9 Daniel
DANIEL
Acababa de terminar de revisar el historial de un beagle con alergias estacionales y estaba a punto de pedirle a Amy que adelantara diez minutos mi cita del mediodía cuando la puerta principal de la clínica se abrió de golpe, con tanta fuerza que hizo sonar el timbre.
Todas las personas de la sala de espera se giraron, incluido yo.
Y allí estaba ella.
Margot Hartwell, con aspecto de haber atravesado un infierno y, aun así, de algún modo, haber salido de él mejor de lo que correspondía.
Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño que parecía haberse deshecho desde las nueve de la mañana, las mejillas sonrojadas y, en una manga de la sudadera, algo que parecía sospechosamente baba de perro y quizá mantequilla de maní. De la mano le colgaba una correa.
A ambos lados, como un equipo de apoyo, estaban Dottie y otra mujer a la que no conocía.
Dottie entró detrás de ella, sin aliento, apretando contra el pecho una caja de galletas abollada como si hubiera transportado secretos de Estado a través de líneas enemigas.
Tenía una raya de harina en una mejilla.
Una cuchara de madera le sobresalía del pelo en un ángulo que sugería confianza absoluta o un colapso total de prioridades.
La otra mujer, una rubia muy guapa, entró al final y cerró la puerta tras de sí con una mano perfectamente cuidada.
Llevaba unas gafas de sol tan grandes que podrían considerarse una obra de arquitectura y un vestido rosa ajustado, confeccionado por alguien con un profundo conocimiento de las debilidades masculinas.
Echó un vistazo a la sala de espera, se bajó las gafas para inspeccionar el lugar por encima de ellas y suspiró como si todo aquello estuviera mal.
La campanilla sobre la puerta emitió un último tintineo nervioso.
Amy me miró lentamente. Yo miré a Amy. Ella volvió la mirada hacia Margot.
Y entonces, como si la vida se divirtiera claramente a mi costa, Zeus salió de detrás del mostrador de recepción.
Levantó las orejas en cuanto vio a Margot.
Cruzó la sala de espera como si fuera el dueño del lugar y fue directo hacia ella, con la cola baja, pero con ese paso seguro totalmente intacto.
Margot se arrodilló cuando el gran pastor alemán llegó hasta ella.
—¿Por qué sigues haciendo esto?
Le acarició la cara y le dio un beso en la coronilla.
—Estaba preocupada, grandulón.
Le volvió a dar un beso.
—Pensé que te había atropellado un auto.
Noté que se le quebró un poco la voz. De verdad quería mucho a ese perro. Le temblaban los dedos, lo que me dijo que había estado aterrada.
No le importaba quién la estuviera mirando. No miró a su alrededor ni intentó disimular. Simplemente se dejó caer al suelo de mi sala de espera y se aferró a él como si necesitara confirmar que era real. Como si necesitara ese contacto para calmar algo en su pecho.
Zeus se inclinó hacia ella sin dudarlo, desplazando su peso en su dirección. Dejó que ella lo mimara, que apoyara brevemente la frente contra la suya, que le pasara las manos por el cuello como si estuviera comprobando si tenía heridas que no existían.
Su respiración era irregular. Sutil, pero evidente.
Y sus manos… seguían temblando.
Me quedé allí un segundo más de lo que debía, porque aquello no era lo que esperaba.
Se había mostrado a la defensiva. Combativa. Dispuesta a discutir conmigo por cualquier cosa. Pero esto… esto era algo completamente distinto.
Alivio. Un alivio auténtico.
Me provocó algo que no supe identificar de inmediato.
Desplacé ligeramente el peso del cuerpo, volviendo a ubicarme donde debía estar. Y entonces, como mi cerebro tiene un pésimo sentido del momento, me fijé en el resto.
La forma en que el pelo se le había soltado alrededor de la cara, con algunos mechones reflejando la luz.
El rubor que aún le teñía las mejillas por el estrés.
La forma en que la sudadera se le había deslizado por el hombro al inclinarse hacia delante, dejando al descubierto una piel que no tenía por qué distraer tanto en una clínica veterinaria.
Aparté la mirada y me concentré en la pared, en el mostrador, en cualquier cosa que no fuera ella.
No me sirvió de nada.
Volví a centrar mi atención en Zeus. Terreno más seguro.
Pero incluso entonces, seguía oyendo su voz, ahora más suave, susurrándole al oído. Seguía notando el cambio en la habitación.
A ella le importaba más de lo que quería que nadie viera.
Y durante un segundo, solo un segundo, eso hizo que fuera mucho más difícil mantener las cosas sencillas.
Por fin, Margot se enderezó mientras Zeus se sentaba a sus pies, relajado y profundamente satisfecho de sí mismo.
La sala de espera quedó en ese silencio tan característico de los lugares donde todo el mundo se da cuenta de que está pasando algo entretenido y no quiere perderse ni un segundo.
Dottie se apresuró a acercarse, con la falda revoloteando alrededor de los tobillos.
—¡Te volvió a encontrar! —exclamó con entusiasmo, como si eso fuera una prueba del destino y no una pesadilla logística—. Los animales son criaturas increíbles. Debe de sentir una conexión especial con este lugar.
La rubia se subió las gafas de sol hasta el pelo y miró de Zeus a mí, y luego al rostro de Margot, donde parecían estar ocurriendo demasiadas cosas a la vez. Su boca dibujó una sonrisa lenta.
