de fuego y llamas continuó su avance y calcinó los cuerpo de los Vigilantes.

Thorgum evitó quemarse por poco. Elyndra nunca corrió peligro, la joven disfrutaba de las ventajas que la velocidad y su reducido tamaño ofrecían.

Rhogar sujetó al Mariscal por ambas muñecas y lo alzó en el aire, donde apretó con fuerza hasta que ambas se rompieron en un crujido terrible. A continuación, soltó al hombre con asco

—No lo mates —ordenó Owen antes de que el Calán decidiera ignorarle. Sin decir una palabra, se apartó de él. Cerón se sorprendió con su templanza.

—Debería echárselo de comer a los dragones —masculló antes de escupirle.

El Mariscal aulló de dolor mientras trataba de ponerse en pie con ambas muñecas rotas, con sus brazos formando un ángulo antinatural.

—Te conduciremos a la Academia, donde explicarás todo lo que ha ocurrido en Vyr.

La Cazadora Doreen gobernará esta ciudad hasta que la Academia decida quién ocupará tu lugar —afirmó el líder del Destacamento—.

Serás acusado de la muerte de estos hombres y de...

—Owen frunció el ceño. El Mariscal había comenzado a reír con estrépito.

Su cuerpo se estiró mientras emitía una alarido histérico que poco o nada tenía que ver con la cordura.

Terra se acercó a Owen.

—Deberíamos…

Y de pronto dejó de grita y una sonrisa presidió su rostro. Alzó la vista al cielo y depositó su mirada en Cerón de nuevo. Para él no había nadie más relevante allí abajo.

—Si no puedo detenerte por mis medios, acabarás muerto por los de ellos. No impedirás nuestros plantes —aseguró en una promesa tétrica y postrera.

De su mano comenzó a brotar un hilo negro a pesar de que su muñeca bailaba incontrolable.

No obstante, antes de que ninguna runa fuera lanzada, Rhogar volvió sobre él y en un único movimiento furioso le arrancó la cabeza con sus propias manos.

Owen apartó la mirada asqueado. El Calán volvió a escupir sobre su cuerpo, que se retorcía tratando de sujetar una vida que se le había escapado.

—Mierda, Rhogar —dijo Owen con frustración—. Debía ser juzgado por…

—Que Calandra lo haga.

El Calán se apartó del cuerpo y se acercó al armadillo, sin duda buscando cómo entrar dispuesto a iniciar la marcha de nuevo.

—Debemos averiguar qué ocurre aquí —dijo Terra.

Cerón asintió a su lado. Miró hacia el cielo temiendo que aún tuvieran que enfrentarse a los dragones.

Fue entonces cuando lo notó. No fue un apagón abrupto, sino una alteración insidiosa, una enfermedad repentina en el color de la cúpula.

La luz que bañaba Vyr, procedente del mismo lugar, cambió al mismo tiempo.

La inmensa cúpula de energía, alimentada por la Esencia de la ciudad, debería haber ostentado un brillo trémulo, del color del hielo antiguo tocado por los primeros rayos del alba.

Era una barrera inmaculada que mantenía a raya la furia del invierno perpetuo y a los dragones.

Pero, de un segundo a otro, esa barrera protectora comenzó a parpadear, perdiendo su nitidez y mostrando un aspecto enfermizo y decadente.

—Owen —advirtió Cerón, con la voz tensa, sin apartar los ojos del cielo.

El líder de los Cazadores apartó la vista del cuerpo del Mariscal y siguió la dirección de la mirada del mago. Lo que vio hizo que la sangre se le helara en las venas con una eficacia que ni siquiera Abbey habían habría logrado.

La cúpula se estaba pudriendo y, lo que era peor, estaba creando docenas de espacios negros que no hacían más que aumentar. Estos se unían entre sí formando espacios cada vez más grandes.

La espada de Suren estaba claudicando y, con ella, la cúpula protectora de Vyr.

Un rugido salvaje surcó los cielos. Tras él, otros cuatro replicaron su amenaza.

Pero el terror no había hecho más que empezar pues, a medida que la enfermedad se extendía por la bóveda, el cielo protector de la ciudad dejó de ser una salvaguarda para convertirse en una amenaza.

De las grietas oscuras que se formaban en el escudo comenzó a precipitarse una bruma negra.

Era una masa de aire espeso y maloliente, que caía como una nevada oscura y profana sobre las calles metálicas de Vyr.

Cerón vio cómo esa ceniza tocaba el primer techo de las viviendas de metal. Al instante, el metal comenzó a burbujear, corroyéndose con un siseo áspero, dejando tras de sí una costra pútrida.

El pánico prendió en la ciudad.