Capítulo 41
Saúl
Sabía que, cuando Julia empezara a leer la maldita carta, volveríamos otra vez al principio.
Yo sabía lo que Sandro pretendía hacer. ¿Cómo no saberlo, si mi hermano era inspector de policía y, encima, hizo que me metiera de lleno en el caso?
Cuando Sandro se enteró de que Alejandro era mi hermano, armó la de San Quintín. Quiso pegarme, aunque no lo consiguió.
Me dijo de todo, palabras que jamás había escuchado en mi vida. Mi hermano le pidió que se calmara o no habría trato alguno.
Sandro no era tonto. Sabía perfectamente lo que le convenía hacer, porque los socios que tenía no eran precisamente monjitas de la caridad.
El tonto era yo por no decirle la verdad, pero estaba atado de pies y manos. Por eso tenía tanto interés en que Julia leyera la maldita carta, porque sabía perfectamente que no me lo iba a perdonar.
Pensé que, al estar Mara con nosotros, no se marcharía, pero me equivoqué. Por mucho que quería a la niña, lo hizo; se marchó.
Hoy venían a traer materiales para el tema de la fontanería. No sabíamos nada de Julia y, aun así, no quise parar la obra.
Había recibido la llamada de su madre. Me contó que estaba bien, pero no quiso decirle dónde estaba. Sabía que estaría en algún hotel, pero no en cuál.
—Bueno, ya me marcho. Aquí tienes la mochila de Mara. Para cualquier cosa, me llamas —le dije a Milagros mientras le daba la mochila de la niña.
Desde que empezaron las obras, llevaba a Mara al convento siempre que lo necesitaba, y ella se quedaba encantada con los demás niños.
—¿Sabes algo de Julia? —me preguntó cogiendo a la niña.
—Solo sé que está bien. Esperemos que vuelva pronto.
Asintió.
Cuando se marcharon en el taxi, entré en la casa a coger unos papeles que debía entregar al encargado de la obra.
Estaba contento por cómo estaba yendo todo. Los plazos se estaban cumpliendo y eso era muy bueno.
Yo había recibido dinero de Sandro. Un dinero que ni quería ni necesitaba. Un dinero que se emplearía en su totalidad en el funcionamiento de la escuela-hogar, como Julia había decidido llamarla.
Iba a abrir la puerta de la oficina prefabricada que se había instalado en la obra cuando escuché a Pablo, el jefe de obra, hablando con quien menos esperaba: Julia. Por fin daba señales de vida.
Pensé en darme la vuelta. Estaba seguro de que, cuando me viera, se volvería a ir.
—Buenos días —dije al entrar—. Pablo, te traigo la carpeta con los papeles que me pediste ayer.
—Buenos días. No sabes cómo te lo agradezco. Si me perdonáis, voy a llevárselos ahora mismo a Andrés.
Andrés era el encargado de la obra.
Esperé a que saliera por la puerta para dirigirme a ella.
—¿Cómo estás, Julia?
—¿Te importa cómo estoy?
—Qué vicio tienes de contestarme con otra pregunta. Pero te diré que sí, que me importa mucho. Mara y yo te echamos mucho de menos.
—No me hagas chantaje emocional.
—Deberíamos hablar. No podemos estar así.
—Haberlo pensado antes, Saúl. Pensé que había terminado de vivir una vida de engaños, pero veo que no.
—Dime una cosa, Julia.
En ese momento se abrió la puerta y entró Pablo.
—Ya estoy con vosotros, chicos. Saúl, le decía a Julia que todo va bien, que hasta ahora no hemos tenido ningún entorpecimiento.
—La verdad es que va mejor de lo que imaginaba —dije—. Y ahora, si nos perdonas, Julia y yo tenemos que ir a ver puertas.
Nos despedimos de él y salimos cogidos de la mano. Bueno, yo la cogí de la mano, porque, en cuanto salimos de allí, se soltó dándome un manotazo.
—No me toques.
—Mira, Julia, tú y yo vamos a ir ahora mismo a mi casa para hablar muy seriamente. Hoy vamos a dejar las cosas claras. Yo ni puedo ni quiero seguir así. Ya no tengo edad para comportarme como un crío de quince años.
—¿Me estás diciendo que me comporto como una cría de quince años?
Seguí andando sin contestar.
—Te he hecho una pregunta. Contéstame.
—Más o menos. Desde luego, como una mujer de tu edad no te estás comportando.
—Eres, eres, eres…
Me di la vuelta para mirarla.
—¿Qué soy? Dilo. Atrévete de una vez a decirlo. Sé que estás deseando decirme que soy el hombre de tu vida.
Solté una carcajada por la cara que puso.
—Ja, eso no te lo crees ni tú.
No pude evitar reír otra vez mientras pasaba delante de mí con la cabeza alta.
Lo que me gustó fue que iba directa a mi casa. Eso era buena señal.
—Bueno, ya estoy aquí. Habla rápido, que tengo muchas cosas que hacer.
—¿Quieres un café u otra cosa? —le pregunté mientras se sentaba.
—No, no quiero nada. Dime lo que me tengas que decir.
