23 Margot
MARGOT
Después de que Dottie se marchara, seguí llamando a la clínica veterinaria cada diez minutos, hasta sacar de quicio a Amy.
Llegó un momento —más o menos en la llamada número doce— en el que podía oír cómo reconocía mi número incluso antes de contestar. No es que eso me detuviera. Solo lo hacía más… personal.
—¿Ya volvió el doctor Keller? —preguntaba.
Cada vez la misma pregunta con un tono distinto. Como si formularla de una manera ligeramente diferente pudiera cambiar la respuesta por arte de magia.
—No. Ya le dejé varios mensajes sobre Zeus —me decía Amy—. Por favor, deja de llamar. Hay gente con animales enfermos intentando comunicarse con la clínica.
Eso fue después de la llamada número veinte.
Sí, estaba un poco obsesionada, pero se trataba de Zeus, mi viejo amigo, cuyos huesos de anciano no deberían estar apoyados contra esas superficies frías de la jaula.
Se suponía que debía estar en su cama, esa que Lady había decidido que era suya.
Aunque, al parecer, todos los juguetes eran suyos.
También las camas de perro. Había cuatro. Las cuatro le pertenecían a ella.
A Lady ni siquiera le gustaba la mitad. Solo le gustaba poseerlas.
Pero quería darle al Dr. Músculos la oportunidad de devolverme a mi perro antes de hacer alguna estupidez.
Porque una vez que cruzara la línea de “hacer una estupidez”, ya no habría vuelta atrás. Era un camino de un solo sentido hacia malas decisiones y, probablemente, antecedentes penales.
Después de pasar horas esperando a que el Dr. Músculos me devolviera la llamada, de ver que el reloj de mi celular marcaba las nueve y cuarenta de la noche y seguir sin noticias, decidí que había llegado el momento de hacer una estupidez.
Lo cual, sinceramente, me pareció una evolución muy natural en ese instante.
Y eso explicaba por qué estaba apoyada contra mi Subaru casi a las diez de la noche, mirando fijamente el edificio de la Clínica Veterinaria Maplewood Falls, a punto de cometer un delito grave y sin sentir el menor remordimiento.
Hubo un momento —un momento muy breve y sensato— en el que consideré lo mala idea que era todo aquello.
Entonces pensé en Zeus dentro de esa jaula.
Ese momento pasó.
De hecho, me sentí llena de energía. Emocionada, incluso. Iba a recuperar a mi Zeus.
La adrenalina tiene la mala costumbre de hacer que las ideas terribles parezcan excelentes.
El ruido de unos neumáticos sobre el asfalto me hizo levantar la vista.
Un Kia Soul blanco se detuvo justo detrás de mí, junto a la acera. El motor se apagó, se abrieron las puertas delanteras y salieron dos mujeres.
Lola —porque solo ella se atrevería a ponerse algo así— llevaba un mono de látex negro tan ceñido que dejaba muy poco a la imaginación.
Unas botas hasta la rodilla, con tacones de quince centímetros, completaban el conjunto.
Y, por supuesto, llevaba una máscara negra ajustada al rostro.
Parecía a punto de atracar un banco y coquetear durante el proceso.
¿Y Dottie? La cara de Dottie estaba pintada —o manchada— con pintura de guerra negra. Llevaba un gorro negro, una bufanda negra y un traje de preso vintage a rayas blancas y negras. Sus pies descalzos asomaban por debajo del dobladillo de los pantalones.
Me quedé de piedra.
—¿Pero qué demonios se pusieron?
—Ah, ¿esto? —dijo Lola, radiante—. Dijiste que viniéramos de negro. Así es como yo me visto de negro. ¿No estoy fabulosa?
Ladeó la cadera y posó.
—Pareces una cualquiera, pero ¿quién soy yo para juzgar? —dijo Dottie.
Luego me lanzó una mirada y añadió:
—Dijiste que nos vistiéramos de negro. Esto es lo que tenía.
Me quedé mirando su atuendo. Las rayas. Los pies descalzos. La dedicación absoluta.
Había mucho que procesar.
Quería decirles que parecían ridículas, pero no lo hice porque estaban allí conmigo, dispuestas a colarse en una clínica veterinaria. Eso pesaba más que cualquier decisión de vestuario cuestionable.
—Vamos —dije, haciendo una mueca cuando los tacones de Lola golpearon el asfalto con tintineos y golpes metálicos.
Discretas. Éramos todo menos discretas.
Cruzamos la calle, nos acercamos a la clínica y rodeamos el edificio hasta la entrada trasera. De noche, el lugar se veía más imponente. Más oscuro. Más silencioso. Menos acogedor. Como si supiera que no estábamos ahí por motivos legítimos.
Y como si nos estuviera juzgando por ello.
Sabía que la puerta estaría cerrada con llave, pero tomé el picaporte y tiré de todos modos. No se movió. Claro que no. Eso habría sido demasiado fácil.
Me quedé mirándola un segundo y luego recorrí con la vista el lateral del edificio.
—Bueno. Plan B.
—¿Había un plan B? —susurró Dottie.
Asentí.
—Ahora sí.
En realidad, no, pero decidí seguir adelante con esa versión.
Pasé junto a la puerta y señalé una pequeña ventana unos metros más adelante, en la pared.
—Esa.
Las dos la miraron.
—Es diminuta —dijo Dottie.
—Es una ventana —dije—. Se abre, entramos y, cuando nos vayamos, usamos la puerta como gente normal.
—La gente normal no se cuela en lugares cerrados —murmuró Dottie.
—Detalles.
