CAPÍTULO 2
UNA ESENCIA INESPERADA
Owen se adelantó a Darius y puso la mano en su pecho. Abbey le aferró el antebrazo, cubriéndolo con una capa de escarcha suficiente para aplacar el fuego ardiente de Cazador.
—No es necesario, Darius. El Mariscal habrá malinterpretado algo. ¿Verdad? No es buena idea reducir una ciudad a cenizas, mi señor.
El Mariscal se pasó la lengua por los labios sopesando las posibilidades. Miró a su alrededor confirmando algo en su cabeza y alzó las manos tal y como Owen había hecho.
—Hemos escuchado de la llegada de un extranjero a nuestras tierras —aseguró observando al grupo.
No reconoció a ninguno en ellos. Conocía demasiado bien a los Cazadores para no identificar sus característicos ojos en todos ellos.
Owen se abstuvo de preguntar cómo habían escuchado nada si nadie salía de las ciudades salvo los Cazadores—. Son rumores… preocupantes.
—Informaremos a la Academia de ello. Será investigado, se lo prometo. Pero para ello, debemos partir cuanto antes.
—Antes quiero cerciorarme de que no se ha escondido en vuestros armadillos… sin vuestro conocimiento, por supuesto —aseguró dejando clara su voluntad.
Owen frunció el ceño.
—Los vehículos de los Cazadores no pueden ser visitados por nadie ajeno, sabe las normas de la Academia, mi señor —informó Doreen.
—Oh, vamos, nosotros hemos construido muchos armadillos para ellos, conocemos su interior a la perfección.
—No tras entrar en servicio. Sus recursos son secretos —insistió.
—Tal y como yo lo veo, Destacamento a cargo de Owen, hay dos opciones. Confiar en mí y que yo me asegure de que nada escapó a vuestra inspección, o continuar el viaje a pie.
—Mi señor, ¡se enemistaría con la Academia! —exclamó la Cazadora.
—Tú decides, líder de Destacamento.
Owen suspiró e hizo una profunda reverencia ante el Mariscal que sorprendió a los Cazadores tras él. El pecho del Mariscal se hinchó de orgullo.
—Yo mismo lo acompañaré a visitarlo, por supuesto. Sin embargo, y dado que debemos partir cuanto antes, ¿podría solicitar un transporte para nosotros? He entendido que sus talleres fabrican nuestros armadillos. ¿No es así?
El gesto del Mariscal se ensombreció.
—Sí, es así, pero…
—Tenemos una remesa lista para la Academia, terminada hace apenas unas semanas. Seguro que les servirá, mi señor —se adelantó Doreen enfureciendo a su señor. Sin embargo, este no pudo negarlo.
—Oh, qué fantástica casualidad —dijo Owen uniéndose a su compañera—. Por supuesto, a cambio de ello la Esencia será un buen pago. Por favor, acompáñame al convoy.
Cerón percibió la conversación a través del hechizo de agudización auditiva que había urdido durante su aislamiento. Abrió los ojos de par en par y miró en todas direcciones en busca de un lugar donde esconderse.
—¿Quién es su ojos violetas? —inquirió el Mariscal sorprendiendo a Owen, que no había reparado en el conocimiento del Mariscal sobre la Academia.
—Kyran es nuestro ojos violetas, mi señor.
El Cazador dio un paso al frente e hizo una pequeña reverencia.
—¿Qué desea, oh gran Mariscal de Vyr? —preguntó logrando que el cumplido no fuera entendido irónicamente. Una de las ventajas de influir en las mentes de otros era aquella.
—Permanecerás aquí, rodeado por mis Vigilantes. No quiero que, por supuesto por error, hagas invisible a un posible enemigo.
—Buena idea, Mariscal. Así él podrá empezar a supervisar el transporte mientras nosotros revisamos el viejo.
Todos mis Cazadores permanecerán aquí, si te parece bien, así podrás acompañarme sin obstáculos.
Thorgum es demasiado grande, como comprenderás.
¿Le he dicho que él fue cribado en esta ciudad?
El Mariscal se tragó un improperio a duras penas. Doreen se apartó de él y se alejó dispuesta a traer los nuevos armadillos.
—Ve con ella, Thorgum. Tú también —ordenó, señalando a Rhogar. Este obedeció tras el gigante. El suelo tembló bajo sus pies mientras alcanzaban a la Cazadora. La prisa incrementó su cojera aún más.
—Adelante —ordenó el Mariscal frustrado. No podía hacer nada con los armadillos, pero tampoco quería cederlos. Suspiró y siguió a Owen.
Cerón comenzó a correr nerviosamente por el armadillo buscando un lugar donde esconderse hasta que Elyndra apareció ante él con un dedo en sus labios. A continuación, se mostró Melissa.
—Sígueme de cerca —le ordenó de forma brusca—. Y lleva a Elyndra en brazos.
Cerón obedeció sin entender el motivo de llevar a la pequeña Cazadora en brazos, pero aceptó sin protestar.
Las brumas envolvieron al trío y el aire a su alrededor se sintió de pronto espeso y brumoso.
Los colores a su alrededor perdieron nitidez y sus oídos se apelmazaron, tal y como ocurría dentro de los hechizos protectores, lo cual le sorprendió y agradó. Era un detalle nuevo que desconocía.