Fui a la cocina y saqué una cerveza del frigorífico. A mí sí me hacía falta, porque esta sería mi última conversación con ella sobre ese tema. Por mucho que la amara, no iba a aguantar más aquella situación.
—¿Qué es lo que tienes que decirme? Tengo prisa.
—Julia, esta será la última conversación que tengamos sobre esto. Estoy cansado de la situación.
—Pues imagínate yo.
—Sí, te he mentido, pero la mayoría de las veces yo lo llamaría ocultar información.
—Viene a ser lo mismo —dijo resoplando.
—Yo no lo veo así. Cuando mi hermano me metió en todo este sarao, no pensé que acabaría enamorándome de ti como lo estoy. Muchas veces quise contártelo, pero mi hermano me dijo que no pusiera en riesgo años de investigación.
—Vale. ¿Y lo de mi padre tampoco?
Negué con la cabeza.
—No, no podía. Lo único que he podido hacer es recordarte la carta, aunque no me sirvió de nada, porque la has leído cuando has querido.
Vi cómo se frotaba las manos. No sabía si era por los nervios o por la conversación que estábamos teniendo.
—Me daba mucho miedo el contenido. No quería leer algo que no me gustara.
—Pero, aun leyendo la carta tarde, has leído lo que querías evitar.
—Me ha dolido saber que mi madre y tú lo sabíais y no me dijisteis nada.
—Y créeme que a nosotros nos ha dolido no poder decirlo.
—Me sorprendió mucho que mi padre hubiera planeado su muerte. Bueno, en parte.
—Julia, quiero que sepas algo. Tu padre me ingresó una buena cantidad de dinero.
Me miró con los ojos muy abiertos.
—No lo quiero. Ese dinero será para la escuela-hogar.
—Pero ya no hace falta, ni para amueblarla.
—Lo sé. Al principio pensé en desaparecer con Mara. Con ese dinero tengo para vivir, al menos, dos vidas.
—¿Te habrías ido sin mí? ¿Dejándome sin ver crecer a Mara?
—No quieres nada conmigo, pero veo que con ella sí.
Soltó una risilla.
—Ese dinero se emplea para pagar a todo el que entre a trabajar.
—Saúl, yo también estoy enamorada de ti. Desde el primer día que te vi.
Se puso en el filo del sofá y me agarró las manos.
—Pero no sé cómo hacer las cosas y tengo mucho miedo de perderte.
—Sí sabes cómo hacerlas. Tienes mucha gente que te quiere, que haría cualquier cosa por ti y por verte feliz.
»Mira tu madre. Ella sí ha sabido aprovechar cada minuto desde que Sandro desapareció de su vida.
—Yo no soy como ella.
—No digo que seas como ella, pero sí que empieces a vivir sin miedo. Que empieces a confiar en ti misma, pero, sobre todo, a quererte.
No me pude resistir y la besé. Llevaba desde que la vi queriendo hacerlo. Lo pensé muy bien antes de dar el paso, pero mi paz mental me dijo: hazlo. Y lo hice.
Noté cómo se tensaba, pero también cómo se relajaba y se dejaba llevar. Lo que empezó siendo un beso suave se convirtió en un beso cargado de deseo. Sentía cómo se estremecía por cada roce de mi mano en su piel.
La levanté cogiéndola en brazos para llevarla a mi habitación. Entré y la deposité en la cama. Me puse encima de ella, desabrochando cada botón de su camisa. Cuando terminé, me quedé admirando su cuerpo semidesnudo. No llevaba sujetador, y eso hizo que me encendiera más de lo que ya estaba.
—Saúl, no pares, por favor.
No contesté. Me levanté un poco de ella para quitarle el pantalón, llevándome sus braguitas con él.
—Jo, siempre que pasa esto no llevo unas bragas en condiciones.
Creo que en ese momento solté la carcajada más grande de mi vida.
—¿Crees que me importa cómo lleves las bragas? Yo quiero lo que tapan; lo demás me da igual.
Le abrí las piernas y vi cómo apoyaba los brazos en la cama y levantaba la cabeza. La miré sonriendo, pasé mi lengua por su vulva y sentí cómo se estremecía. Jugué con su clítoris, lo mordisqueé, la penetré con los dedos hasta que ya no pudo más y explotó.
No me aparté. Al contrario, seguí con mi lengua en su clítoris. Noté sus manos en mi cabeza para que no me quitara.
Me encantaba escucharla gemir y, esa vez, aunque las ganas me pudieran, iba a hacerlo lento, porque no quería follarla; quería hacerle el amor.
Subí hacia arriba, besando su cuerpo hasta llegar a sus pezones. Los mordí y pellizqué mientras la penetraba. Me quedé quieto mirándola. Se veía perfecta.
Sacaba mi miembro y volvía a meterlo una y otra vez.
—Saúl —me dijo sujetándome los brazos—, ¿quieres hacer el favor de darme más fuerte?
—Quería que fuera especial.
—Contigo siempre es especial.
La cogí, le di media vuelta y la puse a cuatro patas. La agarré de las caderas, bombeando una y otra vez, hasta que los dos llegamos al unísono.