Me acerqué a la ventana y deslicé los dedos bajo el marco. Era una ventana antigua, de guillotina, de esas que se levantan si las empujas con cuidado. Le di un empujón suave.
Se movió.
Parpadeé.
—Vaya. Qué conveniente.
—O una trampa —dijo Dottie.
—Por favor, no digas “trampa”.
La levanté un poco más. Se deslizó hacia arriba con un crujido suave que sonó demasiado fuerte en la quietud de la noche.
Las tres nos quedamos paralizadas.
No pasó nada.
No sonó ninguna alarma, justo como esperaba. Maplewood Falls era una comunidad pequeña. La mayoría de la gente ni siquiera cerraba bien las puertas por la noche. Decidí tomarlo como una victoria.
Solté el aire.
—Bien. Todo bajo control.
Apoyé las manos en el alféizar y me impulsé hacia dentro, primero una pierna y luego la otra. El espacio era estrecho, pero se podía pasar. Caí del otro lado con un golpe sordo, aterrizando en lo que parecía un pasillo angosto.
—Bien —susurré—. Vamos.
Dottie subió después, despacio y con cuidado, con la determinación de alguien que, sin duda, iba a arrepentirse de aquello.
Metió la cabeza y los hombros, luego los brazos, y se impulsó hacia delante.
Entonces se detuvo.
—Oh, no —dijo.
—¿Qué? —la miré fijamente.
—Estoy atorada.
Desde donde estaba, podía verla a medio pasar por la ventana. La parte superior de Dottie había logrado entrar. La parte inferior era otra historia.
—No estás atorada —le susurré.
—Estoy totalmente atorada —jadeó.
Detrás de ella apareció Lola, con las manos en las caderas.
—Muévete.
—Estoy intentando moverme —siseó Dottie.
—No te estás moviendo —dijo Lola—. Estás atorada.
Mierda. Esto no podía estar pasando. Ahora no.
Agarré a Dottie de los brazos.
—Bien. A la de tres, yo jalo. Lola, tú empuja por atrás.
—¿Qué? —preguntó Dottie, escandalizada—. Nadie va a empujarme el trasero.
Detrás de ella, Lola se acercó más.
—Pues va a pasar. A menos que quieras que te dejemos aquí toda la noche. Me pregunto qué pensarán los vecinos cuando despierten mañana y vean tu trasero asomado por la ventana.
Lola colocó ambas manos con firmeza sobre el trasero de Dottie.
Dottie se quedó paralizada.
—No te atrevas.
—Oh, me atrevo —dijo Lola—. La verdad, debí traer lubricante. Esto habría sido mucho más fácil. Habrías entrado deslizándote sin problema.
—¡Esta no es una situación en la que se pueda usar la palabra “deslizarse”! —espetó Dottie.
—A la de tres —dije rápido, antes de que aquello empeorara—. Uno. Dos. Tres.
Tiré.
Lola empujó.
Dottie soltó un sonido que decidí fingir que no había oído.
Y entonces…
Salió disparada por completo y aterrizó justo encima de mí.
El aire se me escapó de los pulmones cuando caímos al suelo, enredadas en brazos y piernas. Durante un segundo, ninguna de las dos se movió.
—¿Estamos muertas? —preguntó Dottie.
—Todavía no —jadeé.
—Bien. Porque tengo que preparar el desayuno mañana —dijo Dottie.
Por encima de nosotras, la silueta de Lola apareció en la ventana.
Se detuvo, se acomodó algo —probablemente para darle dramatismo— y luego entró con una facilidad insultante.
Por supuesto.
Aterrizó con ligereza, se enderezó y nos miró desde arriba.
—¿Ven? Técnica.
La miré fijamente.
—Te odio.
Ella sonrió.
—Me adoras.
Dottie gimió y se apartó de mí.
—La próxima vez usamos una puerta.
—No habrá próxima vez —dije, incorporándome y sacudiéndome el polvo de los jeans.
Miré a mi alrededor en el pasillo oscuro, con el corazón acelerándose otra vez al volver de golpe a la realidad.
Esto estaba pasando.
De verdad estaba pasando.
Y, si funcionaba, estaba a punto de irrumpir en una clínica veterinaria con Catwoman y una reclusa descalza.
Perfecto.
No había absolutamente nada que pudiera salir mal.
El pasillo estaba completamente a oscuras, salvo por el rectángulo estrecho de luz de luna que entraba por la ventanita que acabábamos de forzar. Olía a desinfectante y a champú para perros, en un silencio tan profundo que cada respiración sonaba como un delito.
—Bien —susurré—. Linternas.
Silencio.
Giré la cabeza lentamente.
—Por favor, díganme que alguna de ustedes trajo una linterna.
Dottie parpadeó en la oscuridad; la pintura negra de su cara hacía que sus ojos parecieran enormes.
—Traje mis galletas especiales para perritos.
La miré fijamente.
—Galletas.
Se encogió de hombros.
—Por si Zeus tenía hambre.
No supe qué responder. Era un detalle, sí, pero si ninguna había pensado en traer una linterna, mi plan brillante ya estaba condenado.
Lola suspiró y sacó su celular.
—Tranquila. Tengo luz.
Claro. Mi celular también tenía linterna. Menos mal que el pánico había reducido mi capacidad mental a la de una servilleta mojada.
La encendió.
Al instante, el pasillo se iluminó como si un helicóptero de la policía hubiera aterrizado dentro del edificio.
—Bájala —siseé, levantando ambas manos—. Prácticamente estamos anunciando el delito.
Lola bajó un poco el celular.
—Me veo increíble con esta luz.
Dottie soltó una risita.
—Pareces la villana de un anuncio de perfume.