CAPÍTULO 2 #2
Cerón sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Se acercó, fascinado, y apenas rozó el frío metal con la punta de los dedos. No hizo falta que nadie se lo contara; la historia del arma emanaba de ella como un susurro antiguo.
“¿La reconoces? —preguntó al drugano de su cabeza. Este suspiró con dolor confirmando su teoría”.
“Solo la vi una vez, pero estoy seguro de que era la de Suren”.
“¿Cómo es posible? ¿Ámber la trajo hasta aquí?”
Nefrén negó en su cabeza rechazando la posibilidad.
“No es posible. Ningún drugano negro puede sujetar la espada de su enemigo”.
“Entonces…”
“Lo sabes tan bien como yo”.
—Sadie —murmuró recordando cómo la líder de Praedesi se había hecho con la espada de Nefrén. Sintió un escalofrío al recordar todo lo sucedido junto a ella.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Melissa.
—Demasiado largo para explicarlo ahora. Más tarde te lo explico. —Cerón se señaló la cabeza. La Cazadora podría revisar sus recuerdos y comprender lo ocurrido—. Pero esta arma pertenece a mi mundo, es la espada de un drugano blanco. Parte de su alma se une a su espada cuando…
—Es su Esencia —apuntó Elyndra.
—No, para nada. Allí no existen las Esencias , es solo que una parte de su ser permanece…
—Su Esencia —se unió Melissa.
—Lo que yo decía —se congratuló la ojos grises—. Pero si tú eres el primero que viene a este mundo, ¿cómo ha llegado hasta aquí?
—Ha tenido que ser Praedesi.
“Si han estado, tal vez estén aún —dijo Nefrén de improviso. Cerón abrió los ojos de par en par”.
—Mierda.
—Eso sí me suena —Elyndra rio.
—¿Qué ocurre? —Los ojos de Melissa volvieron a brillar y los tres desaparecieron de la vista.
Cerón pronunció el hechizo de detectar magia y le entregó energía más que suficiente para localizarla en la ciudad.
Sin embargo, solo descubrió la fuerza que latía en la espada y que se alejaba a través de innumerables líneas que parecían recorrer la ciudad.
Se acercó a una de ellas y la descubrió dentro de una pared.
Siguió su camino a pesar de las protestas de Melissa hasta la habitación contigua, donde terminaba en un punto extraño de luz. Frunció el ceño sorprendido.
—¿Qué es esto? —preguntó señalando el lugar.
—¿Eso? —Elyndra rio encantada—. Es una luz de Esencia , tonto. Están por todas partes en la ciudad. Permiten ver en la oscuridad e incluso cultivar bajo tierra. Eso es lo que da vida a las ciudades. ¿No tenéis en vuestro mundo?
—Allí usamos fuego.
—Qué aburridos.
—Elyndra… —Melissa se interpuso entre el mago y el motivo de su sorpresa—. ¿Qué ocurre aquí?
—Solo hay dos formas de que una espada haya llegado hasta aquí. O la trajo la maga que acecha la Academia, lo cual dudo porque esto sigue en pie, o la ha traído Praedesi.
Melissa chasqueó la lengua. No le gustaba lo que quería decir.
Sus ojos se iluminaron con más fuerza y el mundo a su alrededor pareció ganar densidad.
Sus voces sonaron aún más apelmazadas. Cerón regresó junto a la espada y volvió a mirarla.
La revelación le daba una nueva y aterradora conexión entre ambos mundos.
Si las barreras de Esencia que protegían las ciudades compartían su raíz con la magia que había dado forma a su mundo, ambos lugares estaban más conectados de lo que parecía.
La historia leída en la biblioteca de Darmid volvió a brillar en su mente.
“Pero, ¿por qué cedería la espada Praedesi? —El mago no necesitó que Nefrén le respondiera—. Para ganarse su confianza, pero ¿para qué? ¿Qué desean de este mundo helado cuando se supone que solo buscan acabar con lo Tharbrins o escapar?”
“Eso es lo que busca Sadie —dijo el drugano con lentitud—. En realidad no sabes qué quiere Praedesi”.
—Por los Dioses Desaparecidos…
—Esto va a peor. Thorgum está alterado —dijo Elyndra, su voz sonaba nerviosa por primera vez. La joven miró en todas direcciones y desapareció por un instante. Regresó al momento. Su rostro era duro y frío.
—¿Qué es lo que…?
Las palabras del mago murieron en su garganta.
Un sonido sordo y profundo hizo vibrar la piedra bajo sus pies.
No era el crujido del metal en la forja, ni el retumbar del calor geotérmico de las profundidades.
Era un cuerno de metal. Un bramido largo, disonante y lúgubre que provenía de los niveles superiores, filtrándose a través de la red de túneles como el aullido de una bestia herida.
Melissa palideció de golpe. El color abandonó su rostro y sus ojos violetas se abrieron de par en par.
Conocía ese sonido. Todo Cazador lo conocía. Todo Cazador lo temía.
Todo Cazador lo amaba.
—La alarma de la ciudad —susurró Melissa, sujetando a Cerón del brazo para arrastrarlo con vehemencia hacia la salida—. Dragones atacando la ciudad. ¿Cuántos son, Elyndra?
—No lo sé, la Esencia todavía aguanta.