Melissa puso un dedo ante sus labios indicando silencio y comenzó a moverse lentamente, alzando los pies con cuidado y poniéndose de puntillas.
Sus ojos violetas brillaban con intensidad, era lo único casi real dentro de aquel espacio mágico.
Ordenó a Cerón que la siguiera mientras se alejaba hacia la parte posterior del armadillo, donde una pequeña puerta desconocida para el mago había aparecido.
Salieron al exterior y avanzaron en silencio uno detrás de otro hasta alejarse de la plaza con cuidado de no acercarse demasiado a ninguno de los habitantes de la ciudad.
Antes de desaparecer tras la primera casa metálica, el Mariscal de Vyr se adentraba junto a Owen en el primer armadillo en busca del mago.
Tal vez no hubiese pronunciado su nombre, pero no le cabía la menor duda de que era a él a quien buscaban.
Ascendió por las calles metálicas siguiendo a Melissa sin fijarse demasiado en la extraña ciudad.
Aquella urbe, forjada en puro metal, distaba drásticamente de su patria, donde imperaba la madera.
En un mundo donde el fuego era rechazado por el peligro que representaba, ¿cómo era posible que pudieran trabajar el metal sin atraer a los Tharbrins?
El mago tomó nota mental de preguntar sobre ello, pero supuso que tendría algo que ver con la Esencia que protegía a la ciudad, la misma que se agotaría en diez años y que ya habían repuesto sin la ayuda de los Cazadores.
“¿Cómo lo han hecho? —se preguntó—. ¿Han cazado uno ellos mismos o se han hecho con la Esencia de uno caído del cielo?”
Contempló a Melissa inquisitivo, y ella negó con la cabeza, aún no era el momento para preguntar.
Frustrado, buscó ayuda en Elyndra, pero esta lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja, risueña como siempre.
La pequeña Cazadora parecía ajena a los problemas del mundo y solo se centraba en… bueno, en lo que le interesaba.
Tras unos minutos más de ascenso en silencio, Melissa se detuvo e indicó a Cerón que bajara su carga al suelo. Esta protestó, pero aceptó la orden.
—Abre la puerta —susurró lo más bajo que pudo.
Elyndra desapareció en el aire mientras sus ojos grises brillaban con fuerza.
De no haber sido una locura, Cerón habría jurado que corría a través de la pared de una vivienda.
Esta, para su sorpresa, estaba hecha de piedra y madera, al contrario que toda la ciudad.
Incluso a él le extrañó encontrar algo así en un lugar como aquel.
Miró a su alrededor y descubrió que estaban en el lugar más alto de la ciudad, por encima incluso de las murallas exteriores.
La puerta se abrió con un chasquido y Elyndra se asomó tras ella. Melissa y Cerón corrieron al interior.
—No hay nadie —aseguró la pequeña—. Han debido bajar todos.
—¿Incluso el Canalizador? —inquirió Melissa—. Antes estaba, ya lo viste.
—Pero ya no. —Melissa enarcó una ceja y Elyndra suspiró antes de desaparecer en el aire. Regresó al segundo—. Lo he revisado otra vez, no hay nadie.
—Está bien, está bien —aceptó la Cazadora de ojos violetas. Se volvió hacia Cerón—. Esta es la casa del Mariscal. Aquí guardan la Esencia que nutre y protege la ciudad. Quiero que le eches un vistazo.
—¿Yo? No sé casi nada de ellas, no sé qué…
—De esta nosotros tampoco.
Cerón no respondió. Se dejó llevar por un impulso sutil, una punzada de curiosidad que no parecía nacer del todo de su propia voluntad.
Siguió a las Cazadoras a través de un corredor de piedra oscura, donde el calor se volvía más intenso, hasta llegar a una estancia que parecía la sala de audiencias del Mariscal, a juzgar por las mesas y sillas de madera ornamentadas.
Era una cámara pequeña, abovedada, cuya atmósfera se sentía extrañamente estática. Elyndra apareció tras la silla más grande de todas que parecía presidir la mesa y le hizo señas para que se acercara a ella.
Obedeció y fue entonces cuando la vio. Pero donde Cerón esperaba encontrar un cristal de color como los que habían arrancado a los dragones el día anterior, no había nada que se le pareciera.
En su lugar, había un inesperado objeto que sí que conocía a la perfección.
Tal vez no conociera aquel, pero no tuvo dudas de lo que era.
—No puede ser —murmuró incrédulo.
Apoyada contra un pilar central, desprovista de vaina pero preservada por un campo de estasis apenas perceptible que la protegía del exterior, se encontraba una espada de diseño inconfundible.
Era una espada larga y sencilla, bien trabajada y sin ningún elemento reconocible en particular salvo en el filo, que estaba grabado con unas runas que Cerón reconoció al instante.
—No puede ser —repitió encajando las piezas de un puzle demasiado grande para que una sola persona lo abarcase.
Ante él, en un mundo completamente ajeno a su lugar de origen, estaba la espada de Suren, el padre de Sonthorn, asesinado por Ámber casi dos décadas atrás. Sacudió la cabeza negando la posibilidad que tenía cierta ante sus ojos.