—Ah, esto está delicioso —dijo.
Margot le lanzó una mirada fulminante.
—Lola. No empieces.
—¿Que no empiece qué? —preguntó la mujer, que al parecer se llamaba Lola—. ¿A observar? Tengo ojos, querida. Y una imaginación muy activa.
Su mirada se posó en mí.
—Ahora entiendo por qué las mujeres de este pueblo estarían dispuestas a sacarse los ojos por conseguir una cita.
Me atraganté con mi propia saliva.
—¿Perdón?
Amy, a quien no le correspondía disfrutar tanto de aquello como evidentemente lo estaba haciendo, carraspeó e intentó recuperar el tono profesional.
—¿Puedo ayudarte en algo?
La mirada de Margot se clavó en mí.
—Sí. ¿Puedes explicarme por qué mi perro no deja de escaparse de mi casa y venir a parar aquí? ¿Tienes alguna alacena secreta llena de tocino de la que yo no sepa nada?
Intenté mantener una expresión neutra. Más o menos. Pero sentí que la sonrisa me tiraba de la boca mientras daba un paso adelante.
—Hablemos adentro.
Abrí la puerta de una sala de exploración.
—Por aquí.
Margot entró primero, con Zeus pisándole los talones.
Llevaba los hombros rectos, la dignidad sostenida a duras penas y, probablemente, gracias a la cafeína.
Dottie la siguió con la caja de galletas.
Lola entró al final, rozándome al pasar con una sonrisa que prometía empeorarme el día de formas que todavía no podía imaginar.
Cuando cerré la puerta detrás de nosotros, Margot ya había conseguido que Zeus se quedara de pie junto a la pared.
Dottie estaba agachada a su lado, susurrándole palabras de ánimo e intentando ofrecerle otra galleta.
Lola había ocupado la única silla y cruzado las piernas como si estuviera a punto de disfrutar una obra de teatro.
Miré a Margot, sus labios y sus mejillas sonrojadas. Me obligué a concentrarme en lo que la había traído hasta allí, y no en el simple hecho de que estuviera frente a mí.
—¿Qué pasó exactamente?
Exhaló por la nariz.
—Se escapó por la puerta principal mientras estábamos… hablando.
Noté que pasaba por encima de esa parte demasiado rápido, como si no quisiera que supiera de qué hablaban. Lo entendía. Para ella, yo seguía siendo casi un desconocido. Yo habría hecho lo mismo.
Margot carraspeó.
—¿Revisaste si tiene alguna herida? ¿Debajo de las patas? El asfalto está caliente y recorrió un buen tramo.
Me di cuenta de que miraba a cualquier parte menos a mí, como si estuviera evitando el contacto visual. Como si, al mirarme a los ojos, pudiera encontrar algo que no quería ver.
—Todavía no. Pero puedo hacerlo si quieres.
Eché un vistazo a Zeus.
—Parece estar bien. A menos que la presunción cuente como problema médico.
La comisura de su boca se movió apenas. Tenía una boca bonita. Demasiado bonita para lo poco que me convenía fijarme en ella.
—Oh —ronroneó Lola de repente—. Ahí está.
Se recostó en la silla y una sonrisa lenta le cruzó la cara.
—Esa tensión. Se podría embotellar y vender como afrodisíaco.
Margot giró bruscamente la cabeza hacia ella.
—No empieces.
—¿Quién está empezando? —preguntó Lola—. Solo estoy apreciando la química que hay en la habitación. Es fabulosa.
Había tratado con gatos rebeldes, dueños ansiosos, un carlino con convulsiones y un conejo que mordía guantes de látex, pero, de alguna manera, esta consulta se estaba convirtiendo en la más difícil del día.
Crucé los brazos sin apretarlos y miré a Margot.
—Centrémonos en Zeus.
—Sí —respondió ella de inmediato—. Por favor. Perfecto. Hagamos eso.
Lola se reclinó.
—Qué desperdicio.
Margot la señaló sin mirarla.
—No puedes hablar durante cinco minutos.
—¿Cinco minutos completos? —dijo Lola, escandalizada—. ¿Qué soy? ¿una prisionera?
Me agaché frente a Zeus y le pasé la mano por los hombros, revisándolo con cuidado. Las almohadillas de cada pata. Sin cortes. Sin ampollas. Sin señales evidentes de esfuerzo. Pulso regular. Ojos alertas.
—¿Dijiste que salió por la puerta principal?
—Exactamente —respondió Margot—. La primera vez fue por una ventana. Ahora usó una puerta. Ha progresado mucho últimamente. Pero la puerta estaba cerrada y él… la abrió. No tengo idea de cómo.
Sonreí.
—Qué chico tan listo. A los perros de asistencia se les entrena para abrir puertas. Por lo general usan una cuerda como apoyo, pero he visto a algunos hacerlo con la boca y las patas.
Zeus se inclinó hacia mi mano.
—Está relajado.
Margot suspiró.
—Yo también lo estaría si me apoyara en ti así… Quiero decir, él. Él parece relajado.
Hice una pausa y levanté la vista. Se le había subido el color hasta el cuello, y de repente encontró fascinante la pared detrás de mí.
—Lo está —dije.
Dottie sonrió con ternura.
—Le caes bien. Mírale la cara. Eso es amor.
Margot soltó una risa breve, sin ninguna diversión real.