—Para eso está, ¿no? —preguntó con inocencia el mago desconocedor de cuán a menudo sonaba la alarma. De haberlo sabido, no habría preguntado.
—Sí, pero esta no —le corrigió la ojos grises.
El bramido del cuerno de alarma aún reverberaba en el metal de la ciudad cuando el pánico estalló en los niveles exteriores de Vyr, los únicos que podían ver. Sin embargo, Cerón había podido ver cómo las raíces mágicas de la Esencia se extendían varios cientos de metros bajo tierra.
No fue un miedo desordenado, sino la reacción instintiva de un pueblo que vivía a una llamarada de la extinción. Cuando llegaron al exterior de la vivienda del Mariscal, Cerón observó el cielo en busca de los dragones que amenazaban la ciudad.
Melissa no esperó a que Cerón procesara la amenaza.
Agarró al mago por la tela de la capa y tiró de él con una fuerza desesperada, obligándolo a correr por las calles húmedas de regreso a la plaza principal.
A su alrededor, los ciudadanos abandonaban las calles, corriendo hacia los refugios bajo tierra, sellando las puertas y hierro tras de sí.
Todos menos dos, que fueron a los que Cerón presentó atención.
Dos figuras vestidas de negro se cruzaron en su camino, pero en vez de esconderse, ascendieron con calma las escaleras de metal que ellos descendían.
Sus rostros, ocultos por las capuchas, no le dijeron nada al mago.
Sin embargo, un escalofrío le recorrió la columna.
Se detuvo en la bruma mágica de Melissa y los observó alejarse entre las casas.
Un nuevo tirón de su brazo le hizo volverse e iniciar la marcha.
Negó con la cabeza, desconcertado ante lo que su cuerpo le decía.
—¡Vamos! —le ordenó. La ojos violetas observó a los desconocidos que Cerón seguía con la mirada—. Lo que importa está en el cielo —le espetó.
—Tal vez no —murmuró el mago cuando los precio de vista. Reemprendió la marcha junto a Melissa. Elyndra había desaparecido hacia unos segundos. A aquellas alturas, estaría empujando los armadillos ella sola. O subida a Thorgum, o las dos.
Cuando irrumpieron en la plaza tras la puerta de la muralla, la expectación por su llegada había cesado, reemplazada por el caos.
Tal como imaginaba el mago, Elyndra estaba sobre el hombro de Thorgum, que ya tenía su inmensa maza preparada a su lado.
Darius, aún humeante y con el rostro contraído por el dolor, se había colocado en formación defensiva junto a los seis armadillos nuevos que sustituían a los deteriorados.
El resto de los Cazadores rodeaba el convoy preparado sin dejar de observar el cielo sobre la muralla de metal.
Owen se enfrentaba al Mariscal a gritos.
Sus Vigilantes seguían a su lado, lo que le enfurecía.
—¡Reparte a tus Vigilantes en los escorpiones! —le gritó el líder del Destacamento—. ¡Pronto será demasiado tarde!
—¡Estúpido! —le espetó—. La Esencia resistirá el ataque. ¿Acaso ya no enseñan nada útil en la Academia? Tanto tributos para nada.
Freya corrió hacia el insolente Mariscal mientras sus ojos ardían con un fulgor rojo que no presagiaba nada bueno.
Abbey congeló el aire ante ella evitando la tragedia y enfriando la furia de la joven.
Una de las virtudes de los ojos rojos no era ni la mesura ni pensar en las consecuencias de sus actos y Freya no dudaría en acabar con el Mariscal, seguramente hasta se deshiciera de sus restos.
No quedaría ni carbón de él, eso decían sus ojos.
—¡Observa la maldita cúpula! —Owen continuó tratando de hacerle entrar en razón sin resultado. La sonrisa de suficiencia de encargado de gobernar la ciudad decía más que sus palabras. El color ha cambiado, no es es el mismo. Algo ocurre con ella.
—¡Ocurre que es más fuerte que nunca!
Melissa y Cerón aparecieron a su lado, lo que no sorprendió a Owen, pero sí al Mariscal. Este observó a los dos recién llegados y sus ojos se abrieron de par en par al saberse engañado por completo.
—Informe —pidió de inmediato.
—¡Me has engañado! —gritó presa del odio—. ¡Tienes dos ojos violetas! ¡Y traes al extranjero!
Los Vigilantes apuntaron con sus lanzas a Cerón al unísono provocando la furia de los Cazadores. Elyndra les arrebató las lanzas a todos en un instante. Sin embargo, el Mariscal no pareció impresionado. Los Vigilantes se miraron las manos incrédulos
—No es una Esencia de dragón —afirmó Melissa—. Viene de su mundo, es la espada de uno de esos que llama drugano.
Owen posó su mirada sobre el mago con una ceja levantada.
—¿Cómo? Sin conjeturas.
—Solo tengo conjeturas. Creo que es Praedesi quien la ha sustituido.
—¿Por qué? ¿Para qué? —El líder del Destacamento no comprendía sus razones.
Pero el Mariscal sí estaba al corriente de ello. Una sombra negra se dibujó ante uno de sus dedos trazando una línea ante él. Con un movimiento rápido y preciso, completó una runa negra y la empujó contra el mago.
“¡Cuidado! —gritó Nefrén al sentir la Oscuridad”.