CAPÍTULO 1 #3
El recibimiento fue tenso y silencioso. Los habitantes de Vyr detuvieron sus quehaceres sorprendidos por la apertura de las puertas. Muchos nacían, crecían y morían sin ver las puertas abiertas. La mayoría de ellos jamás abandonaba la ciudad.
Los habitantes se apartaban al paso de los armadillos como si el propio invierno estuviera desfilando por sus calles empedradas. En sus miradas de sorpresa y preocupación, Cerón leyó una mezcla indisoluble de reverencia absoluta y terror primario.
Respetaban a los Cazadores porque sin ellos no habría futuro, pero les temían porque eran el recordatorio encarnado de la brutalidad de su mundo.
Aunque, si bien es verdad que eran respetados, también había muchas voces en su contra, al fin y al cabo la Academia consumía muchos recursos para mantenerse en pie.
Y vidas.
El convoy se detuvo ante la Cazadora de Vyr, una mujer de tez oscura que caminó hacia ellos con una cojera evidente a pesar de sus esfuerzos por evitarla.
Sus ojos marrones refulgían mientras los tres sufridos armadillos terminaban de entrar en la plaza interior.
En cuanto pasaron las puertas, estas se cerraron con rapidez dejando a la ciudad aislada del mundo de nuevo.
Un pesado silencio se alzó en cuanto los habitantes de Vyr fueron conscientes de los auténticos daños del convoy.
Los armadillos reposaron sobre el suelo con un crujido metálico que resonó por la silenciosa ciudad. Owen fue el primero en descender y se acercó a la Cazadora ante él.
—Cazadora Doreen.
—Líder de Destacamento…
—Owen —respondió. Doreen enarcó brevemente una ceja. Extendió la mano y ambos agarraron el antebrazo de otro con fuerza.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó genuinamente preocupada por el estado de los armadillos—. Si no recuerdo mal mis días de destacamento, solíamos viajar con seis armadillos.
—Y nosotros. Es una larga historia que tiene que ver con seis dragones. Hemos perdido a un buscador en el encuentro.
—Si solo habíais perdido a un buscador y a tres armadillos, podéis dar gracias de que se marcharan.
—No se marcharon —aseguró Owen orgulloso—. Solo uno logró escapar.
Esta vez fueron las dos cejas las que se alzaron. Nadie ha sobrevivido a un ataque de seis dragones.
—Nadie ha sobrevivido a un ataque de seis dragones —aseguró sin lugar a dudas.
—Cinco Esencias lo atestiguan —dijo agitando la bolsa ante ella.
El tintineo característico de los cristales fue reconocido al instante.
Owen se acercó a la Cazadora, sus ojos habían dejado de brillar ahora que el convoy estaba en el suelo—.
Necesitamos reparar los armadillos y partir cuanto antes hacia la Academia.
Doreen observó intermitentemente a Owen y la bolsa.
—No puedo garantizar nada de eso, pero el Mariscal os escuchará. ¿Cuál es vuestra propuesta?
—Actualizar la Esencia de Vyr diez años antes. Volverá a estar protegida otros cien años. A cambio, la Academia solicita que se reparen o sustituyan sus armadillos para partir cuanto antes.
El ceño de la Cazadora se frunció. Se acercó al oído de Owen con sutileza.
—Vyr tiene una nueva Esencia desde hace unos meses. —Owen se apartó de ella, sorprendido al extremo. Los únicos capaces de conseguirlas eran ellos—. Solo que no es la Academia quien la ha conseguido.
La última afirmación no fue tan inesperada como la primera.
Frunció el ceño y miró tras la Cazadora.
Los murmullos se alzaron entre las calles de metal que ascendían sobre los restos de una colina a la que la ciudad había rodeado por completo.
Una fija de hombres y mujeres descendía por ella, con el Mariscal en el medio del grupo.
—¿Lo sabe la Academia? —preguntó en un murmullo.
Doreen negó con la cabeza con extrema lentitud dejando claro que aquella determinación no tenía nada que ver con la Academia.
Owen comenzó a hacerse una idea de lo que representaba aquello.
Si se creían a salvo de los dragones, el respeto hacia los Cazadores se habría desvanecido por completo.
Un equilibrio precario se desmoronaba ante él.
¿Cuántas ciudades más habrían logrado algo así? Y lo más importante, ¿cómo?
—Silencio, Cazador —ordenó Doreen antes de que tuviera tiempo a preguntar. La Cazadora se inclinó ante la procesión, si bien aun faltaban muchos metros para que llegasen hasta ellos. Owen solo inclinó la cabeza en señal de respeto.
—Melissa, Elyndra.
—Sí —dijeron ambas ocultas en el espejismo.
—Averiguad qué está pasando aquí. —Indicó con voz preocupada. Ninguna de ambas respondió siquiera partiendo al instante.
—Cuidado con la magia humana —advirtió Doreen al aire.
Tras ellos, el inmenso Thorgum descendió del habitáculo.
El suelo pareció temblar bajo sus pies. El gigante se movía con la pesadez de una montaña, flanqueando de cerca a un Rhogar que, cumpliendo las estrictas órdenes de Owen, caminaba encorvado y con el rostro completamente oculto bajo la capucha marrón de Cazador.
Aunque el Calán había logrado volver atrás y ahora poseía un cuerpo humano, Owen no quería correr riesgos.
Cualquier rasgo que delatara su verdadera y antigua herencia, podía desencadenar sospechas en una ciudad gobernada tan alejada de la Academia
Sin embargo, fue la aparición de Darius la que provocó un murmullo de pánico ahogado.
El Cazador descendió con lentitud junto a Liora, que desafió con la mirada a todos los presentes.
Su armadura, tras el uso extremo de su poder, se había fundido con su cuerpo en varios puntos críticos.
El metal negruzco se fusionaba con su piel enrojecida y abrasada, emitiendo aún un tenue vaho en el aire más frío de la superficie.
Los ciudadanos de Vyr apartaban a sus hijos y desviaban la mirada de él.
Veían en Darius a un monstruo domesticado, a un arma de doble filo que podía quemarlos a todos si perdía el control, lo cual no estaba demasiado lejos de la realidad.
—Bajad todos, somos invitados —dijo Owen a sus compañeros.
Uno a uno, descendieron y se situaron tras él, salvo Cerón.
Solo Melissa y Elyndra evitaron la inspección.
El Destacamento aguardó hasta que el Mariscal llegó hasta ellos.
Una expresión de prepotencia llenaba su rostro por completo.
Su ropa estaba inmaculada, sobrecargada y húmeda por el esfuerzo de descender hasta la muralla.
Su cuerpo, debilitado por la inacción y la comida, era la muestra de la dejadez en la que la ciudad era mantenida.
—Qué lejos quedan los Mariscales de la época de Valeria —aseguró Terra a su lado. Tanto Owen como Doreen asintieron. A primera vista, aquel hombre no merecía ni el cargo ni el respeto que mostraban por él. En la Academia habría muerto antes de acabar la primera mañana.